La negligencia grave: maltrato infantil
Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas [email protected]
Por término general, la negligencia puede desarrollarse en el seno de la familia de una forma consciente o como manifestación de ignorancia, incultura, pobreza o de la incapacidad parental para proteger y criar a sus hijos. Además, casi nunca se presenta de forma aislada, por lo cual se ha de identificar con precisión a los sujetos de la muestra, para evitar el fenómeno de la comorbilidad.
Esta es definida como la privación de las necesidades básicas que garantizan al niño un desarrollo bio-psico afectivo normal, cuando existe la posibilidad de brindar alimentación, educación, salud o cuidado. Negligencia es una condición en la que el cuidador responsable de un niño, deliberadamente o por desatención extraordinaria, permite que éste experimente un sufrimiento evitable o fracasa en proveer uno o más ingredientes, generalmente considerados como esenciales para el adecuado desarrollo físico, intelectual y emocional de las personas.
La niña, niño o adolescente víctima de negligencia, puede sufrir una actitud pasiva o permisiva de los padres o tutores al permitir que otras personas realicen acciones violentas contra ellos. Así mismo, también debe considerarse la sobreprotección y la ausencia del fomento de normas conductuales en los hijos. Debe tenerse en mente que todas estas alteraciones también pueden ser las manifestaciones de abuso físico y psicológico; deterioro del aspecto físico, detrimento de la vestimenta, de la expresión emocional, del rendimiento escolar, de la atención médica y del comportamiento social, entre otras alteraciones.
La gravedad de la negligencia se cataloga en: leve, moderada y grave. Leve cuando la sufre el menor y no le causa problema físico o emocional alguno que altera su vida social; moderada cuando no hay daño físico, pero puede ser la causa directa de rechazo en la escuela, con sus pares del barrio, equipo deportivo, etc. Y grave cuando la víctima puede sufrir lesiones físicas diversas, como el retardo en el desarrollo intelectual. Por lo tanto, el menor requiere atención y tratamiento específicos.
Ante algunas de esas manifestaciones, que pueden llamar la atención del profesional de la salud, éste está obligado a descartar que no sean consecuencia fundamental de alguna de las “adversidades sociales”, como: pobreza, ignorancia, estrategias educativas o disciplinarias inadecuadas, los modelos de crianza (en la familia, la escuela, la iglesia, el barrio) que favorezcan la pérdida de valores o bien, sufrir algún padecimiento pediátrico que pudiera ocasionar un cuadro médico cuya expresión clínica puede ser de desmedro, sobrepeso, obesidad, talla baja, manifestaciones osteoarticulares o fracturas repetidas, acompañadas de baja autoestima, depresión y angustia, principalmente.










