El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
En el contexto posrevolucionario, el antropólogo Manuel Gamio trazó ideas que pretendían sumar a los pueblos indígenas con todos los sectores de la sociedad; su visión promovió la construcción de una gran cultura nacional que lograría la ansiada modernización del país.
Gamio escribió sobre la fusión de razas y manifestaciones culturales, la unificación lingüística y el equilibrio económico; pero en su devenir histórico el integracionismo fue señalado por enaltecer una visión dominante de la cultura que no reconoció los derechos políticos y culturales de los indígenas.
Pese a sus imaginarios de modernidad y justicia, esta política de Estado fue contraria a la autodeterminación de los pueblos; diversos movimientos rechazaron su enfoque paternalista, defendieron su autonomía y lucharon por el reconocimiento de sus derechos y formas de organización.
La riqueza cultural que plasmó Guillermo Bonfil Batalla en México Profundo, fue invisibilizada y marginada; el sentido de unificación promovido por el integracionismo soslayó la diversidad lingüística, cultural, bioética y cognitiva de los pueblos originarios.
Los medios pusieron su granito de arena al folklorizar y romantizar las condiciones socioculturales y económicas de las comunidades y pueblos indígenas; la época de oro del cine mexicano se distinguió por “blanquearlos” y resignificarlos con matices mestizos.
En las telenovelas, los actores de tez morena tenían papeles de servidumbre; los programas de comedia posicionaron personajes como la “India María”, “Chano y Chon”, “Maclovio”, entre otros que convirtieron a los usos, costumbres, creencias y valores ancestrales en sinónimo de ignorancia.
Como contraparte, surgieron medios comunitarios que preservaron, revitalizaron y promovieron la riqueza lingüística, valores, costumbres e identidades; las radios comunitarias se constituyeron como promotoras de la participación ciudadana, autonomía, empoderamiento y educación.
El colonialismo no es algo del pasado y el integracionismo sigue vigente bajo el concepto de inclusión digital, una conectividad que, en apariencia, garantiza que todos los sectores compartan e intercambien conocimientos, puedan emprender, mejorar su productividad o fortalecer la justicia social.
Si en su momento Gamio exaltó la importancia de que los pueblos se integraran a una gran cultura, ahora se promueve la importancia de que los desfavorecidos tengan acceso a las tecnologías y servicios digitales; el integracionismo digital no solo implica el acceso a esas herramientas sino el consumo de ideas alienantes.
La ONU instituyó la conectividad como un derecho universal clave para el desarrollo de las sociedades; el objetivo de este organismo es alcanzar en el año 2030 la conectividad global para abatir la brecha digital y fortalecer acciones en pro de la equidad de género, revitalización de las lenguas originarias o el intercambio de saberes.
Hay que analizar si los pueblos indígenas tendrán las mismas condiciones de sectores que siempre han gozado de beneficios educativos, económicos, políticos o culturales. Es improbable que el sistema en su condición digital garantice los derechos fundamentales, la participación ciudadana o las condiciones de igualdad.
En apariencia, internet es un espacio plural lleno de ejercicios democráticos y autonómicos; en esa tesitura el ciberactivismo es promovido como una forma para que los indígenas enfrenten al capitalismo, al neoliberalismo, al tecnofeudalismo, al populismo digital o al pensamiento de derecha.
El sistema instituyó a los “indígenas virtuales” como símbolos del activismo digital, pero en la práctica, esta postura integracionista sigue excluyendo a este sector y lo controla a través del streaming, las redes sociodigitales, la educación on line o la etnografía digital, con el fin de debilitar los movimientos alternativos.
El cara a cara fue sustituido por trincheras virtuales donde se defiende desde la comodidad del hogar al medio ambiente o la autonomía de los territorios. El 5G, el big data o las inteligencias artificiales garantizan, en teoría, mayores condiciones económicas o educativas, pero su prevalencia es un reflejo colonialista que folkloriza a los pueblos originarios.
Así, promover el valor de los conocimientos tradicionales o revitalizar las lenguas pueden quedar en una dimensión limitada, ya que el mundo algorítmico tiene la capacidad de debilitar a los procesos de reivindicación cultural, a la revaloración de sus formas de organización y al ejercicio de los derechos colectivos.
Que las y los jóvenes indígenas tengan teléfonos móviles, tabletas o accedan a aplicaciones no es sinónimo de participación, sino de consumismo, porque lo que se está privilegiando es la parte tecnológica alienante y no la ontológica. Hay que analizar a fondo si esa inclusión no es más que una manifestación alienante que impide la autodeterminación en todos los ámbitos.
Es urgente construir resistencias que redunden en un uso critico de la internet y que traspasen un sentido integracionista que nunca despareció del mapa, solo cambió de forma.










