Roy Gómez

El buen pastor…

Había un revuelo que no acababa de calmarse, unos hombres siguen hablando de Jesús de Nazaret, al que los jefes del pueblo habían ajusticiado por falso Mesías… Pero lo sorprendente es que no sólo son palabras las que anuncian semejante noticia. Unos signos prodigiosos confirman la doctrina que predican y, lo que, es más, una vida de heroísmo y de entrega total ratifica el mensaje que proclaman.

En este pasaje es la curación de un cojo de nacimiento, de un pordiosero de cuerpo retorcido, que repetía monótono su cantinela de pedigüeño. Pedro le dijo simplemente: «No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, anda». Y el milagro se produjo. Era increíble, en nombre de Jesucristo el Nazareno, en nombre del que había muerto recientemente en una cruz, como un malhechor cualquiera.

Pedro, lleno del Espíritu Santo, responde con claridad y fortaleza. Y nada menos que ante el Sanedrín, el Tribunal Supremo de Israel. Una confesión valiente y decidida, tan distante de sus pasadas negaciones ante una esclava y un grupo de siervos. Pedro, el Vicario de Cristo, hablaba con libertad, con una claridad meridiana… Hoy también es preciso que resuene la voz de Pedro, con claridad y energía. Vamos a pedirle a Jesús que ilumine y fortalezca, también hoy, al Pedro de nuestro tiempo. Para que siga hablando con voz tan firme y clara que disipe tanta oscuridad como nos circunda.

La piedra angular, la que cierra el arco, la que hace de cuña, la que contrarresta las dos fuerzas contrarias, la que sostiene, la que culmina. Piedra fundamental y particularmente preciosa. Eso es Cristo para la salvación de los hombres, para la liberación de su pueblo… Pero vino al mundo y el mundo no le conoció; vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Pobre hombre, qué torpe eres. Pobre israelita, qué ignorante. Tanto tiempo deseando que llegara el que había de venir, y cuando llega le rechazas, le desprecias, le crucificas.  «Y no hay salvación en ningún otro; pues ningún otro nombre debajo del cielo es dado a los hombres para salvarnos». No hay otro camino que Cristo, no hay otra piedra angular. Sólo Él puede salvar al hombre, sólo Él puede sostener el edificio de nuestra vida personal. Esa vida que tantos vaivenes sufre, esa vida capaz de las mayores alegrías y de las más profundas amarguras. Cristo es nuestro consuelo, nuestro refugio, nuestra solución clara y definitiva. Todas las demás serán siempre soluciones provisorias, un pequeño remiendo para tapar de momento un roto.

Jesús se nos presenta como el Buen Pastor. No dice un buen pastor sino el Buen Pastor. Ya el profeta Ezequiel, cuando hablaba de los malos pastores de Israel, vaticinó un pastor único que, a diferencia de aquéllos, se preocupe de apacentar a las ovejas, sea el fiel sucesor de su padre David que arriesgaba su vida por salvar el rebaño de las fieras del campo. Jesús llegará más allá todavía. Él no se limitará a arriesgar la vida por su grey, él morirá por salvarla. Por eso nos dice en este pasaje: Yo doy mi vida por las ovejas. En realidad, desde que nació fue entregando su vida por los hombres, día a día iba desgranando su existencia para ayudar a los demás, hasta gastarse del todo en la Cruz.

Pero aquel momento no fue el final. Podríamos decir que fue más bien el principio, el comienzo de una nueva era, la del tiempo mesiánico. Por eso ahora nos vuelve a decir el Señor que da su vida por nosotros. Para esto está presente en la Eucaristía, para ser nuestro alimento y nuestro mejor compañero de camino, para inmolarse como Víctima expiatoria y propiciatoria en el Santo Sacrificio de la Misa. Sí, Jesús sigue vivo y sigue entregándonos su misma vida, para que sea la suya y no nuestra vida la que nos anime y nos impulse a ser sus discípulos fieles, ovejas de su rebaño que conocen su voz, la escuchan y le siguen.

El Señor dice que tiene, además, otras ovejas que no son de este redil. Jesús piensa en las que están fuera, esas que se han extraviado y a las que es preciso ir a buscar y traerlas al mejor redil, el único donde hay seguridad y salvación. Es esa una verdad insoslayable. Es cierto y lógico que a quienes no pertenecen a la Iglesia católica les moleste que digamos que es la única verdadera. Muchos de ellos no admiten ni tan siquiera que haya de haber una sola Iglesia y consideran que la Verdad se encuentra repartida y que nadie se puede arrogar el monopolio sobre esa Verdad. Sin embargo, el Señor ha querido un solo rebaño y un solo pastor. Es cierto que el hombre, ninguno, puede arrogarse ese privilegio de formar el verdadero reducto de salvación, pero también es evidente que Jesucristo ha podido, y lo ha hecho, fundar una sola Iglesia y que fuera de ella no sea posible la salvación.

Demos gracias por estar dentro del redil de Cristo, sin mérito alguno por nuestra parte. Hagamos cuanto podamos para que todos vengan a este redil. Recemos a Dios por la unidad de todos los cristianos, de todos los hombres. Recitemos la oración del mismo Jesús: Que todos sean uno, que todos aceptemos la voluntad del Señor que ha querido, y quiere, que haya un solo rebaño y un solo pastor. Que así sea…Luz.

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