El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
La pobreza medida y la pobreza vivida traza un límite de los indicadores en Chiapas. La distancia entre los índices de pobreza, desarrollo humano y bienestar social, frente a las formas reales de vida, subsistencia y organización comunitaria en Chiapas, es cada vez más grande, muchas veces alejada de la realidad concreta de la organización cultural, simbólica y social de nuestro estado. Llevamos más de un siglo atravesando procesos de intervención económica que trazan fronteras con las realidades de Chiapas. Modelos en los que las formas de vida no son tomadas en cuenta y se nos imponen índices y mediciones externas, vinculadas a instituciones que poco consideran nuestras propias formas de concebir la realidad misma. Es decir, muchas veces, la noción de “pobreza” impuesta desde las organizaciones con visión neoliberal nos resulta extraña; incluso, en muchos casos, atenta contra nuestras propias visiones de la realidad.
El carácter abstracto y desarraigado de las mediciones que reducen la vida a variables económicas ignora dimensiones rituales, simbólicas y territoriales. La “pobreza”, como categoría técnica impuesta desde fuera, transforma modos de vida autónomos en carencias estadísticas. Hemos desdibujado, a partir de estadísticas que privilegian los derechos económicos, nuestra propia racionalidad; es decir, la forma en la que pensamos nuestras relaciones para procurar nuestra existencia se entrelaza con visiones neoliberales que vuelven muchas veces imposible que Chiapas pueda encaminarse al tan ansiado desarrollo.
El paso de la pobreza a la miseria, como advertía Iván Illich, surge cuando los pueblos ya no pueden subsistir fuera del mercado. Chiapas ha tenido ese recorrido en el cual nuestros derechos políticos y culturales han sido encasillados a procesos de mercado, donde no importa más que la compra-venta por sí misma. Pero Chiapas es un territorio donde persisten economías de subsistencia, saberes comunitarios y redes de apoyo que no caben en los indicadores clásicos. Por ello, se requiere una racionalidad otra que pueda conversar con esas singularidades. Al contrario de lo que se cree estructuralmente, la cultura, vista desde otros referentes, puede provocar una economía intercultural que no desdibuje saberes o modos de creación en común, que no desvalorice la variedad de economías que se gestan en el territorio.
Nuestro estado ha vivido un monopolio institucional y un despojo de la autonomía comunitaria. La escuela, la medicina y el desarrollo social han sido entendidos como sistemas que sustituyen capacidades comunitarias por servicios administrados. Las prácticas económicas desde el territorio han coexistido con la racionalidad impuesta desde la tecnocracia neoliberal. Pero, desde ahí, ha sido imposible la puesta en marcha de una visión en la que no cobren relevancia los aspectos puramente administrativos, unilaterales y economicistas, en los que sólo la vida material es la que se privilegia.
El desplazamiento de los saberes locales por la certificación, la profesionalización y el control técnico de la vida cotidiana ha provocado un desfase entre la vida diaria de la población y los intereses institucionales. El ejemplo paradigmático ha sido la construcción de las presas hidroeléctricas en la región, mismas que en nada benefician a la población chiapaneca y que nacieron bajo un ideal modernizador, pero al costo del pueblo zoque, que vio sus costumbres, sus economías, sus símbolos y su territorio transformados de raíz. La política pública de carácter modernizador y las políticas neoliberales poco atienden estos aspectos fundamentales para la ontología de las comunidades.
Por ello, debemos cambiar los conceptos y las categorías, apelar a nuestras propias racionalidades y formas de relación, porque las instituciones creadas para ayudar terminan debilitando la autonomía de las personas. No dejan margen para la participación, la creación de propuestas materiales y simbólicas ni la formación de una economía intercultural. Chiapas ha vivido la pérdida progresiva de la autosuficiencia comunitaria en nombre del progreso y la modernización.
Por ello, nuestras propias racionalidades pueden provocar convivencialidad y herramientas al servicio de la vida comunitaria. Retomo algunos de los conceptos de Iván Illich, que a mi parecer hacen sentido a la luz de un aquí y ahora que urge atender con otros horizontes. La convivencialidad, como un modo de organizar la sociedad donde las herramientas fortalecen la autonomía y no la dependencia, puede darnos posibilidades para la creación de modos en los que la economía no sea una barrera, sino puentes para la existencia. A la apuesta de Illich hay que mediarla con las visiones propias de Chiapas, generar alternativas para superar herramientas dominantes y crear herramientas convivenciales en contextos rurales e indígenas. No se trata de negar la tecnología o el conocimiento económico bajo una lectura romántica de la vida comunitaria; al contrario, se trata de usar las propias racionalidades para generar tecnologías apropiadas al territorio y no impuestas desde fuera.
La educación, la salud, la comunicación y el trabajo deben pensarse como prácticas relacionales y no como servicios profesionales cerrados. Más bien, las instituciones y los programas pueden nacer desde abajo, con la participación de cada actor, bajo orientaciones que nazcan del territorio mismo y que permitan relaciones que atiendan nuestras singularidades.
Chiapas es un espacio potencial de reconfiguración convivencial desde sus propias formas de cooperación, trabajo colectivo y saber comunitario. Como horizonte convivencial tiene tres lugares de refugio cultural que nos dan sentido: territorio, cultura y vida común.
El territorio chiapaneco, como espacio de relaciones vivas entre naturaleza, comunidad, trabajo y sentido, nos permite entender que no se trata de desarrollo material sin medida, como pretende el neoliberalismo. El territorio es la casa común, es el lugar (no el espacio) en el que habitamos, en el que se entrelaza un conjunto de sentidos, símbolos, formas de vida y ontologías. La comunalidad, las asambleas, la milpa y el intercambio como formas históricas de convivencialidad. Hemos desvalorizado nuestras formas de intercambio y de relación a favor de las relaciones bancarias y financieras, en las que la libertad no puede ser pensada más allá del mercado y sus intereses. En el sentido neoliberal, el territorio es el mercado. Al contrario, nuestro territorio tiene una milenaria experiencia en formas otras de vida dentro del territorio.
La lengua, la fiesta, el ritual, el mercado local y la oralidad como estructuras simbólicas de la vida convivencial son, del mismo modo, experiencias para entender los procesos económicos desde una visión intercultural. Por medio de la lengua creamos conceptos y categorías con las que damos sentido al mundo. Apostar por construir lenguajes para pensarnos, marcos racionales para la explicación de nuestras propias tradiciones y propuestas para entender la vida material significa despojarnos del lenguaje desarrollista. Chiapas es una inteligencia sintiente que está en el momento de crear las nuevas preguntas, mismas que nos darán los nuevos sentidos para lo que resta del siglo. La posibilidad de pensar el desarrollo no como crecimiento económico, sino como intensidad del tejido social, autonomía y creación constante de lenguaje, es lo que nos permitiría vernos a través de una economía convivencial e intercultural. Se trata de dejar ya de ver a Chiapas como “zona de atraso”, sino como reserva histórica de experiencias convivenciales frente a la crisis civilizatoria que Occidente mismo trae consigo. Porque estamos ante una crisis que no es nuestra; no son nuestros mitos ni nuestras metáforas las que están cayendo: es toda la gran narrativa de Occidente la que está en crisis. De esto, son los territorios, la cultura y nuestras relaciones comunitarias las que pueden crear los nuevos lenguajes para un mundo que pueda vivirse.










