Ana Laura Romero Basurto
- Gobernar cuando el río nunca deja de correr
Imagine por un instante que esta mañana regresara exactamente al mismo lugar donde estuvo ayer. El mismo puente. El mismo río. El mismo paisaje.
Todo parecería igual.
Pero no lo es.
El agua que ayer corría ya desapareció. Las hojas cambiaron de posición. La luz del sol llega desde otro ángulo. Incluso usted ya no es la misma persona que ayer contempló ese paisaje.
Sin advertirlo, el mundo entero cambió.
Hace más de dos mil quinientos años, Heráclito de Éfeso descubrió esa verdad con una sencillez que sigue estremeciendo a la humanidad:
“Nadie puede entrar dos veces en el mismo río.”
No porque el río cambie únicamente. Sino porque también cambiamos nosotros.
Aquella idea revolucionó la filosofía. Mientras muchos buscaban aquello que permanecía inmóvil, Heráclito comprendió que la única permanencia verdadera es el cambio. Todo fluye. Todo se transforma. Todo se encuentra en permanente movimiento.
Los griegos llamaron a esta idea Panta Rhei: todo fluye.
No es solamente una explicación del universo.
Es una forma de vivir.
Heráclito observó que el mundo parecía construido por contrarios: luz y oscuridad; invierno y verano; vida y muerte; calma y tempestad. Sin embargo, descubrió algo aún más profundo: los opuestos no se destruyen entre sí; se necesitan. La tensión entre ellos mantiene el equilibrio del universo.
Por eso el fuego, para Heráclito, representaba el símbolo perfecto de la existencia: jamás permanece inmóvil y, precisamente por ello, conserva la vida.
Resulta sorprendente que una reflexión nacida cinco siglos antes de Cristo describa con tanta precisión el siglo XXI.
Vivimos en una época donde la tecnología modifica nuestras costumbres en cuestión de meses; donde la inteligencia artificial transforma profesiones enteras; donde las expectativas ciudadanas evolucionan más rápido que las propias instituciones.
En este contexto, aferrarse a las inercias equivale a intentar detener un río con las manos. No se puede.
La historia nunca espera a quien decide permanecer inmóvil.
El Logos: el orden detrás del cambio
Sin embargo, Heráclito jamás sostuvo que el cambio significara desorden. Al contrario.
Explicó que detrás de esa transformación permanente existe un principio superior al que llamó Logos.
El Logos es la razón que gobierna el universo. El orden invisible que da sentido a aquello que, superficialmente, parece caos.
Los estoicos hicieron suyo ese concepto y comprendieron que vivir con sabiduría consistía precisamente en armonizar la propia conducta con ese orden racional del mundo.
El cambio, entonces, deja de ser una amenaza. Se convierte en una responsabilidad.
Porque no basta aceptar que todo cambia. La verdadera pregunta es si nosotros estamos cambiando en la dirección correcta.
El Logos de nuestro tiempo
Toda sociedad necesita un principio rector.
Toda transformación auténtica necesita una visión.
Toda institución necesita un propósito que le dé sentido a cada decisión.
En Chiapas, ese Logos encuentra expresión en la visión humanista impulsada por el Gobernador, Dr. Eduardo Ramírez Aguilar, quien ha comprendido que gobernar no consiste en administrar inercias, sino en transformar estructuras para construir instituciones más honestas, más eficientes y más cercanas a la ciudadanía.
Toda transformación auténtica genera resistencia.
Así ocurre en la naturaleza.
Así ocurre en las organizaciones.
Así ocurre también en el servicio público.
Quien pretende cambiar aquello que durante años permaneció inmóvil inevitablemente encontrará oposición. No porque el cambio sea incorrecto, sino porque toda inercia intenta conservarse.
Heráclito ya lo había advertido hace veinticinco siglos.
La primera transformación ocurre dentro de nosotros
Existe, sin embargo, una realidad aún más desafiante.
Las instituciones jamás cambiarán si primero no cambian quienes las integran.
Podemos reformar leyes.
Crear nuevos sistemas.
Digitalizar procesos.
Diseñar plataformas tecnológicas.
Pero ninguna innovación sustituirá jamás el carácter de un servidor público.
Los estoicos enseñaban que el verdadero gobierno comienza siempre por uno mismo.
Quien no gobierna sus impulsos difícilmente gobernará con justicia.
Quien no domina su ego terminará sometido por él.
Quien no disciplina su conciencia terminará justificando cualquier decisión.
La corrupción rara vez comienza con grandes delitos.
Comienza cuando alguien deja de gobernarse a sí mismo.
Las preguntas que ningún servidor público debería evitar Llegados a este punto, la filosofía deja de ser teoría.
Se convierte en espejo.
Y el espejo siempre incomoda.
Por ello, cada integrante del Gabinete, cada servidor público y, en realidad, cada persona que ejerce una responsabilidad frente a la sociedad debería formularse preguntas que no admiten respuestas automáticas:
¿Estoy impulsando el cambio o simplemente administrando la rutina?
¿Mis decisiones transforman la vida de las personas o únicamente producen más trámites?
¿Estoy resolviendo problemas o aprendiendo a convivir con ellos?
¿Estoy honrando la confianza que el pueblo depositó en las instituciones o únicamente ocupando un espacio dentro de ellas?
Y quizá la pregunta más difícil de todas:
Si mañana dejara el servicio público, ¿qué cambiaría realmente por haber pasado yo por él?
Porque el cargo desaparece.
La oficina cambia de nombre.
Las administraciones concluyen.
Los escritorios cambian de ocupante.
Pero las consecuencias de nuestras decisiones permanecen durante generaciones.
Cuando el río continúe su curso El río seguirá avanzando.
Lo hizo antes de nosotros.
Lo hará cuando ya no estemos.
La historia nunca se detiene para esperar a nadie.
La verdadera diferencia jamás estará en el movimiento del agua.
Estará en quienes tuvieron el valor de cruzarla.
Desde la serenidad que propone el estoicismo comprendemos que no podemos controlar la velocidad con la que cambia el mundo, pero sí podemos decidir con qué principios respondemos a ese cambio.
Porque el auténtico servicio público no consiste únicamente en administrar recursos.
Consiste en administrar confianza.
No consiste únicamente en ejercer autoridad.
Consiste en ejercer virtud.
No consiste únicamente en ocupar un cargo.
Consiste en dejar una huella ética que sobreviva al propio cargo.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda de Heráclito.
Todo cambia.
Los gobiernos cambian.
Las circunstancias cambian.
Las personas cambian.
Pero existe algo que nunca debería cambiar en quien tiene el privilegio de servir: la rectitud de su carácter.
Porque cuando el río siga su curso como inevitablemente lo hará la historia no recordará cuánto tiempo permanecimos en la orilla.
Recordará únicamente si tuvimos el valor de cruzarlo para transformar, con integridad y conciencia, la vida de los demás.










