El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Tuxtla Gutiérrez no existe en singular; es una ciudad que ha sido muchas ciudades. Cada generación ha habitado una versión distinta de ella y, en cierto sentido, ninguna ha conocido exactamente la misma. Su fisonomía cambia con sus calles, sus edificios, sus parques y sus habitantes, pero también con algo menos visible y más profundo: la memoria. Hay tantos Tuxtlas como generaciones que la recuerdan, porque cada una conserva un mapa íntimo de lugares, recorridos, voces y afectos que el tiempo ha transformado o borrado. Quizá sea su condición de capital la que la obliga a reinventarse de manera permanente. Como centro político, administrativo y económico de Chiapas, la ciudad ha crecido, se ha expandido y ha modificado su rostro una y otra vez, incorporando nuevas formas de habitar, de transitar y de encontrarse. Sin embargo, cada transformación deja tras de sí una estela de nostalgia. Cada ciudad nueva resguarda, casi en silencio, las huellas de la anterior.
Si hemos de hacer caso a Heráclito cuando afirma que “todo fluye y nada permanece”, Tuxtla constituye una prueba inequívoca de esa afirmación. Pero su cambio no es únicamente urbano; es, sobre todo, un juego de memorias. Mientras la ciudad renueva sus espacios, quienes la han vivido continúan recorriendo, en el recuerdo, calles que ya no existen, árboles que fueron derribados, comercios desaparecidos y paisajes sustituidos por otros. Bajo la ciudad visible permanece otra, hecha de evocaciones y afectos, donde conviven los distintos tiempos de quienes la habitaron. Tal vez por ello Tuxtla no pueda leerse en singular. Es una ciudad en plural, una suma de épocas superpuestas que comparten un mismo nombre. Su verdadera identidad no reside en la permanencia, sino en esa extraordinaria capacidad de cambiar sin dejar de ser reconocible para quienes, desde distintas generaciones, siguen llamándola casa.
De todas esas ciudades superpuestas, el Tuxtla de la infancia es siempre el primero en desaparecer. Es, quizá, la primera ciudad que perdemos sin advertirlo. Poco a poco dejan de existir los árboles que daban sombra a las calles, los comercios familiares, los cines, los parques, las rutas cotidianas e incluso los olores que parecían inseparables de ciertos lugares. Ya no están el Vistarama ni el Cine Bonampak. El Mercado del Centro cambió de nombre. Aras Bazar es apenas un recuerdo lejano. Incluso Eros, que parecía un fósil viviente destinado a desafiar el paso del tiempo, ha desaparecido. La fuente existe ya sólo en la memoria. La nostalgia no recuerda únicamente lugares; recuerda una forma de vivir el tiempo, una manera de caminar la ciudad cuando todavía todo parecía inmenso y el mundo comenzaba apenas a revelarse.
Por eso, la infancia que fui permanece entretejida con el paisaje. Ese vínculo, casi histórico, me permite volver una y otra vez al Tuxtla en el que habité durante aquellos años y que fue el primero en morir. Creo firmemente que esa temporalidad aún habita en algún lugar del universo. Nuestra memoria espiritual es la memoria del tiempo que fuimos y esa no muere ni cambia; forma parte de una herencia que, como humanidad, llevamos hasta el umbral de la eternidad. Por eso ninguna ciudad desaparece del todo. Mientras exista alguien que la recuerde, seguirá viviendo en ese territorio donde la memoria y el tiempo se niegan a separarse.
Ahora bien, si el Tuxtla de la infancia fue el primero en desaparecer, las ciudades que vinieron después también modificaron la manera en que aprendimos a vivirlas. Cada transformación urbana crea una nueva forma de habitar. La apertura de avenidas, la construcción de puentes, el surgimiento de fraccionamientos, las plazas comerciales y el crecimiento constante hacia la periferia reorganizan la vida cotidiana. Esto ocurre porque las ciudades no sólo se construyen con cemento, sino también con formas de convivencia. Cuando cambia el espacio, cambian igualmente las conversaciones, los recorridos, las amistades y el sentido de comunidad. Cada Tuxtla ha tenido su propia forma de mirar el mundo, porque cada uno ha ofrecido a sus habitantes un modo distinto de encontrarse, de caminar y de reconocerse en los otros. Estamos ante un acontecimiento ontológico: el cambio nos actualiza y nos devuelve hacia un tiempo y un lugar que ya no son nuestros, pero que, de alguna manera, siguen siéndolo. Nuestras pautas existenciales se transforman del mismo modo. Junto con Tuxtla, nosotros también cambiamos.
De ahí que cada generación hable de Tuxtla utilizando el mismo nombre, aunque se refiera, en realidad, a ciudades distintas. Los abuelos evocan una ciudad de calles apacibles y espacios abiertos; los padres recuerdan una urbe en expansión, donde comenzaron a multiplicarse las avenidas y las colonias; los hijos conocen una ciudad atravesada por plazas comerciales y nuevos barrios que antes eran la periferia. El nombre permanece, pero las referencias cambian. Cada época posee sus propios símbolos, sus lugares de encuentro, sus recorridos cotidianos y hasta su manera de medir las distancias.
Del mismo modo que cambian los espacios y las generaciones, también se transforman las tradiciones. No permanecen inmóviles ni resisten intactas el paso del tiempo; acompañan a la ciudad en sus desplazamientos, se modifican con ella y aprenden nuevas maneras de existir. Las fiestas dejan de celebrarse en ciertos espacios para instalarse en otros; los mercados alteran sus dinámicas; los parques dejan de ser el corazón de la convivencia y aparecen nuevos lugares para el encuentro. Algunas costumbres desaparecen con quienes las practicaban; otras se reinventan para responder a una ciudad distinta, mientras unas más sobreviven gracias a la obstinación de quienes comprenden que la identidad no consiste en conservar el pasado como una pieza de museo, sino en mantenerlo vivo. Como mostró Dolores Aramoni en sus estudios sobre la religiosidad zoque de Tuxtla y Copoya, las tradiciones perduran precisamente porque son capaces de adaptarse a contextos históricos cambiantes sin perder el núcleo de sentido que les da vida.
En esa misma dirección, Jacques Galinier observa que la tradición no es una memoria inmóvil, sino un saber que se actualiza continuamente mediante la interpretación y el ritual; su permanencia depende, precisamente, de esa capacidad de reorganizar el orden social en cada época. Lo mismo ocurre con Tuxtla. La ciudad no ha dejado de transformar sus costumbres porque tampoco ha dejado de transformarse a sí misma. Las generaciones cambian, los barrios adquieren nuevos ritmos y los espacios públicos encuentran otras formas de ser habitados. Sin embargo, bajo esas mutaciones persiste una continuidad casi invisible: la necesidad de reunirse, de celebrar y de reconocerse como comunidad. Quizá esa sea la verdadera tradición de Tuxtla: no la repetición inmutable de las mismas prácticas, sino la extraordinaria capacidad de renovar su memoria sin romper nunca el hilo que la une con su origen.
Ese hilo, sin embargo, no siempre puede verse. Existe una ciudad invisible que no aparece en los planos oficiales ni puede localizarse en un mapa: la ciudad que cada habitante lleva consigo. Caminamos por calles donde aún permanecen edificios demolidos, árboles que fueron derribados y personas que hace mucho dejaron de estar; la memoria recompone el paisaje y devuelve aquello que el tiempo parecía haber borrado. Jorge Luis Borges escribió: “Somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”, una afirmación que convierte al recuerdo en la verdadera arquitectura de nuestra identidad. Y si, además, como él mismo sostuvo en “Nueva refutación del tiempo”, “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río”, entonces también las ciudades están hechas de esa misma materia: del tiempo que las transforma y de la memoria que se resiste a perderlas.
Vista desde esa relación entre tiempo y memoria, Tuxtla nunca termina de construirse. Cada generación añade una nueva capa a su historia y, sin advertirlo, prepara la ciudad que otros recordarán algún día con la misma nostalgia con que nosotros evocamos la nuestra. Lo que hoy nos parece cotidiano será mañana materia de la memoria. Fina García Marruz lo expresa con delicadeza: “Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna / como a la casa de la infancia”. Esa vuelta no ocurre únicamente hacia las personas o los días vividos; también regresamos a las ciudades que nos formaron, porque en ellas quedó una parte irrepetible de nosotros.
Volvemos, entonces, a Tuxtla como quien vuelve a la casa de la infancia, sabiendo que el lugar permanece y, al mismo tiempo, que ya no es el mismo. Regresamos a sus calles buscando una sombra, una fachada, una voz o una costumbre que quizá sólo sobreviven en nosotros. La ciudad del presente será también, algún día, una ciudad perdida, el territorio al que volverán quienes hoy la recorren sin advertir que están construyendo sus recuerdos. Quizá la verdadera identidad de Tuxtla no consista en permanecer intacta, sino en su capacidad de transformarse sin dejar de convocarnos. Cada generación recibe una ciudad, la habita, la modifica y finalmente la convierte en memoria. Tuxtla nunca concluye: permanece inacabada porque siempre está comenzando de nuevo.










