Enrique Flores Amastal Ciudad de México
Una tarde de verano
Mujer, ¿qué te hace pensar que te amo?
¿Porque sigo tus pasos?
¿Me guío por tu perfume?
Por el hálito que dejan tus cabellos,
y el viento roto por tus pestañas.
Todo es vanidad en una tarde veraniega,
con el sol acariciando tus caderas,
dueño y señor de tu cuerpo,
en tanto, los que te pretenden, esperan.
Con tu arrogancia virginal
te entregas al azul del cielo
quizá para darle celos a la urraca
que desde lejos te observa.
Al igual que los elementos: agua,
viento y sol, te deseo.
No te amo… pero te deseo.
Tomo tu cuerpo y lo poseo
Nada es ajeno, si de siglos se sabia
y debe ser cierto que en el sueño
tomo tu cuerpo y lo poseo.
Mis ojos permanecen cerrados
mirando a ese espacio lunar
donde emerge tu cuerpo amado.
Es maravilloso el espacio onírico
dimensión de pasiones realidad.
El tiempo es mi sustancia
que no entiendo en el
momento.
Como el agua que es de los mares
quisiera irme suavemente
natural, a tiempo, como se nace
sin adjetivos, en silencio.
Lucha el recuerdo y la memoria
porque el tiempo le conceda
hacer un hueco como hoyo negro
y correr en tu búsqueda
y corregir lo que no se hizo.
El recuerdo nos trae las vivencias,
el recuerdo de tus perfumes,
la suavidad de tu piel, tus muslos
pero no puede hacerse presente
lo que se vivió, será por siempre
un sueño.
Nada es ajeno, si de siglos se
sabia y debe ser cierto que en el
sueño tomo tu cuerpo y
lo poseo.
Enrique Flores Amastal










