El vértigo de Platón

El vértigo de Platón

El uso de la palabra

Raúl Vásquez Espinosa

En su “Carta séptima”, Platón menciona que, después de que en su juventud había pretendido encargarse de los asuntos comunes —políticos—; después de ver cómo llevaron a juicio a Sócrates; después de pensar sobre esos hechos y darse cuenta de que las leyes y las costumbres se habían corrompido en su momento y, al observar hacia qué dirección se dirigía el gobierno, terminó por sentir vértigo. Más allá de las disputas filológicas que despierta este documento, más allá, desde luego, de la conversación erudita, traigo a cuenta esta carta porque ha trazado ya una ruta de pensamiento en la reflexión política actual. Porque, además, ante este vértigo, Platón propuso como consecuencia una reflexión —en toda su vivencia corporal— sobre la política, que puede seguirse desde “La República”, “El filósofo”, “El político” y “Las leyes”. Simone Weil dice, en “La espera de Dios”, que “el ‘malheur’ [la aflicción política] es inseparable del sufrimiento físico”; por ello, la reflexión filosófica no está lejos del dolor físico, es una reacción límite que llega hasta lo corporal, se inmiscuye en ese ser que somos encarnado para pensar la realidad. En ese sentido, la reflexión que propongo inicia con el vértigo, con esa reacción íntima de no quedar impávidos ante el derrumbe que tenemos frente a nosotros. Sentir vértigo o aflicción es profundamente humano; eso nos recuerda lo que somos y que, ante el sometimiento que se ejerce sobre nosotros, reaccionamos con todo el cuerpo, que es de piel y pensamiento.

El siglo XXI ha manifestado un estruendo de la política. Un estruendo que no quiere decir que haya encontrado la solución a los grandes males del mundo; sino, al contrario, vamos, en este primer cuarto del siglo, atenazados por las grandes narrativas de una violencia impresionante, por una crecida de los conflictos bélicos que nos hacen pensar que todos los esfuerzos del siglo XX por cercar a los gobiernos e ir en busca de la paz fueron solamente discursos. Al ver cómo la política se ha convertido en un teatro de los acontecimientos, para usar esa lúcida frase de Jaime García Terrés, en un escenario en el cual se construyen discursos, se construyen estrategias y ninguna está enfocada a alimentar espiritualmente al ser humano ni a dejar sentadas las bases de ese otro mundo posible.

Bajo los estertores del neoliberalismo que aún asecha —la privatización total de nuestras vidas—, bajo el trepidante tecnofeudalismo —la concentración de poder económico, social y político en grandes plataformas tecnológicas— que se vislumbran, la existencia humana se rebela una y otra vez, y se niega a edificar su existencia sobre el bloque de una libertad que, únicamente, se puede dar mediante el mercado (¡Viva la libertad, carajo!, dirá Milei). No se trata de política a secas, sino de una política existencial que se hace frente a la hidra capitalista como la llaman los zapatistas y piensa, crea y busca alternativas y se conmueve.   

La situación social, cultural y política actual nos produce vértigo. ¿Y qué puede haber más político que el vértigo que Platón experimentó? Es un vértigo que, en el siglo XXI, nos empuja a repensar la política desde sus raíces y a recuperar los ecos que puedan orientarnos en un tiempo construido sobre la mentira, la tragedia y el despojo. Vuelvo a Platón. En Las leyes, el ateniense piensa una política orientada hacia la virtud. No se trata de leyes que únicamente conduzcan o castiguen, sino de leyes que formen y alimenten moralmente a quienes viven bajo ellas. Las leyes son consecuencia de una moral y de una forma de vida encaminada hacia las virtudes, hoy más urgentes que nunca ante la salvaje pornografía existencial que habitamos. Platón es claro, ni la fuerza militar ni la riqueza bastan para constituir un gobierno capaz de hacernos mejores seres humanos, pues ambas atraen la ambición. De lo que se trata es de construir una política de la virtud, no una política reducida a la administración de la fuerza y de la riqueza. Cuando Platón habla de libertad, la concibe tejida entre la democracia y las leyes. Una libertad sin ley conduce al caos neoliberal que hemos vivido; una libertad sometida, en cambio, conduce a la servidumbre. Nuestro aquí y ahora parece enseñarnos que, en la política contemporánea, nada puede ser virtuoso. Vemos genocidios legalizados, una violencia cuidadosamente racionalizada y guerras sostenidas por las necesidades económicas de la hegemonía militar e industrial. Ante ello, ¿cómo creer todavía en lo político?  El neoliberalismo, sin embargo, nos volvió enemigos de toda regulación que no fuera la del mercado. Allí aparece otra cabeza de esa hidra.

En este siglo, atravesado por una modernidad secular aplastante, la moralidad se ha reducido a ritos vacíos y ha quedado condenada a explicaciones especializadas, cada vez más alejadas de la realidad. El ser humano necesita reconducir su vida política hacia formas en las que el dominio de sí permita orientar la existencia colectiva hacia el bien común: una finalidad antigua, pero urgente para nuestro presente. En este sentido, las leyes deben orientarse hacia la virtud, no hacia el castigo como fin en sí mismo. Para Platón, las leyes acompañan moralmente a los seres humanos. Sin embargo, hemos dejado de concebir la política como ese acompañamiento moral y la percibimos como un vecino incómodo, corrupto y mentiroso. Así, hemos perdido nuestro nexo con ella.  El siglo XXI ha mostrado que muchos gobiernos apelan a las pasiones, la furia y la mentira. Los recientes discursos de Donald Trump ante la ONU producen vértigo precisamente porque parecen conducirnos hacia un callejón sin salida, donde la verdad se manipula, se acomoda y se enuncia desde la mirada de un poder que se asemeja cada vez más a Saturno devorando a su hijo.

Al contrario, debemos asumir el vértigo político de Platón para acompañarnos mutuamente y cuidar la comunidad de la que formamos parte. Esta comunidad no se agota en el barrio ni en la región: somos parte de una comunidad humana ante el panorama político del siglo XXI. Como dice Hannah Arendt en ¿Qué es la política?, “la política trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos”.   El vértigo de Platón debe impulsarnos a repensar la política a la luz de orientaciones que nos permitan salir de los márgenes a los que nos ha conducido su farandulización. Recuperar una reflexión profunda sobre sus límites y su sentido puede ayudarnos a recomponer aquello que, a simple vista, permanece oculto.

Porque, como apunta Platón, antes de conocer las leyes y el ámbito de la acción política es necesario comprender el sentido de aquello que organiza nuestra vida común. Si desconocemos ese sentido, difícilmente podremos asumir como propias leyes y procedimientos que nos resultan ajenos o carentes de significado. 

El vértigo de Platón nos impulsa, entonces, a reflexionar sobre las leyes y sobre lo político, para descubrir su hondura, interiorizarla y volverla conciencia en la vida cotidiana. Algo semejante ocurre en una anécdota atribuida a Buenaventura Durruti, el anarquista español. Durante la Guerra Civil Española le reprochaban que los centinelas anarquistas abandonaran sus puestos y le pedían que los reprendiera o los obligara a permanecer. Durruti respondía que, si no habían comprendido e interiorizado la necesidad de mantenerse allí, ninguna orden podría sostenerlos: serían los primeros en huir cuando comenzara la batalla.

Es precisamente ahí donde el vértigo de Platón nos mueve. Si no hemos interiorizado la urgencia de repensar lo político y de adentrarnos en sus aguas, difícilmente podremos sostener, con conciencia y responsabilidad, la comunidad que compartimos. Hemos comprobado cómo la política ya no guarda con nosotros la relación que tuvo en el pasado. No hablo, sin embargo, de una política mejor a la que los seres humanos pudieran asirse, ni presento el pasado como un referente ideal. Más bien, es en algunas de aquellas ideas —como las de Platón— donde podemos situarnos para pensar la política desde el aquí y el ahora.

Pero esto exige despojarnos de la ideología de mercado que convirtió las luchas anticapitalistas en una arqueología de ideas irrealizables. Como señalan Luciana Cadahia y René Ramírez Gallegos, la antigua frontera entre fascismo y antifascismo fue desplazada por una narrativa liberal que opone un “mundo libre”, presentado como apolítico, desideologizado y eficaz, a un fascismo caracterizado como politizado, ideologizado y arcaico. Así, ya no se confrontan dos proyectos políticos, sino una opción sospechosa por ser política y otra asociada con un imaginario procedimental, pragmático y de eficacia económica, aparentemente libre de conflictos ideológicos. 

De este modo, los discursos mediáticos han trasladado la discusión al terreno de lo ficticio y lo absurdo; basta recordar cuando Elon Musk llamó a Hitler “socialista de extrema izquierda”. El pensamiento del vértigo aparece entonces como sospechoso, arcaico, imposible y excesivamente politizado; también, habría que añadir, como una forma de pensamiento ficcionalizada. Sin embargo, los discursos y los crímenes de la extrema derecha neoliberal en este siglo nos obligan a buscar con urgencia modos de pensar lo político y de repensar nuestras formas de vida.

Nos toca asumir ese vértigo, conmovernos ante lo que sucede, reaccionar y encaminarnos hacia un horizonte de mayor conciencia. El Estado no ha acompañado moralmente a quienes lo integran; se ha mantenido al margen de ese camino espiritual que debimos recorrer. Ante una política de farándula debemos oponer una política del vértigo: una política que reaccione ante lo que sucede, pero que también nos convoque, como dice Platón, a discernir lo justo tanto en los asuntos públicos como en los privados. Mientras no lo hagamos, la inercia nos conducirá al callejón de una servidumbre total, hacia el cual pretenden arrastrarnos los poderes hegemónicos y triangulares.

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