Li Cham de Ana Ts´uyeb

Eddie Rinctoya/Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Hay algo mágico en saber que nuestras vidas se siembran antes de nacer, porque el poder de una madre al renacer puede torcer cualquier destino.

He pensado estos días en la película que vamos a hablar, por muchas razones. Una historia tan íntima como global, que me sacudió los pensamientos y la memoria al verla. Hablo de la ópera prima de la directora Ana Ts´uyeb, quien nos presenta una hermosa sensación de renacer, de romper los estereotipos patriarcales y de enfrentar la lucha que implica quebrar una vida pronunciada con “final feliz”, solo para complacer a los demás.

Hoy hablamos de Li Cham (Morir), la primera película con estreno nacional en tzotzil, que ya se encuentra en cartelera y cuya directora tuvimos la oportunidad de entrevistar.

¿De qué trata?

Li Cham es el renacimiento de tres mujeres tzotziles. Después de perder la vida de sus bebés y sus familiares a causa de violencias patriarcales, parte de ellas muere. Con la llegada del zapatismo, sus sueños vuelven a florecer y defienden lo más valioso que tienen: su tierra y una vida con independencia y esperanza.

Su directora

Ana Ts´uyeb es una cineasta maya tzotzil. En conversación, nos habló de cómo llegó el cine a su vida, cómo la transformó al filmar Li Cham y de su manera tan natural de capturar la vida:

Fueron dos momentos al descubrir el cine, prácticamente sentí que el cine me daba herramientas para poder hablar de mi contexto cultural, social, territorial, con mi voz propia o con nuestra lengua. Eso lo descubrí cuando yo tenía 17 o 18 años, cuando por primera vez vi un documental hablado en tzotzil, ver ese material es lo que marcó totalmente mi vida, mi decisión. Estaba en la preparatoria, donde ya en esa etapa empiezas a decidir qué carrera estudiar. Estaba entre Ingeniería de Sistemas o Derecho, era una gran confusión que tenía ¿no?, son cosas tan distintas.

Sin embargo, en ese proceso, mientras yo estaba decidiendo, encontré un documental que se llama Acteal, 10 años de impunidad, ¿cuántas más?, que justo habla de la masacre de Acteal. Yo nací en 97. Y esta historia sucede en el 97, fue algo que me marcó totalmente. Me impactó muchísimo porque no es lo mismo ver películas de acción, yo crecí viendo películas hollywoodenses como Rambo, en los pueblos originarios llegan a cada rincón del territorio esas películas en discos piratas; pero al ver algo que sucedió en mi comunidad vecina, vi esa posibilidad de contar, tomar la cámara, hacer video para contar nuestra historia desde nosotros. Me pareció tan hermoso, claro, tan fuerte esta historia que aborda el documental, pero es lo que marcó totalmente mi decisión.

Lo único que quería era hacer video, sin saber que es cine documental. Empecé a investigar, me di cuenta que en Chiapas no hay una escuela pública de cine. Lo más cercano fue estudiar Comunicación Intercultural, porque me daba posibilidades económicas, sociales, culturales y fue ahí donde empecé; y en la misma carrera me perfilé en Medios Audiovisuales, porque mi sueño era perseguir eso.

Saliendo en 2019, comienzo a laborar con ONG, con historias de vida de puras mujeres en pueblos originarios, tanto mayas, tzotziles, tzeltales, también mayas en Yucatán. Continué el camino en Producción Audiovisual con ONG nacional e internacional, donde empecé a ampliar el territorio y estuve grabando en Guatemala historias de vida de mujeres tan similares a Chiapas; también, Campeche, Quintana Roo, tan similar a la mía.

Y entonces, cuando ya había recorrido estas historias, me daba cuenta de que eran similares de mi mamá, de mi tía, de Faustina, que son las tres protagonistas de Li Cham. Después de ese recorrido colaboré en el programa de Canal 10 que se llama Palabra en Flor, que es enfocado para las mujeres de pueblos originarios que destacan en diferentes ámbitos y es ahí donde me hizo reflexionar. Pero bueno, ¿qué pasa con las mujeres que están en el campo? Que están haciendo lucha, resistencia, que están rompiendo estereotipos dentro de su comunidad ¿Dónde quedan ellas?

Fue ahí donde ya quise retomar esta investigación, porque nació en 2018 en una práctica del periodismo con enfoque de género. Y entonces ya tenía el reportaje. Sentí que esas historias merecían ser contadas con imágenes, con sonido y que también fueran contadas con la voz propia de las protagonistas. Y fue ahí donde guardé esta investigación y lo retomé hasta finales del 2020.

Hacer este documental me hizo crecer como profesionista, porque Li Cham fue totalmente mi escuela: estaba haciendo una película, ya no un audiovisual o un cortometraje. Pero abordar un tema que no es un romántico, cultural o solo hablando de lo bonito, sino que es un tema rudo, crudo, que me atraviesa como mujer, como tzotzil, como hija, como directora.

Fue totalmente un aprendizaje, madurez en la vida, llegar a entender estos puntos tan delicados. Yo no soy mamá, yo no estoy casada. Hasta los 25 tenía la fortuna de no haber perdido un ser querido tan cercano; y a finales del 2022, que ya estaba rodando Li Cham, fallece mi bisabuela; en 2023 mis dos abuelas y el mismo 2023, me entero que mi abuelo tenía una enfermedad incurable que a lo mucho íbamos a poder convivir con él un año más. Y entonces ahí entendí lo que es la muerte.

Inicialmente, el documental se llamaba Las Flores del Trabajo, porque comencé desde temas no tan íntimos. El inicio de este documental era hablar de roles de género, de usos y costumbres, de la lucha por la tierra, el zapatismo que impactó en la vida de las mujeres, hasta ahí; no tocaba vida íntima, duelos, muertes. Con el paso de tiempo, mientras iba rodando y grabando entrevistas con las mujeres, ellas mismas empiezan a soltar estos temas, que nos permitió agarrar un rumbo más profundo con este documental.

La película se grabó de manera separada de las tres protagonistas. Ninguna de ellas estuvo presente en la presentación de la otra y ninguna de ellas estuvo enterada de qué me estaban contando una y otra, porque yo quería evitar presión hacia las tres, o sea: la única quien sabía que estaba construyendo una historia a través de tres mujeres, era yo. Cada una me contaba su historia y la única quien se iba dando cuenta que había similitudes a pesar de la diferencia de generaciones, soy yo.

La entrevista no fue de directora a protagonista o de hija a mamá o de directora a tía, sino un espacio de romper el silencio, de abrazarlas, de escucharlas. Las entrevistas se hicieron en un cuarto cerrado donde solo estaba mi sonidista, la protagonista y yo. Había esos momentos donde terminábamos llorando las tres y ese fue el proceso que realmente me atravesó completamente a mí como persona, como humana.

La formación que he tenido desde cine indígena, fue una escuela para realizadores de pueblos originarios a nivel Latinoamérica. Ahí descubrí que tenemos nuestra forma de narrar desde nuestra cosmovisión, una narrativa muy diversa, y es ahí donde yo recorrí mi cosmovisión, pero también en ese tiempo ya estaba muy consciente que nuestra imagen ha viajado por todo el mundo desde manos de personas externas. Desde la antropología visual hemos sido objetos, sujetos de estudio y hasta ahora, cuando se cuenta una historia desde una mirada externa, se cuenta desde una interpretación donde se suele folclorizar, revictimizar a las mujeres indígenas cuando hablamos de temas de violencia, se estigmatiza hacia una comunidad cuando quieren buscar un antagonista y, de alguna forma, al no tener esta experiencia en el contexto, se suele invadir los espacios sagrados, los espacios íntimos o también que viene desde una narrativa más colonialista de “quiero hacer este ángulo”, donde invade muchísimo, donde intimida muchísimo la cámara, donde no hay un respeto hacia la historia, hacia la intimidad, sino que solo hay ganas de contar la historia porque va a impactar.

Y en este caso, a pesar de formar parte del contexto, soy la hija, soy la sobrina, soy la cuñada. A pesar de eso, la cámara intimida, llegar con un crew intimida y a pesar de eso, yo tuve que trabajar un proceso para llegar a ese punto donde las protagonistas me ignoren. Donde ignoren al fotógrafo, donde ignoren al sonidista, pero también entender: lo que ayudó muchísimo es tener un crew parte del contexto. Mi fotógrafo conocía la historia de las mujeres igual que mi sonidista, pues ambos son de origen maya y los tres teníamos el límite de no cruzar, invadir, incomodar.

En Li Cham

Si hay algo que los documentales te enseñan, es la forma tan diversa en que la vida puede vivirse. Ana Ts´uyem logra hacernos sentir que estamos ahí, acompañándola, para escuchar y observar cómo la vida de sus protagonistas, a pesar el tiempo, repite ciertos actos que las condenan a no vivir plenamente, a ser catalogadas con un “no tienes el derecho” solo por ser mujeres. Aun así, recuerdo una parte donde menciona: “Las mujeres vamos a trabajar, pero regresando a la casa seguimos haciendo labores mientras el hombre descansa”.

Li Cham es entrar en un territorio donde el duelo de sus protagonistas no es el final, sino un tránsito; donde las mujeres sostienen el mundo con una fuerza que no siempre se reconoce. Hay momentos en los que la película parece respirar al ritmo de la tierra: el metate, la milpa, la leña quemándose, los rayos en el cielo mientras la lluvia invade, los animales en libertad. Los silencios y las miradas de sus protagonistas, al narrar su vida y el cambio que han hecho para no volver a repetir una herencia no pedida a sus hijas, hacen que esta película sea un mensaje genealógico de libertad, de renacer para seguir luchando.

En recomendación

Li Cham es una película necesaria para todos. Mientras la veía, pensé en lo que significa que una mujer filme a otras mujeres de su propio territorio: no hay exotización, no hay folclor turístico, no hay distancia. Hay respeto, hay escucha y hay un amor profundo por la vida que se intenta proteger.

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