El desarrollo de la sexualidad desde el constructo social
Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas. [email protected]
En la antigüedad, la mujer era considerada como pertenencia personal, destinada a propiciar placer sexual y a funciones de reproducción, mientras que los hombres tenían derecho a practicar relaciones sexuales con varias mujeres y el sexo para ellos era considerado como una realidad más de la vida cotidiana. Con la aparición del judaísmo se prohíbe el adulterio, la homosexualidad, etc., aunque en la antigua Grecia había tolerancia a ciertas formas de homosexualidad, pero las mujeres seguían siendo consideradas ciudadanas de segunda categoría. En Atenas, por ejemplo, estas carecían de derechos legales y políticos; en la misma medida que los esclavos, eran consideradas las portadoras de hijos.
Con el surgimiento del cristianismo, la Iglesia manifiesta también sus negativas posiciones en torno al sexo. En algunas culturas orientales se toma una posición más positiva en torno a la sexualidad, pues el sexo no era un hecho que inspiraba terror, ni se conceptualizaba de pecaminoso: se estimaba como un acto culto y de veneración.
De igual forma, desde una construcción social, se comienzan a formar mitos, fábulas, ficción alegórica a un tema y tabúes, en torno a la sexualidad y al desempeño sexual, los cuales, hasta hoy en día, se mediatizan de forma negativa respecto al disfrute de la misma.
Si se parte desde el constructo femenino, es notorio encontrar una expresión desfavorable de su sexualidad, pues se le expropia de espacios vitales femeninos, se le oculta y marca la sexualidad desde la cuna (del sexo no se habla, el sexo es sucio, no se le acarician ni se le celebran los genitales como al varón), y todo esto demarca el que se lastre la autoestima y el autoerotismo, pues no se les permite manifestar sus deseos, pasiones y necesidades sexuales. Se le prepara desde niña para la maternidad (su función principal como sexo), y se le enseña que debe ser buena madre, esposa fiel, monogámica, cariñosa, dulce, comprensiva, no se le estimula el disfrute de la sexualidad, se limita la expresión de su conducta sexual, en fin: se le prepara para satisfacer y atender necesidades de otros. Lo anterior influye en que la mujer no logre un pleno disfrute de sus encuentros sexuales y a la larga, puedan aparecer disfunciones tales como el deseo sexual inhibido, vaginismo, anorgasmias primarias o secundarias, etcétera.
Por otro lado, al varón se le exige un mayor comportamiento sexual y por ende mayor disfrute, se le refuerza el entrenamiento en el sexo y así favorecen también la aparición de mitos masculinos. Es decir, el amor masculino es sinónimo de sexo y de placer, porque se le inculca el disfrute con la sexualidad ante todo. Debe tener una agresividad erótica, pues tiene que ser él quien tome la iniciativa, la proposición sexual. El hombre debe ser padre (esto en una última instancia, lo cual lo diferencia del sexo femenino); no obstante, también al varón -desde el punto de vista social- se le expropian espacios vitales masculinos, tales como el que no se le permita expresar plenamente sus sentimientos pues los hombres no lloran, no se quejan, lo que repercute en su salud y obviamente en el desarrollo de su sexualidad de forma negativa.










