Eddie Rinctoya / Enviado
Guadalajara, Jalisco
A veces, realizar el bien es una condena peor que la muerte.
Esta semana quisiera seguir hablando de las películas que siguen rondando en mí desde la edición 41 del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, y ahora quiero detenerme en una cinta que nos confronta con la memoria, con la violencia y con las heridas que un país arrastra durante generaciones. Hangar Rojo, dirigida por Juan Pablo Sallato, es una ópera prima que no busca reconstruir el pasado desde la distancia, sino desde el temblor íntimo de quienes vivieron el golpe militar desde adentro. Una película que se mueve entre la oscuridad de un hangar y la oscuridad moral de un país que se quebró en una sola noche.
¿De qué trata?
Ambientada en Santiago de Chile en septiembre de 1973, Hangar Rojo sigue a Jorge Silva, capitán y exjefe de Inteligencia de la Fuerza Aérea, quien recibe la orden de convertir la Escuela de Aviación en un centro de detención. Convencido de que la violencia será temporal, intenta mantenerse al margen, pero la llegada del coronel Jahn, un antiguo rival con poder absoluto, lo obliga a enfrentar un dilema imposible: obedecer y ser cómplice, o desobedecer y morir.
Su director
Juan Pablo Sallato, guionista, productor y director chileno, debuta en el cine de ficción con Hangar Rojo, una película que no solo ha sido vista en festivales, sino también ampliamente galardonada. En el FICG41 obtuvo Mejor Película Iberoamericana de Ficción, Mejor Dirección, Mejor Guion, Mejor Interpretación y Mejor Logro Técnico-Artístico. En el Festival de Málaga gano el Premio de la Crítica, Premio del Público, Mejor Interpretación Masculina y Mejor Montaje.
La cinta también tuvo recorrido por Uruguay y Argentina, además de ser seleccionada en la Berlinale (Perspectives), demostrando que esta primera ficción de Sallato carga un mensaje sobre uno de los sucesos más dolorosos de la historia chilena.
En Hangar Rojo
Lo que más me golpeó de la película no fue la violencia explicita -que casi no aparece- sino la violencia silenciosa: las órdenes que se dan sin levantar la voz, los pasillos donde nadie mira a los ojos, el miedo que se respira como si fuera parte del uniforme y esos ideales erróneos que se ejecutan como un veneno que te mantiene vivo, pero condenado.
Jorge Silva es un hombre atrapado entre la lealtad y la conciencia, entre la obediencia y la humanidad. Y es en esa grieta es donde la película encuentra su fuerza. Hay un momento dentro de la historia, cuando su antiguo rival le recuerda que “salvó a Allende”, que revela todo: Silva no es un héroe, es un hombre que intentó hacer lo correcto en un sistema que ya había decidido destruirlo.
La actuación de Nicolás Zárate sostiene la película con una contención que duele. Cada gesto suyo parece cargado de un peso que no se puede nombrar; el miedo se transmite fuera del encuadre y creo que eso hace especial a una película. Hangar Rojo es tensa, oscura, claustrofóbica. Pero también es profundamente humana: no busca mostrar la dictadura desde la calle, sino desde el corazón del monstruo, donde incluso quienes llevan uniforme, pueden ser víctimas de la maquinaria que dicen servir.
En recomendación
Hangar Rojo es una cinta necesaria para entender que la memoria no solo pertenece a quienes fueron perseguidos, sino también a quienes se negaron a perseguir. Un recordatorio de que la historia se construye desde las decisiones pequeñas, desde los silencios, desde los actos que nadie ve.
Juan Pablo Sallato filma en blanco y negro no como un recurso estético, sino como una forma de encerrar a los personajes en un mundo donde la luz apenas existe. Si algo deja esta película, es la certeza de que incluso en la noche más larga, hay quienes intentan sostener un poco de luz. Y que el cine, cuando mira de frente a la historia, puede ayudarnos a no repetirla.










