
Escuelas
La escuela, el mejor invento
Dr. Gilberto de los Santos Cruz
La naturaleza de la escuela actual. Las prácticas y el tipo de escuela que hoy conocemos es sólo una entre muchas otras formas posibles. Si bien pareciera que la escuela fue tal como lo es en la actualidad, el análisis histórico nos demuestra que existieron diversos modelos hasta llegar al presente, que aceptamos como natural y que creemos como el único posible. Pero es importante estudiar los modos de institucionalización de la educación en el pasado, porque cada sociedad y cada proceso social se apoyan en sus antecesores, sea para negarlos, para afirmarlos o para resignificarlos. La intención es describir distintos modos de institucionalización de la educación que diferentes sociedades se han dado a sí mismas en variadas épocas y lugares para demostrar que las formas educativas que tenemos no son las únicas y que, por tanto, pueden modificarse. ¿Alguna vez nos hemos preguntado por qué los alumnos se sientan en bancos que miran al frente, mientras el maestro habla de pie?, o ¿por qué las aulas son todas iguales?, ¿por qué existen los horarios, las materias y hasta los recreos?, Estos y otros tantos interrogantes encuentran su respuesta en prácticas educativas que comenzaron a desarrollarse en otros tiempos. En ocasiones, pensamos que hay cosas que, definitivamente, no pueden cambiarse. A pesar de desearlo en forma intensa, resulta muy difícil concebir estrategias para modificar esas cosas. Muchas veces, esto sucede porque ellas nos parecen naturales. Entonces, la posibilidad del cambio se presenta como impensable: «… si la Escuela existió siempre y en todas partes, no sólo está justificado que siga existiendo, sino que su universalidad y eternidad la hacen tan natural como la vida misma…». Para revertir esta suposición, antes que nada, es preciso realizar el ejercicio de considerar que la escuela no es un fenómeno natural, sino que constituye un fenómeno histórico y social: no siempre hubo escuela, y menos aún, como hoy la conocemos. Sin embargo, como hemos visto, el fenómeno educativo siempre existió. Sin educación, en sus diferentes formas (familia, medios de comunicación, escuela, etc.), no es posible la producción y reproducción social. Pero ¿cómo sucedió que la educación haya asumido la forma escolar?, ¿cómo ocurrió la transformación por la cual las sociedades sin escuela pasaron a ser sociedades con los complejos sistemas educativos actuales? El rastreo que haremos nos permitirá identificar continuidades y rupturas a lo largo de los siglos. Indagaremos el origen y los procesos de constitución de las prácticas pedagógicas con el propósito de interpretar cómo han sido algunos de los diversos modelos que dieron lugar a lo que actualmente llamamos escuela. Considerar el carácter de construcción histórica de la escuela es saber que su naturaleza no es eterna, sino contingente. La escuela de hoy es un fenómeno de la Modernidad, y saberlo nos habilita a repensar las formas que asume la educación. De allí, podemos discutirlas para construir posibles y necesarias nuevas formas de educación. Para ello, es necesario»… restituir esta sensación de extrañeza, de artificialidad, para lectores que hemos crecido en sociedades donde la presencia de escuelas no sólo es lo más natural del mundo, sino que su ausencia es vista como una falta, defecto o desatención» La desnaturalización de las prácticas educativas Con diferentes nombres, formatos y costumbres de uso, estos modelos y prácticas escolares son comunes a todos nosotros; aunque La mayoría de las personas vive sus prácticas cotidianas como si fueran de carácter natural. No obstante, incluso las acciones de carácter biológico, como el hecho de alimentarse, han sido impregnadas por prácticas culturales: cuando comemos, nos sentamos en una silla ante una mesa, ponemos los cubiertos a los costados del plato y los sostenemos de una cierta forma; pero en otras culturas, se sientan en el suelo y toman la comida con las manos. Estas, y otras muchas prácticas que experimentamos como naturales, son de carácter social, es decir, las hemos aprendido en nuestra participación e interacción en la vida social. De hecho, cuando viajamos y conocemos una sociedad diferente de la nuestra, nos cuesta adaptarnos a sus características. Acciones tan simples como detener algún transporte público, dejar una propina o saludar por la calle deben ser aprendidas nuevamente según los modos propios de cada sociedad. Este choque evidencia que aun las rutinas más comunes son frutos de una determinada construcción cultural. Esto mismo sucede con una gran parte de las formas y prácticas educativas que conocemos. En las escuelas, encontramos: -Un edificio con ciertas características, al que identificamos como escuela. -Salones contiguos y diferenciados denominados aulas. -Patios cubiertos y descubiertos, gimnasios, salones de usos múltiples, salas de profesores, bibliotecas. -Un mástil, un timbre o una campana, una portera, -Cuadernos de clase, carpetas, pupitres, pizarrones, escritorios. -Copias; dictados; expresiones, «saquen una hoja»; corrección con lápiz rojo. -Planificaciones anuales, carpetas didácticas, planes de unidad y de clase, diseños, prediseños y protodiseños curriculares. -Libros de lectura, manuales del alumno, cuadernos de comunicaciones. Con diferentes nombres, formatos y costumbres de uso, estos modelos y prácticas escolares son comunes a todos nosotros; aunque en otros tiempos y lugares, existieron otros modelos y prácticas diferentes, y alejadas de las que hoy conocemos. Como señala Aníbal Ponce: ?En las comunidades primitivas, la enseñanza era para la vida por medio de la vida: para aprender a manejar el arco, el niño cazaba; para aprender a guiar una piragua, navegaba. Progresivamente, el hombre dejó de ir al encuentro de su comida y empezó a generarla él mismo: ocurrió el paso del nomadismo al sedentarismo. Este cambio permitió su independencia respecto de lo que la naturaleza le ofrecía; el trabajo, entendido como una transformación de la naturaleza, era concebido como la forma de reproducción. Este pasaje de una economía recolectora a una producción tuvo importantes consecuencias para la vida social. Por un lado, permitió al hombre afincarse en un lugar donde vivir, dejar de perseguir el alimento. Por otro lado, supuso incorporar nuevas herramientas para el proceso de trabajo y fabricar los primeros utensilios. Las actividades productivas incluyeron nuevas herramientas en el proceso de trabajo (la azuela, la azada y la hoz). Su elaboración era compleja, pues se trataba de instrumentos cuyo diseño debía hacerse en función de imaginar su utilización posterior, su puesta en uso y su inserción en la producción social. Entonces, fue necesario transmitir nuevos saberes a las nuevas generaciones, nuevos saberes que se agregaban a los que estaban ligados a la caza, la pesca y la recolección. Ahora, los niños debían adiestrarse en el funcionamiento de las herramientas. Más adelante, la capacidad de trabajo de las sociedades permitió producir un excedente –es decir, una cantidad de alimento que rebasa la necesidad urgente-, y algunas aldeas devinieron en ciudades. El excedente sirvió para mantener alimentada a la parte de la población urbana que, eximida de dedicarse a las tareas de subsistencia, gozaba del tiempo libre suficiente para dedicarse a otros menesteres, más lejanos que las carencias inmediatas. Así, el mundo vio nacer a los artesanos especializados, los sacerdotes, los comerciantes y los escribas. Al respecto, James Bowen menciona como ejemplo a las culturas mesopotámicas de entre 2000 y 500 años a. de C: «Los sacerdotes menores y el personal del templo, además de cumplir sus deberes de tipo religioso, atendían a las numerosas funciones sociales y económicas del templo; entre ellos, se hallaban los escribas y los maestros»









