Puntos Fiscales
José Luis León Robles
Durante décadas, México trató la escasez de agua como un problema del futuro. Hoy ese futuro nos alcanzó. Presas con niveles históricamente bajos, sequías prolongadas, acuíferos sobreexplotados, fugas en las redes de distribución y conflictos entre estados y sectores productivos evidencian que el país enfrenta una de las mayores crisis hídricas de su historia. El agua dejó de ser únicamente un recurso natural para convertirse en un asunto de seguridad nacional, salud pública y desarrollo económico. Sin ella no hay agricultura, industria, generación de energía ni crecimiento urbano sostenible. Tampoco existe bienestar social cuando millones de familias deben esperar durante días el suministro mediante pipas o almacenar agua en condiciones que ponen en riesgo su salud. Paradójicamente, México no es un país carente de recursos hídricos. El verdadero problema radica en su distribución desigual, la falta de infraestructura, la contaminación de ríos y lagos y, sobre todo, en una administración que durante años privilegió soluciones temporales sobre políticas públicas de largo plazo. Las cifras son contundentes. En numerosas ciudades, entre el 30 y el 40 por ciento del agua potable se pierde antes de llegar a los hogares debido a tuberías deterioradas y redes obsoletas. Es decir, mientras millones de personas padecen desabasto, una parte importante del recurso simplemente se desperdicia bajo tierra. A ello se suma el cambio climático. Las lluvias son cada vez más irregulares, las temperaturas aumentan y los fenómenos meteorológicos extremos se presentan con mayor frecuencia. Algunas regiones enfrentan sequías prolongadas, mientras otras padecen inundaciones devastadoras. Ambos escenarios tienen un mismo origen: la falta de una estrategia integral para administrar el agua. El campo mexicano también resiente las consecuencias. La agricultura consume cerca del 70 por ciento del agua disponible, pero buena parte de los sistemas de riego continúan utilizando tecnologías con bajos niveles de eficiencia. Modernizar el sector no solo incrementaría la productividad, sino que permitiría ahorrar millones de metros cúbicos cada año. La solución no consiste únicamente en construir nuevas presas o perforar más pozos. Es indispensable invertir en infraestructura hidráulica, reparar redes de distribución, ampliar las plantas de tratamiento, reutilizar aguas residuales, captar agua de lluvia y fortalecer la cultura del uso responsable del recurso. Cada litro recuperado representa una inversión en el futuro del país. Sin embargo, ninguna política pública será suficiente sin una ciudadanía comprometida. El cuidado del agua comienza en los hogares, en las escuelas, en las empresas y en las instituciones. Ahorrar agua ya no es una recomendación ambiental; es una responsabilidad colectiva. Los próximos años pondrán a prueba la capacidad de México para garantizar uno de los derechos humanos más importantes: el acceso al agua potable. La diferencia entre actuar hoy o continuar postergando decisiones marcará el futuro de millones de personas. Las grandes naciones no solo se distinguen por su crecimiento económico, sino por su capacidad para administrar responsablemente sus recursos estratégicos. En el siglo XXI, el agua será tan valiosa como el petróleo lo fue en el siglo pasado. La pregunta ya no es si enfrentaremos una crisis hídrica, sino si tendremos la voluntad política y social para superarla antes de que sea demasiado tarde. Espero este tema haya sido de tu total interés y si el creador nos lo permite nos estaremos leyendo la siguiente semana en esta su columna.










