Letras Desnudas
Mario Caballero
Mientras todos estábamos preparando los festejos de año nuevo, Hugo se encerró en el garaje de su casa, se puso una cuerda de rafia alrededor del cuello y se colgó de una viga. Era el 30 de diciembre de 2018.
Quienes lo conocimos podemos dar fe de que Hugo era un buen hombre. Tenía un talento singular para la música. Su padre, que tocaba en un trío, le enseñó a tocar la guitarra. Hugo fue mucho más allá y logró dominar el bajo, el contrabajo, el bajo sexto, el teclado, el acordeón y la batería. Sólo a la tarola le sacaba más de veinte tonos. A pesar de ello, nunca ambicionó la fama. Aunque las ofertas de trabajo de grupos importantes nunca le faltaron.
Vivía en una colonia ubicada al sur oriente de la ciudad. En la misma casa que lo vio crecer durante casi cuarenta años. Vivía con su madre y tres de sus hermanos, todos mayores de edad y trabajadores. Los otros, los más grandes, ya habían formado sus propias familias y construido su propio hogar.
Su trabajo de músico le daba a ganar lo suficiente para independizarse, pero nunca se vio viviendo en otra casa donde no estuviera su mamá, como muchas veces les contó a sus amigos. Por eso, el cuarto que él mismo había construido en la segunda planta estaba completamente amueblado. Tenía refrigerador, estufa con campana, televisor, cama king size, comedor, closet, juguetero y muchos instrumentos musicales. “Cuando llegue la indicada, no le hará falta nada”, decía. Porque sí, era soltero. Novias no le faltaron, pero la “indicada” jamás llegó.
Hugo era acomedido. Cuando no estaba ensayando o trabajando, se la pasaba ayudando en cualquier cosa a sus amigos y compadres, que los tenía a puños. Pero había una familia por la que tenía un aprecio especial, y era bien correspondido. Con ellos pasaba tardes y noches enteras cantando, platicando, compartiendo una copa o simplemente viendo una película.
La noche que decidió ponerle fin a su vida estuvo con esta familia precisamente, que vivía a escasos cien metros de su casa. “Mañana regreso temprano a ayudarte a preparar la botana”, le dijo a su comadre. Una hora después corría la noticia de su muerte.
Se despidió de sus compadres y se fue a su casa. Era alrededor de la diez de la noche. Tuvo que aventarle piedritas a la ventana del cuarto de su hermano Edgar para que le abriera la puerta, ya que se le había olvidado sacar las llaves. Le abrieron. “Otra vez borracho, Hugo. ¡Qué bárbaro! ¡Ya párale, carnal!”, le dijo Edgar, con buen tono. Ciertamente, Hugo tenía problemas con la bebida. No al extremo de quedar tirado en las calles, pero lo suficiente para preocupar a sus seres queridos.
Apenado, le dio las gracias a su hermano y fue al baño de la planta baja a cepillarse los dientes. “Esa era su rutina”, contó Edgar. Luego se dirigió a la cocina, donde se sirvió agua. Cuenta su hermano que charlaron por unos diez minutos y después él se subió a su cuarto a dormir. Hugo se quedó sentado en la mesa del comedor. Al poco tiempo, un grito fuerte, de espanto, los despertó a todos, incluso a varios vecinos. Eran los gritos de su hermana Doris.
Ella era la única en la casa que tenía automóvil. Al llegar de su trabajo, abrió el portón de la cochera y se topó con esa terrible imagen que la perseguirá hasta el final de su vida.
Corrió a levantar a Hugo de los pies, empujándolo hacia arriba. Él todavía se movía, pero su rostro ya estaba morado. Sus brazos colgaban en los costados. A los pocos segundos llegó Edgar. Pidieron ayuda con los vecinos y con la fuerza de tres lograron descolgarlo. Durante varios minutos le realizaron maniobras de resucitación, pero nada. Después llegaron los paramédicos, sólo para confirmar que ya no presentaba signos vitales.
Días después, sus familiares les contaron a sus amigos que Hugo había dejado una carta, en la que les pedía perdón a todos por lo que había hecho, especialmente a su madre, a quien le decía que la amaba como a nadie más en la vida. Su última petición fue que cuidaran a sus sobrinos, a los que quería como si fueran sus propios hijos.
¿POR QUÉ?
¿Qué lleva a una persona a quitarse la vida? Un estudio cuenta que el suicidio está íntimamente relacionado con enfermedades psiquiátricas: más del 90% de los suicidas presentan un trastorno de ese tipo. Los más comunes son depresión (64%), alcoholismo (15%), esquizofrenia (3%) y ansiedad (3%).
Muchos consideran que suicidarse es una cobardía. Otros no. Lo real es que cada cuarenta segundos una persona pone fin a su existencia en el mundo, según datos de la Asociación Internacional de Prevención del Suicidio. Es decir, más de un millón y medio de vidas perdidas al año.
Sin embargo, esto es sólo una parte del problema, ya que por cada suicidio consumado más de 25 personas lo han intentado y muchos más han tenido intenciones de hacerlo. Se estima que por cada suicidio cerca de 135 personas sufren las repercusiones emocionales de la muerte, que representa la pérdida de un amigo, un padre, un hijo, un hermano. Así, cerca de 108 millones de personas son afectados anualmente por los comportamientos suicidas.
Muchos chiapanecos han cruzado por la “puerta falsa”, creyendo quizá que es la salida (salida errónea, por supuesto) a sus problemas físicos, sentimentales, morales o económicos. En el caso de Hugo nunca se supo cuál fue el motivo que lo condujo a tomar esa decisión. Muchos sospechan que la tomó bajo la influencia del alcohol. Sus familiares lo atribuyen a la pena que lo embargaba por la pérdida de su padre, quien fue su mejor amigo.
La cifra de suicidios en Chiapas ha aumentado de forma preocupante en los últimos años. Según los últimos reportes del Inegi, en 2020 se registraron 203 casos; en 2021, 245; 2022, 265 y en 2023, 243. Aunque para este último año hubo una ligera reducción, Chiapas se coloca en el lugar número 13 en suicidios, estando detrás de entidades como Estado de México, Jalisco, Chihuahua, Guanajuato y Puebla, que encabezan la lista.
¡AYUDÉMONOS!
Si bien la ciencia ha tratado de responder la incógnita de por qué la gente se suicida, no podemos dejar de aceptar que nos hemos desobligado de supervisar a nuestros niños, a nuestros jóvenes, de platicar con ellos, de ser sus padres, sus amigos, sus maestros.
¿Qué hubiera pasado si a los que tomaron la decisión equivocada alguien les hubiera prestado un poco de atención?
El hubiera no existe. Empero, todos deberíamos hacer algo como sociedad. Sobre todo, sabiendo que el suicidio es la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 y 24 años de edad y la quinta en niños de 10 a 14 años.
Los psiquiatras son los profesionales de la medicina más adecuados para ayudar a la gente que presenta ese problema. Pero la más grande ayuda creo que está en los que amamos, en los que nos rodean, con los que convivimos. Está también en nosotros mismos. Elevando la autoestima, aceptándonos como somos, agradeciendo a Dios por lo que tenemos y hasta por lo que no tenemos.
Ayudémonos a vivir con alegría, con intensidad, fomentando la tolerancia y el respeto. Y aprendamos a convertir nuestros miedos en buenas experiencias; nuestras debilidades en fortalezas; nuestras frustraciones en oportunidades de vida.
Creo que haciendo esto podremos evitar que haya más espacios vacíos en la mesa.










