El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Antes que una crisis pasajera, comenzamos a habitar una época marcada por la posibilidad del colapso. El siglo XXI enfrenta desafíos que ninguna institución, gobierno o mercado puede resolver por sí solo: la crisis climática, las desigualdades crecientes, la fragmentación social y una transformación tecnológica que, en su deriva tecnofeudal, concentra riqueza, datos y poder en un puñado de corporaciones. Frente a este panorama, tres capacidades humanas aparecen como posibles rutas para construir futuros más habitables: la creatividad, la autogestión y la ayuda mutua. Como ha señalado Carlos Taibo, el colapso no debe entenderse como un acontecimiento repentino y apocalíptico, sino como un proceso de debilitamiento de las instituciones y de dificultades crecientes para satisfacer las necesidades básicas, impulsado principalmente por el cambio climático y el agotamiento de los recursos energéticos. Más que una hipótesis extravagante, se trata de una tendencia que ya se manifiesta en múltiples regiones del planeta. La crisis ambiental es un hecho; más allá de los negacionismos y las distorsiones interesadas, el planeta posee límites biofísicos que no pueden ignorarse indefinidamente. Sin embargo, los principales centros de poder económico continúan actuando como si el crecimiento fuera infinito. El desarrollo tecnológico, lejos de reducir la presión sobre la naturaleza, se acompaña de un consumo cada vez más intensivo de minerales, agua, energía y combustibles fósiles. Al mismo tiempo, las sociedades sobredesarrolladas exportan no solo mercancías, sino también imaginarios, estilos de vida y patrones culturales basados en el hiperconsumo, imponiendo modelos que aceleran la degradación ecológica y profundizan la dependencia en sociedades como las nuestras. Paradójicamente, mientras se proclama la promesa de un futuro más inteligente y conectado, se multiplican las señales de un mundo más vulnerable, desigual y energéticamente insostenible. En este contexto, pensar alternativas deja de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una tarea de supervivencia colectiva.
La creatividad es nuestra posibilidad de imaginar soluciones en situaciones en las que sólo vemos callejones sin salida o mundos otros susceptibles de ser pensados. No se limita al arte o al desarrollo tecnológico; también implica encontrar nuevas formas de organizar comunidades, educar, producir alimentos, generar conocimiento o resolver conflictos. La creatividad es, por ello, una facultad profundamente política, porque permite crear las bases para formas de vida distintas a las que se presentan como inevitables. Ignacio Ramonet ha señalado que uno de los mayores éxitos ideológicos del neoliberalismo consistió en instalar la idea de que el mercado constituye el horizonte natural e insuperable de la historia. La famosa tesis de Margaret Thatcher, recuperada y analizada por Ramonet bajo la fórmula “There Is No Alternative” (TINA), terminó por fosilizar la imaginación política y por hacer que el capitalismo apareciera como el único sistema posible. En ese contexto, la creatividad fue reducida a innovación empresarial o a simple producción de mercancías, perdiendo gran parte de su dimensión emancipadora. Por ello, desde la lógica racional del capitalismo no hay alternativa fuera de sus márgenes, sólo dentro de sus fórmulas se puede crear, generar teoría o formas políticas. Todo aquello fuera de ese “pensamiento único” es “soberbia intelectual” o mera fantasía utópica, para emplear las expresiones de Friedrich von Hayek.
De este modo, la modernidad occidental y colonial no solo sometió territorios y pueblos, sino también las formas de pensar y de imaginar el mundo. Limitó y negó los otros saberes, formas de organización, culturas y lenguajes; la razón capitalista y moderna sometió la creatividad de los pueblos no occidentales a sus propios modos y métodos. Por ello, Silvia Rivera Cusicanqui nos dice que hay que descolonizar la imaginación y recuperar las prácticas comunitarias, los saberes locales y las formas de convivencia que han sobrevivido en los márgenes del capitalismo. Para Rivera Cusicanqui, las alternativas no nacen necesariamente de las grandes teorías abstractas, sino de las experiencias concretas de reciprocidad, de la memoria colectiva y de la coexistencia de diferentes racionalidades.
En este sentido, la creatividad constituye una posibilidad política fundamental. No se trata únicamente de inventar tecnologías o producir novedades para el mercado, sino de abrir horizontes civilizatorios distintos. Como advierte Ignacio Ramonet, el principal obstáculo para transformar la realidad es la convicción de que no existen alternativas; y como sostiene Silvia Rivera Cusicanqui, esas alternativas pueden encontrarse en los saberes y prácticas que el pensamiento colonial y capitalista ha intentado invisibilizar. La creatividad, entendida como la capacidad de imaginar y construir otros modos de existencia, se convierte así en una forma de resistencia frente al colapso y en una condición indispensable para la emergencia de sociedades más justas. Se trata en última instancia de desfosilizar la creatividad de lo no alternativa.
En este mismo sentido, la autogestión representa una urgente necesidad. Hemos dejado en manos de unos pocos nuestro destino. Por ello, la autogestión significa pasar de la dependencia a la iniciativa, de esperar soluciones externas a construir respuestas desde abajo, de los muchos abajos. Comunidades que se organizan para educarse, producir, cuidar sus recursos o resolver necesidades comunes muestran que la autonomía es una condición fundamental para la resiliencia social. No se trata de negar la importancia de lo público; siguiendo a Carlos Taibo, se trata más bien de vivir de manera cada vez más autónoma, disminuyendo la dependencia respecto de los grandes engranajes estatales y mercantiles. El siglo XXI está llamado a construir formas de autogestión que coexistan con las instituciones y con las formas de organización masiva, fortaleciendo al mismo tiempo la capacidad de las personas para decidir sobre aspectos fundamentales de su vida.
Cornelius Castoriadis sostuvo que la autonomía consiste en que una sociedad sea capaz de darse a sí misma sus propias normas y de participar conscientemente en la creación de sus instituciones. La democracia, desde esta perspectiva, no puede reducirse a la delegación permanente de responsabilidades, sino que implica la participación activa de las personas en la organización de su existencia común. Por ello, la alimentación, la salud, la educación y los cuidados no pueden permanecer totalmente institucionalizados y comercializados, convertidos en servicios sobre los cuales la sociedad apenas tiene capacidad de decisión. Recuperar espacios de autogestión significa, precisamente, recuperar la facultad de instituir nuestra propia vida.
En un sentido semejante, Gustav Landauer afirmaba que “el Estado es una condición, una cierta relación entre seres humanos, una forma de comportamiento humano; que destruimos estableciendo otras relaciones, comportándonos de manera diferente, con uno y con el otro”. La emancipación no depende exclusivamente de la conquista del poder político, sino de la construcción cotidiana de formas distintas de cooperación y convivencia. En un contexto de crisis ecológica y de incertidumbre civilizatoria, la autogestión aparece menos como una utopía y más como una necesidad práctica. La libertad alimentaria, las redes de cuidados, las economías locales y las formas comunitarias de educación no pretenden sustituir completamente al Estado, sino impedir que toda la existencia humana quede subordinada a instituciones y mercados en los que las personas apenas participan. La autonomía, en este sentido, constituye una condición indispensable para la libertad y la autonomía existencial del siglo XXI.
«Beneficiis enim humana vita constat et concordia, nec terrore sed mutuo amore in foedus auxiliumque commune constringitur» dijo Séneca en su famoso texto sobre la ira (La vida humana se sostiene por los beneficios recíprocos y la concordia; no es el miedo, sino el amor mutuo, lo que la vincula en una alianza y una comunidad de ayuda compartida). La intuición de Séneca conserva una sorprendente actualidad y aplicación real. Frente a nuestra época marcada por la competencia permanente y por la ficción del individuo autosuficiente y unidimensional, la ayuda mutua recuerda una verdad frecuentemente olvidada, los seres humanos prosperan cuando cooperan. Ninguna persona se salva sola; tampoco lo hacen las sociedades. Desde las comunidades indígenas y campesinas hasta las redes contemporáneas de solidaridad, la historia muestra que la colaboración genera mayores posibilidades de supervivencia y bienestar que la mera rivalidad o competencia. Más que un acto de caridad ocasional, la ayuda mutua constituye una auténtica «comunidad de ayuda compartida», una forma de convivencia basada en la reciprocidad y en el reconocimiento de nuestra interdependencia.
En el siglo XXI, marcado por el riesgo del colapso ecológico y la creciente fragmentación social, la ayuda mutua deja de ser únicamente una virtud moral para convertirse en una necesidad civilizatoria. Como mostró Piotr Kropotkin en “El apoyo mutuo: un factor de la evolución”, la cooperación ha sido uno de los principales factores de supervivencia tanto en las especies animales como en las sociedades humanas. La salida a las crisis contemporáneas difícilmente será individual; dependerá, más bien, de nuestra capacidad para reconstruir vínculos y restablecer aquello que Séneca llamó una comunidad de auxilio mutuo, fundada no en el temor ni en la competencia, sino en la confianza y el afecto recíprocos.
El derrotero existencial del siglo XXI no puede limitarse al desarrollo de nuevas tecnologías o aumentar la riqueza material, sino en recuperar estas capacidades profundamente humanas. Necesitamos crear esos espacios de imaginación, autonomía y solidaridad. Ahí, se encuentra una de las mayores esperanzas para el futuro. El zapatismo chiapaneco ha sido una escuela y lo es ahora en que se están pensando a sí mismos y planteando, a través de “el común”, una respuesta concreta de organización y existencia. Sin embargo, esos “otros muchos abajos” que somos, necesitan, también, plantar cara a la época capitalista y moderna del “There Is No Alternative”.










