“¿Qué escribir cuando todo calla?”
Marco A. Orozco Zuarth [email protected]
Tengo una pluma entre los dedos y una hoja en blanco frente a mí. El silencio se expande como un animal dormido, y siento que la página me observa con la paciencia cruel de quien espera una confesión. ¿Qué escribir? La pregunta me golpea en la sien, como si el propio papel me retara a demostrar que existo.
Trazo una línea temblorosa. No es un comienzo, apenas un balbuceo. La pluma se convierte en bisturí, y cada palabra que surge abre una herida invisible. Escribir no es ordenar letras, es desangrarse sin morir, es sacar a la superficie lo que se pudre en lo profundo. Recuerdo todas las veces que quise hablar y callé. Hoy, esas voces reclaman espacio.
Escribo sobre la vida como un combate: la infancia entre manos ásperas, la adolescencia que ardía de preguntas, los años recientes donde todo parecía hundirse en la rutina. La hoja comienza a llenarse de mi propio rostro desfigurado en cien máscaras. Pienso que escribir es arrancarse los huesos para descubrir que adentro también hay un bosque, un río, un abismo.
El bloqueo se resquebraja. Palabras como piedras, palabras como cuchillos, palabras como pájaros. Me atrevo a preguntar: ¿para qué sirve escribir, sino para sobrevivir a lo que no soportamos nombrar en voz alta? La respuesta no está en la hoja, está en el temblor de mis manos.
El texto termina cuando comprendo que la página en blanco nunca fue un enemigo. Era un espejo. Y yo, al escribir, me miro, me reconozco y me salvo.










