El plan de Trump para la OTAN 3.0: una Alianza basada en la coacción y la censura I

El plan de Trump para la OTAN 3.0: una Alianza basada en la coacción y la censura I

Lily Lynch

La cumbre de la OTAN en Ankara fue un escaparate de la hospitalidad turca y de una eficiencia autoritaria implacable. A los periodistas se les colmó de delicias turcas, perfumes y tazas de café de porcelana, y hasta los gatos de Turquía se sumaron a la ofensiva de encanto: en el centro de prensa se regalaban gatitos de angora blancos a los embobados periodistas. Las carreteras estaban recién asfaltadas y los relucientes autobuses de enlace de la OTAN circulaban todos puntuales. Todo el espectáculo se sustentaba en unos niveles de seguridad asombrosos: unos 70.000 efectivos se encargaron de la seguridad del evento, casi el doble de los presentes en la cumbre de la OTAN del año pasado en La Haya. En las semanas previas, se prohibieron todas las protestas y se detuvo a cientos de críticos de la OTAN y activistas de izquierdas. Mientras Trump elogiaba el espectáculo, algunos atlantistas liberales presentes me comentaron que se sentían un poco incómodos con todo el despliegue. En su opinión, la cumbre de Ankara supuso una desviación de la democracia euroatlántica ilustrada, algo supuestamente intrínseco a la Alianza.

Sin embargo, un análisis más acertado habría interpretado la cumbre de Ankara como un retorno de la OTAN a sus raíces. En los últimos meses, la Administración de Trump ha promovido la idea de que la OTAN vuelva a su objetivo original de la Guerra Fría: la disuasión y la defensa europeas. La idea se presentó en febrero como «OTAN 3.0» y es una creación del subsecretario de Guerra para Política, Elbridge Colby, un partidario de la moderación que aboga por limitar el intervencionismo militar y que, por ello, se ha visto difamado por el círculo atlantista liberal y, según se informa, espiado por Israel. Tal y como lo describe Colby, la OTAN 3.0 no supone un abandono de la OTAN, sino más bien «un retorno a su propósito fundacional y su reafirmación». En otras palabras, «hacer que la OTAN vuelva a ser grande» garantizando que los europeos inviertan miles de millones en la producción industrial de defensa y en la innovación tecnológica, de modo que puedan ocuparse de su propia defensa convencional (no nuclear).

En la cumbre de este año, fui testigo en tiempo real de la transición a la OTAN 3.0. Sin duda, la Administración Trump considera que la aceptación por parte de Europa de su cambio de política y filosofía constituye una gran «victoria» en materia de política exterior. Varios altos cargos de la OTAN hablaron de la necesidad de construir «una Europa más fuerte dentro de una OTAN más fuerte» y citaron repetidamente cifras que atestiguaban los aumentos en el gasto europeo en Defensa, de acuerdo con las exigencias de Trump. Un alto cargo de la OTAN se refirió al «problema de la simultaneidad» —la preocupación de la Administración Trump ante un escenario en el que las Fuerzas Armadas norteamericanas se verían obligadas a librar varios conflictos importantes a la vez—, lo que, según él, es la razón «por la cual los europeos están dando un paso al frente y asumiendo una mayor responsabilidad en su propia defensa». Por mucho que les desagrade la retórica intimidatoria de Trump, quedó claro que los responsables de la OTAN y los aliados se están tomando ahora muy en serio las palabras de la Administración de Trump.

Unas semanas antes de la cumbre, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, se hizo eco de las palabras de Colby en la reunión de ministros de Defensa de la OTAN celebrada en Bruselas, vinculando la «OTAN 3.0» a las exigencias de Washington de que los aliados aumenten el gasto en Defensa. «De eso tratan los compromisos de gasto en defensa», afirmó, «de transformar a la OTAN en una verdadera alianza militar centrada en el poder duro y la disuasión real, una OTAN 3.0 inspirada en la OTAN 1.0 que ganó la Guerra Fría». Durante la misma reunión, Hegseth lanzó un ultimátum a los aliados transatlánticos. De cara al futuro, declaró, las aportaciones norteamericanas a la OTAN dependerían de que los aliados cumplieran sus propios objetivos de gasto en Defensa. «Si no aumentan su gasto con urgencia otros aliados, nuestras contribuciones se reducirán», advirtió. También comunicó a los aliados que debían esperar una revisión de sus progresos dentro de seis meses. Si para entonces no se hubieran logrado avances suficientes, los EE. UU. reducirían su gasto en la OTAN. Esta amenaza contribuyó a aumentar el temor en Ankara. Tampoco era un temor del todo irracional: la Administración Trump está reduciendo drásticamente su participación en otras instituciones multilaterales. En enero, los Estados Unidos se retiraron de 31 organismos de la ONU y, en la actualidad, retienen alrededor de 4.000 millones de dólares en cuotas obligatorias de la ONU.

Para comprender la «OTAN 3.0», resulta fundamental entender la evolución de la Alianza. La fundación de la OTAN tuvo su origen en la competición ideológica y militar con la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Como tal, la OTAN 1.0 era una organización firmemente de derechas, interesada sobre todo en reforzar el dominio norteamericano sobre Europa y hacer frente a la amenaza soviética. Pero también desempeñaba otras funciones, entre ellas difundir el evangelio del libre mercado y aplastar la subversión interna de izquierdas. El Tratado del Atlántico Norte, firmado en abril de 1949, estableció la alianza militar y esbozó los «valores» de la OTAN; el pacto prometía «salvaguardar la libertad, el patrimonio común y la civilización de sus pueblos, basados en los principios de la democracia, la libertad individual y el Estado de Derecho». Desde el principio, no todos los miembros estuvieron a la altura de esa retórica grandilocuente. Portugal, Estado miembro fundador, estaba gobernado entonces por el dictador Antonio Salazar, cuyo régimen de partido único, el Estado Novo, empleaba una amenazante policía secreta y prohibía todos los partidos de la oposición; el «nuevo» nombre de la dictadura era una ironía, ya que, según Tom Gallagher, el puritano Salazar «manifestaba un horror al cambio propio de un auténtico reaccionario».

Los Estados Unidos fueron a menudo los mayores defensores de la Alianza a la hora de colaborar con regímenes cuestionables, presionando para que la España de Franco se convirtiera en miembro de la OTAN con un apoyo abrumador en el Congreso y el Senado. Los Estados Unidos consideraban a la España franquista un aliado ideal debido a su «ubicación estratégica y su ferviente sentimiento anticomunista». Cuando algunos Estados miembros europeos se opusieron a la admisión del régimen de Franco en la Alianza, los Estados Unidos firmaron el Pacto de Madrid con España en 1953, proporcionando ayuda a la dictadura y permitiendo a los EE. UU. construir bases militares en territorio español. La Argelia colonial francesa también formó parte de la OTAN desde sus inicios, y el artículo 5 se extendía a ese país colonizado, donde se recurría a la tortura sistemática y a los campos de concentración para someter a la población. Mientras tanto, algunos antiguos nazis de la supuestamente «Wehrmacht limpia» de Alemania Occidental —la alianza propagaba descaradamente el mito de que los oficiales de la Wehrmacht lucharon con honor durante la Segunda Guerra Mundial— también se integraron en el pacto, y algunos llegaron a ocupar altos cargos en la OTAN. Ante la amenaza soviética, no podía haber enemigos a la derecha.

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