Mario Caballero
Roberto Albores Gleason deambula sin brújula. No sabe qué hacer para recuperar su carrera política. Está dando bandazos sin sentido y, lo que es peor, dando pena ajena.
Hasta donde se sabe, busca que algún partido lo haga candidato al Senado de la República, puesto que hace algunos años desempeñó sin pena ni gloria.
¿Pero por qué deberían los partidos políticos impulsar sus aspiraciones? ¿Qué puede ofrecer el ex candidato al Gobierno de Chiapas, que no sea dinero, para que lo postulen? Mejor todavía, ¿quién tendría el valor de respaldarlo pese a su enorme desprestigio?
¿QUIÉN ES ALBORES?
La pregunta es retórica. No busca averiguar que es hijo del exgobernador Roberto Albores Guillén, que es del PRI, que tiene en su trayectoria política algunos cargos en la administración pública y que fue dirigente estatal de ese instituto político hace algunos años. Lo que pretende es cuestionar quién es Gleason para ser merecedor de respaldo político y de una nueva oportunidad para representar los intereses de la ciudadanía.
A la verdad, Gleason no es nadie para merecer este tipo de distinciones. Vaya, ni siquiera es un personaje que inspire respeto y digno de confianza. Su único activo es ser hijo de un exgobernador.
Albores Jr. nació, creció y se regodea en la opulencia. No digo que tener una posición económica privilegiada sea malo. El asunto es que esta situación ha influido en él para tener una visión equivocada de la realidad de nuestro estado.
Durante sus distintas responsabilidades públicas nunca aprovechó su condición para acercar a la gente nuevas oportunidades a una mejor calidad de vida, mejores empleos, mejores servicios públicos. No fomentó la participación ciudadana, la pluralidad, el debate de las ideas, la equidad. No inspiró proyectos para la inclusión de los jóvenes en la política.
Todo lo contrario, abusó de su posición social, económica y política para mirar a todo mundo por encima del hombro, para sentirse superior a los demás, para entender la política como el medio para el rápido enriquecimiento, para adoptar posturas arrogantes, prepotentes y ejercer el poder en beneficio propio.
Por eso se ha rehusado a colaborar, participar y abanderar las más sentidas causas sociales. Nunca ha tenido un acercamiento con la gente de a pie. Nunca ha pisado una comunidad donde su lujosa camioneta no pueda entrar.
Es un político catrín al que no le ha interesado el bienestar de la gente pobre, sino codearse con las élites políticas y empresariales, ser un bon vivant que gusta de beber champán, comer caviar y asistir a las fiestas donde se reparten canapés de anchoas y viandas exóticas.
¿QUIÉN LO NECESITA?
Nadie.
Los chiapanecos nunca hemos ganado nada con políticos que no son capaces de ensuciarse los zapatos en las calles polvorientas de alguna comunidad rural. A Albores Gleason le da repelús abrazar a un humilde campesino. Salvo en su campaña al Gobierno del Estado nunca ha saludado de mano desinteresadamente a un artesano, a un obrero, a una ama de casa.
Alardea de ser servidor público, pero nunca ha abandonado la comodidad de su oficina, con clima, café caliente, un flamante escritorio de madera, secretaria, asistente personal y un séquito de servidores.
Por tanto, ¿pudimos esperar buenos resultados de su gestión en sus diferentes encomiendas? Obviamente no.
Cuando fue secretario de Fomento Económico (2006-2007) y secretario de Turismo y Proyectos Estratégicos (2007-2008) en el gobierno estatal, no se le conoció ninguna iniciativa o proyecto que potencializara la economía local, atrajera la inversión privada en Chiapas, generara incentivos para la creación de nuevas empresas, mejores empleos o que fomentara el turismo en aras de beneficiar a la enorme población que vive de este importante sector.
Y ante su viva incompetencia, se dijo que estuvo implicado en diversos casos de corrupción. No olvidemos que esos cargos los desempeñó durante el gobierno de Juan Sabines Guerrero, que dejó una deuda para el estado que alcanzó los 40 mil millones de pesos y del que varios funcionarios terminaron millonarios.
Cabe mencionar que esos puestos los obtuvo no por méritos personales, sino por influencias de su padre, quien abiertamente apoyó la candidatura de Juan Sabines Guerrero al Gobierno del Estado a través de la organización Fuerza Democrática, que creó ex profeso y para el que convocó a priistas de todo el estado a participar a favor del hoy cónsul.
Fue en ese entonces que Albores Guillén elaboró un proyecto de gobierno que llamó Plan de Desarrollo Estatal y que Sabines firmó ante notario público en señal de compromiso de que en caso de llegar al gobierno le daría un puesto de alto nivel al hijo del exgobernador. Fue así que Albores Gleason fue nombrado secretario de Fomento Económico.
Siendo senador de la República, Albores Jr. votó en contra de la Ley 3de3, que serviría de base legal para el combate a la corrupción de los servidores públicos. En lugar de votar a favor de la transparencia, decidió no revelar sus bienes, sus propiedades, sus empresas y el origen de su riqueza. Y con ello desoyó a los más de 630 mil firmantes de la sociedad mexicana que impulsaron esta iniciativa.
Como dirigente estatal del PRI fue acusado de actos anticipados de campaña y de utilizar recursos federales para ello, vulnerando así el principio de equidad para el proceso electoral de 2018.
No es todo. También se le acusó de ocupar dos cargos partidistas, uno a nivel nacional y otro a nivel local, sacando ventaja personal por encima de los intereses del partido y los militantes.
Por si fuera poco, sacó provecho personal de los dos millones de pesos mensuales que el PRI recibía de prerrogativas.
Aun con todo ello, perdió la contienda electoral y destruyó al partido, que a su llegada a la dirigencia estatal gobernaba 59 ayuntamientos y quedó con 24 tras su salida.
ANDA PERDIDO
Pero decíamos que Roberto Albores Gleason anda perdido. Pues un día se reúne con un grupo de priistas, otro día desayuna con morenistas y otro día toma café con los verdecologistas. Aunque de ninguno de ellos ha obtenido la promesa de una candidatura al Senado.
Peor todavía, ante sus onanismos mentales dice que buscará impulsar un proyecto ciudadano, irse por la libre. Y lo está planeando con sus amigos de siempre, sí, los mismos que lo llevaron a la derrota en 2018. Entre ellos el impresentable Alfredo Araujo, quien ha sido muchas veces señalado de corrupción, tráfico de influencias y desvío de recursos públicos.
Que Gleason quiera llevar a cabo este proyecto, es reflejo de su inmadurez política y demuestra que no aprendió de su dolorosa y humillante derrota de hace cuatro años.
Los partidos le harían un mal a los chiapanecos si le conceden una candidatura al “Cachorro”. Estarían respaldando a un personaje al que no le interesa el bienestar de la gente, que sólo ha ocupado los cargos públicos en beneficio propio y cuya deslealtad política es inmensa.
Recordemos que en su anterior campaña dijo “Ni me asusto ni me rajo”, pero se asustó y se rajó. Al quedar en un lejano tercer lugar en las elecciones, se fue de Chiapas y dejó tirados a todos los que lo apoyaron: el PRI, la militancia, su equipo de campaña y sobre todo a los electores que votaron por él.
@_MarioCaballero










