Hernán León Velasco
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Una Arenilla, publicada en el diario de Comitán por nuestro amigo Alejandro Molinari, en sus ya célebres Cartas a Mariana, me hizo recordar lo que a continuación comento, cuando menciona a Fray Matías de Córdova y Ordóñez.
No sé si fue el tono, la nostalgia o la hondura de su escritura, pero al leerla sentí que algo despertaba: una corriente silenciosa que une lo que fuimos, con lo que seguimos siendo. En Chiapas, amigo Alejandro, la historia no se guarda en los archivos: vive en la respiración de los nombres. Aquí, cada apellido es cordón y cada familia, una hebra del mismo telar donde el tiempo no separa, sino entrelaza.
Mi tatarabuela, Nieves Corzo Castillejos, fue hermana del prócer Ángel Albino Corzo. Ella unió su destino al de Francisco Velasco de Córdova y, en ese encuentro -como en tantos otros- se tejió una rama más del gran árbol chiapaneco. De ellos descienden nombres que son como ríos del mismo cauce.
Así, en mi caso, mi bisabuelo llevaba los apellidos Castañón Esponda; otros ancestros llevaron los apellidos León, Trujillo, López, Alfaro, Brindis, Figueroa y muchos más. Cada apellido es una hoja del mismo bosque, cada vida una nota de la misma melodía.
Por eso, cuando Alejandro Molinari menciona a Fray Matías de Córdova y Ordóñez como su pariente, algo de él vibra en lo más cercano a su familia. No es solo un vínculo de sangre, sino una resonancia del espíritu. En esa coincidencia, la historia se vuelve espejo y en su reflejo comprendemos que el tiempo no nos distancia: nos reúne.
Porque en Chiapas -tierra de ceibas, montañas y murmullos- la sangre no es frontera, sino lenguaje. Hablar de nuestros antepasados es hablar del nosotros que nos sostiene, de la raíz que, aunque invisible, sigue nutriendo la historia. En el fondo, todos descendemos del mismo camino, del mismo fuego que nos funda y nos hermana.
Así, Alejandro, al recordar a Fray Matías de Córdova, recordamos también al que soñó la libertad, al que encendió la palabra en los claustros y convirtió la inteligencia en un acto de fe. Y al evocarlo, evocamos a todos los que, con voz o con silencio, han bordado este manto de memoria y pertenencia.
Porque en Chiapas, más que familias, todos somos parientes de una misma ceiba.
Ciertamente, en esa ceiba -profunda y múltiple- se sostiene el alma de un pueblo que todavía canta con las voces de sus muertos, que aún se inclina con gratitud ante la memoria y que mira hacia el porvenir con la misma dignidad de sus ancestros.
Ahí, donde el tiempo
se arrodilla ante la historia,
la sangre se hace espíritu,
y el espíritu -eterno y claro
como la luz del amanecer-
sigue diciendo, uno a uno,
los nombres de nuestros
primeros abuelos.
28 de octubre de 2025.










