Geopolítica, comercio y nacionalismos en el futbol

Geopolítica, comercio y nacionalismos en el futbol

El Hipsterbóreo

Luis Fernando Bolaños Gordillo

El asunto alguna vez fue deportivo; ahora es político, ideológico y, ante todo, comercial. La estructura económica del denominado deporte más popular del mundo se vale de los procesos de digitalización y de los intereses geopolíticos para generar ganancias estratosféricas que en esta edición podrían alcanzar más de 13 mil millones de dólares, que representan más del 50 por ciento del PIB de varios países de ingresos bajos.

La construcción sociocultural y económica que rodea a este certamen tiene detrás una gigantesca maquinaria que logró hacer de su organismo rector una marca comercial que controla la información de los medios y plataformas sociodigitales, los planes de negocios, los derechos de transmisión, la venta de playeras, y la manipulación de las identidades para consolidar negocios donde no existe la igualdad.

Este poderío viene de la mano con las televisoras y canales de noticias deportivas de alcance global; el efecto llega a tal grado que invisibiliza a otros deportes. Este entramado geopolítico y tecnológico es una instancia hegemónica que tiene, paradójicamente, un entusiasta consumo de millones de personas de países con severos problemas económicos: el futbol fue convertido en una prolongación del poder.

La publicidad, la mercadotecnia y el branding se aprovechan de las divisiones sociales, religiosas, políticas o ideológicas para romantizar enfrentamientos futbolísticos entre ricos y pobres, entre poderosos y débiles: el periodismo deportivo hace lo suyo al propagar imágenes que romantizan los orígenes humildes de los futbolistas de renombre y de lo mucho que sufrieron para poder comprarse una avioneta para uso personal.

Cada selección representa, inevitablemente, una construcción sociocultural llena de grandeza y gloria; las masas son unidas por imágenes y narrativas a través de una palabra que debe ser analizada detenidamente por sus implicaciones comerciales y políticas: nacionalismo. Sin embargo, tras la gran final de este certamen, esta palabra se desvanecerá y las masas volverán a su vida rutinaria.

Este evento fomenta un nacionalismo exacerbado donde el “nosotros” los ciudadanos de un país con precariedad nos enfrentamos contra «ellos», los ricos y poderosos. La victoria se vuelve en una dopamina que ofrece recompensas, motivación y emociones temporales. La exaltación de los himnos y las banderas sirven para unir a una población fragmentada bajo un sentimiento de pertenencia.

Esas estrategias psicopolíticas desvían la atención pública de problemas que forman parte de la vida cotidiana como las crisis económicas, la inflación, el desempleo, la inseguridad, la violencia, el crimen organizado, el analfabetismo, entre otros. Lo paradójico es que hay países que a pesar de tener estos problemas suelen destinar recursos públicos para albergar a este certamen. En este entorno superficial no hay lugar para el pensamiento crítico y quizá una de las pocas formas de resistencia sea no consumir este evento.

Los Estados y los medios afiliados al organismo rector de este deporte proyectan imágenes y narrativas llenas de beneficios para los emprendedores; la realidad muestra otra cara, la pasión fue convertida en mercancías y no todos pueden pagarla. Lo que era un patrimonio del pueblo agoniza; su lugar fue ocupado por un evento clasista, racista, elitista y conservador.

Por si fuera poco, más allá del comercio y la economía, el uso de las inteligencias artificiales domina todo; el juego y el entorno del torneo no escapan a la vigilancia y a la censura. En la cancha se utiliza para el arbitraje, el análisis táctico y el seguimiento de jugadores, cosa que al consumidor le encanta; los algoritmos, a su vez, sirven para fijar agendas, imponer publicidad personalizada y analizar información que no convenga a la imagen positiva del torneo.

Fuera de los estadios, los estados y las corporaciones compiten por el control del enorme volumen de datos generados por millones de aficionados a través de sus likes, comentarios e historial de navegación. Esto se traduce, inevitablemente, en nuevos productos y estrategias de mercado. El mundial terminó convertido en un entramado político, ideológico, nacionalista, comercial y algorítmico donde la parte ontológica es rellenada de publicidad e información alienante.

Para finalizar basta decir que el futbol mutó hacia un ecosistema de hiperconectividad, plataformas sociodigitales, entretenimiento y conectividad permanente; lo que ocurre en la cancha sirve solamente para construir narrativas para publicitar todo tipo de productos que a decir verdad no necesitamos. Este opio del pueblo se convirtió en algo aún más dañino para las mentalidades, porque es un enorme panóptico donde todos pueden verse entre sí. Esto es manifestación del Gran hermano en su versión digital.

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