El orden simbólico en 1984

El orden simbólico en 1984

El Hipsterbóreo

Luis Fernando Bolaños Gordillo

“La ortodoxia significa no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia”, sentenció George Orwell en la novela 1984, anticipándose por mucho a la era de la vigilancia sistémica. Bajo su perspectiva, el poder no se basa únicamente en el carácter implacable de un reglamento o en su concentración en la figura de un solo hombre, éste es reproducido por ciudadanos dóciles y sumisos.

El poder disciplinario apunta su dominio sobre los cuerpos doblegándolos o castigándolos; el poder de la sociedad de control ejerce su hegemonía sobre la subjetividad. El funcionamiento del poder es complejo al constituirse como una red de dispositivos que abarcan toda la estructura social; éstos imponen cierto tipo de normas, ideas, hábitos y costumbres que hacen creer que vivimos en un estado de bienestar.

El ejercicio del poder no se limita a garantizar las libertades individuales bajo un manto posesivo; las relaciones entre amo y esclavo se han transformado bajo los cobijos institucional y mediático. El dominio se ejerce a través de los noticieros en los medios electrónicos, las iglesias, el entretenimiento o como apuntó George Orwell en la obra, a través de futbol, cervezas y apuestas.

Aparentemente hay un gran hermano que lo ve y lo oye todo, un panóptico en el que los ciudadanos reprimen su capacidad de organizarse por sentirse vigilados. El acatamiento de las normas se da principalmente a través de la vigilancia mutua y, peor aún, la autovigilancia; los sujetos alienados se pierden en el entretenimiento y dejan de lado el pensamiento crítico.

La vigilancia mutua impide relacionarse libremente y provoca un aislamiento absoluto que deriva en uno de los efectos visibles del capitalismo de tercer orden: el individualismo. Las redes sociodigitales muestran la insensibilidad de las personas hacia el dolor ajeno, las muestras de solidaridad menguan con el paso del tiempo y lo que prevalece es el afán de morir en un entorno lleno de seguridad.

La represión simbólica es omnipresente en el mundo digital y son los propios usuarios de las distintas redes quienes proporcionan información de sí mismos a los algoritmos, quienes procesan al instante millones de datos para atraer la atención hacia ciertos tópicos. Las redes marcan las formas en que los sujetos deben relacionarse con las instancias de poder y también las formas en que pueden vincularse entre ellos.

El fin no es solo gobernar, sino crear y moldear los pensamientos, hábitos y costumbres de los ciudadanos, para lograr que su existencia en términos de comunalidad sea imposible fuera del marco que se impone a través de las industrias del entretenimiento El poder, convertido así en una entidad abstracta, se expande y avanza de individuo en individuo, arraigándose de tal forma que toda manifestación autonómica parezca una utopía.

La gran economía de medios que implica la reproducción del poder impide que el mecanismo se desgaste; la gente es feliz con sus telenovelas, reallity shows, maratones de series, música industrializada en formato MP3, videos graciosos, memes, podcasts y muchas producciones más que dificultan o imposibilitan la interacción plena con los demás.

Orwell entendía que no eran los cuerpos, sino las mentes las que constituyen la verdadera semilla de una posible rebelión. Por eso el Gran Hermano había llenado de pantallas todos los hogares. El disciplinamiento más férreo debía recaer entonces sobre la subjetividad a través de todos los medios posibles. Ahora estamos en una era donde la hiperconectividad y el exceso de información impiden construir colectivamente una posición contestataria.

“Al Partido no le interesan los actos realizados; nos importa solo el pensamiento”, escribió Orwell para ejemplificar cómo los actos son los pensamientos en acción. En 1984 es evidente que un control minucioso de estos últimos permite ya no solo controlar, sino prevenir cualquier insurrección. El sistema adquirió madurez para crear todo tipo de cortinas de humo cuando la ocasión lo amerita.

En esa cruda trama, la Policía del Pensamiento se encargaba de cazar implacablemente a aquellos que, como Winston (el personaje principal), aún se creían dueños de esos “cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo”. Los totalitarismos operan no solo debilitando a los sistemas multipartidistas, sino transformando a sus ciudadanos en masa; el efecto de las redes sociodigitales en este proceso es más que evidente.

La soledad o el individualismo de los ciudadanos no son sustantivas para enfrentar problemáticas inherentes al poder totalitario; éste no solo busca la dominación sobre los hombres, sino fomentar un sistema donde prevalezca la superficialidad. El panóptico digital imperante limita toda comunicación entre los individuos y anula su sentido de pertenencia.

El individuo ya no puede situarse, es incapaz de pensarse a sí mismo, ya que no hay un momento de silencio que le permita establecer un diálogo interno que le ayude a librarse del yugo mediático. “Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se revelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema”. Así sentenció Orwell de forma nihilista el devenir de los modos de control.

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