Irresponsabilidad criminal

Letras Desnudas

Mario Caballero

Irresponsabilidad criminal

Sólo cuando experimentamos en carne propia los retos de la vida, la empatía hacia otro que lo vive, surge. Dicho de otro modo: no hacemos caso de la advertencia sino hasta que nos pasa. Como aquel niño al que su madre le dice que no toque la plancha caliente o al que le aconsejan ponerle una tapa al pozo. La lección se aprende hasta que se da el quemón o se ahoga el niño.

Pero lo ocurrido el sábado reciente en Chiapa de Corzo va mucho más allá de un quemón de manos. A pesar de que desde diciembre del año pasado los organizadores de la Fiesta Grande ya habían anunciado la cancelación de las festividades debido a la pandemia, un numeroso grupo de Parachicos salió sin permiso a bailar a las calles y sin ninguna medida de protección sanitaria para llevar la imagen de San Sebastián Mártir al domicilio donde será su nuevo recinto durante todo el año. Eso no puede calificarse de otra manera que de irresponsabilidad criminal.

A cada cosa, su nombre. Fue una enorme irresponsabilidad porque los involucrados no acataron las recomendaciones de las autoridades y no hicieron caso a las advertencias de que el virus puede ser mortal en muchos casos. Y es criminal porque cada uno de los Parachicos, y demás personas que los acompañaron, puso en riesgo la vida propia, la de su familia y la de muchas más personas inocentes y quizá hasta ajenas a esa tradición.

¿Acaso ninguno entre todos los participantes fue consciente de sus acciones?

Ojalá no, pero con que uno hubiera estado infectado ese día y ese hubiera tenido contacto con unas veinte personas, pues hoy habrá 21 contagios más en el estado y la pandemia se seguirá alargando. Y si muere alguno de estos nuevos casos, ¿quién se hará responsable?

Lo mismo puede decirse de las fiestas celebradas en Zinacantán, que también fueron por motivos religiosos. En los actos devocionales, en los bailes masivos, en los conciertos, en las presentaciones de comediantes y en las demás ceremonias no hubo sana distancia y nadie se preocupó por usar mascarillas. Incluso, convocaron a Batman, al que en su lengua llaman Mol tzotz, y los que se arremolinaron alrededor del personaje no tenían cubrebocas. ¿O no creen en el virus o están tentando a la muerte?

Lo antes dicho no debe malinterpretarse. No es estar en contra de las tradiciones, que merecen todo respeto pues son parte de nuestra historia y algunas nos otorgan identidad como pueblo ante la mirada del mundo. Como la Fiesta Grande de Chiapa de Corzo, por ejemplo, que es reconocida no sólo en Chiapas, ni en México, sino a nivel internacional.

Sin embargo, qué es más importante ahora, ¿celebrar a un santo patrono o cuidar la vida nuestros hijos, de nuestra pareja o de nuestros padres y abuelos?

Hoy, todos somos responsables de la vida de todos.

Hace unos días, leí de la muerte de una pareja de ancianos que al saber de lo terrible de la enfermedad se encerraron a piedra y lodo en su casa durante todo el tiempo que llevamos de pandemia. No recibían visitas de nadie, ni siquiera de sus hijos, quienes sólo se limitaban a dejarles la despensa en la puerta de la entrada. La tecnología fue una bendición para ellos, que tuvieron contacto con sus hijos y nietos a través de video llamadas.

Pero el maldito virus entró en su casa. Tal vez en la correspondencia, en los empaques de comida o no sé cómo. El caso es que los dos estaban sanos y lo único que tenían en contra era su avanzada edad. Él fue el primero en presentar los síntomas, y murió ocho días después. Su esposa, cuatro días más tarde.

Una de mis compañeras de la preparatoria decía que el coronavirus era un invento del gobierno. Por lo mismo, nunca usó cubrebocas, ni gel antibacterial y la sana distancia le parecía una tarugada. Murió en agosto del año pasado. De Covid-19. Por no creer, dejó a su hijo huérfano, que apenas está en la adolescencia. Asimismo, por su irresponsabilidad, su madre que vivía con ella, enfermó y murió. Su hermana y su esposo también se contagiaron, pero la libraron por los pelos. De quién fue la culpa, ¿del gobierno o de ella?

Llegado a este punto resulta muy necesario preguntarse: ¿cuál es mi responsabilidad como ciudadano?

Tradicionalmente hemos ligado el concepto de responsabilidad con las consecuencias negativas de un acto. “Me hago responsable de los daños”, decimos. Pero ante la crisis sanitaria que vivimos, la responsabilidad no está en sólo tener un sistema de salud que pueda atender a todos los afectados, también está bajo nuestra responsabilidad, individual y social, de actuar de forma prudente para cuidarnos y cuidar a los demás.

En una epidemia, el gobierno debe informar de manera simple, oportuna y veraz a la población sobre los riesgos a los que está expuesta. Asimismo, establecer las medidas para evitar la propagación de los contagios, la saturación de los hospitales y, claro está, la muerte de las personas.

A todos nos consta que el mensaje de las autoridades estatales ha sido insistente al decir que guardemos la sana distancia, usemos el cubrebocas, hagamos lavado constante de manos, evitemos el contacto físico y salgamos sólo en caso de ser necesario. Inclusive, en el momento que Chiapas pasó al color verde del Semáforo Covid, los mensajes se intensificaron aún más y advertían todos los días que entrar al regreso escalonado en la nueva normalidad no implicaba que la pandemia se hubiera acabado. Debíamos cuidarnos más. Pero hubo muchos oídos sordos.

Francisco Aguilar Sepúlveda, médico el ISSSTE, señaló que los picos más altos de la pandemia se dieron precisamente después de las fechas festivas. El primer repunte se registró 15 días después del Día de la Madre, dijo. Situación que vino a confirmarnos que los síntomas de la enfermedad se presentan en la mayoría de los casos hasta 14 días ulteriores al contagio. Otras fechas fueron el “Buen Fin”, navidad y Año Nuevo.

¿De qué sirvieron entonces las advertencias de las autoridades si durante las ocho semanas completas que estuvimos en semáforo verde muchos se desentendieron de la pandemia para salir de compras, a las plazas comerciales, a los mercados públicos, a las fiestas, a los antros?

En el posible caso de que enfermaran, ¿con qué cara van a reclamar por atención médica si fueron ellos mismos los que provocaron que volviéramos al semáforo amarillo?

¿QUÉ TAL UNA SANCIÓN?

Es entendible que los médicos, enfermeras, camilleros, quienes por salvar a otros se mantienen alejados de sus familias, corriendo el riesgo de contraer el virus y hasta de morir, estén no sólo decepcionados sino molestos por la irresponsabilidad de la gente. Como los Parachicos, que aun con toda su religiosidad y tradición, ven la tempestad y no se hincan.

No sería mala idea que las autoridades, privilegiando la salud de los ciudadanos, impongan sanciones estrictas por acciones como las antes mencionadas que son criminales a todas luces.

¿Qué es eso de festejar a un santo y poner en riesgo la vida de las personas? Ahora mismo, un delito. No es sólo incongruencia, ignorancia e insensatez, sino una amenaza a la salud pública. Jamás un acto de fe debería estar por encima del bienestar de toda la sociedad. ¡Chao!

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