Letras Desnudas
Mario Caballero
Algunos no estarán de acuerdo, incluso habrán varios que me tachen de exagerado, pero después del primer año de la presidenta Claudia Sheinbaum es claro que en el gobierno y en Morena hay un clarísimo culto a Andrés Manuel López Obrador.
Entendamos que hay personas que se vuelven líderes de culto, organizaciones que se convierten en sectas y personas que se hacen seguidores. Es el caso de AMLO y Morena, que no importa que tantos yerros haya cometido el expresidente a lo largo de su mandato, sus fieles lo aman, defienden y al parecer venerarán hasta la muerte.
No exagero. La condición de Morena es semejante a la de una secta religiosa. Los estudiosos en el tema dicen que para que una asociación pueda llamarse culto necesita de tres elementos fundamentales: un líder a quien seguir, una doctrina o creencia que cumplir y fieles seguidores dispuestos a entregarlo todo con tal de que los objetivos sean alcanzados y el clan permanezca.
Los hay de todo tipo. Como el que fundó el autoproclamado “reverendo” James Warren Jones, que el 18 de noviembre de 1978 logró convencer a más de novecientos de sus seguidores para que cometieran un suicidio en masa en Guyana, en América del Sur.
También está la secta japonesa Aum Shinrikyo (Verdad Suprema, por su traducción) que a mediados de los noventa varios de sus líderes y miembros fueron condenados a muerte después de que cometieran decenas de asesinatos usando gas sarín y de que la policía encontrara armas químicas, laboratorios de metanfetamina, millones de dólares en efectivo y oro en la sede del culto ubicada en el Monte Fuji.
A finales de 1960, Charles Manson y sus seguidores cometieron una de las masacres más sanguinarias e infames en la historia de Estados Unidos. Bajo la creencia de una guerra de razas asesinaron a varias personas y escribieron en las paredes las letras de las canciones de los Beatles con la sangre de sus víctimas. En una entrevista le preguntaron a Manson quién era. Haciendo cara de loco, contestó: “Nadie. No soy nadie. Soy una trampa, un holgazán, un vagabundo. Soy un furgón, un malabarista de vino y una navaja afilada. Si te me acercas…”.
EL LÍDER
Bueno, no es difícil encontrar los tres elementos en el movimiento fundado por López Obrador. Él es el líder, el famoso proyecto de la Cuarta Transformación es la doctrina y los morenistas son los seguidores.
Repito: muchos no estarán de acuerdo conmigo. Empero, apelo a su inteligencia para razonar que hay un halo de divinidad en torno a la figura de Andrés Manuel. Como si estuviera cubierto por una capa de teflón, no hay crítica que valga contra sus persona, sus errores son ignorados y todas las falencias que ha cometido a lo largo de su vida política y durante su administración ni siquiera lo despeinan.
Tras un año de haber dejado la Presidencia muchos creen que es el hombre que jala los hilos del poder en el país. Y lo creen hasta en otras latitudes. Tal como lo han referido algunos políticos estadunidenses y españoles.
De tal forma, haya hecho lo que haya hecho su imagen, su gobierno y su proyecto están envueltos en infalibilidad. Dentro de su partido nadie lo enfrenta, nadie lo cuestiona y sigue contando con el respeto y respaldo de sus seguidores. Así es un líder de culto.
Y esa condición no es de ahora.
¿Recuerda usted cuando en la campaña de 2018 mencionó lo de la amnistía para los políticos corruptos? ¿Qué pasó? En lugar de que sus simpatizantes se indignaran, lo aplaudieron.
Decenas de periodistas y analistas políticos llenaron miles de páginas en los diarios y revistas para tratar de convencernos de que la proposición del líder de Morena era una desfachatez y traicionaba la columna vertebral del proyecto de la 4T: el combate a la corrupción y la impunidad. Sin embargo, por la conexión emocional con sus seguidores y por lograr capitalizar el enojo del pueblo, su figura como salvador de la patria quedó intacta. Irónico.
Desde entonces no importó para sus fieles fanáticos de qué tamaño fue el error de sus políticas públicas, ni sus posturas sobre temas específicos para México, como el de la inseguridad, la violencia, el crimen organizado, la economía, la justicia, la ley y el Derecho. Todo se lo perdonaron.
Hoy en día, sobran los morenistas que aseguran todavía que su decisión de no combatir a los cárteles con la fuerza del Estado fue admirable. Aunque la cifra de homicidios dolosos en su administración superó por mucho el registrado en el periodo de Calderón y Peña Nieto, lo defienden.
Un proverbio anónimo dice que un verdadero líder es aquel que conoce las necesidades de sus seguidores. López Obrador conoció y llevó al extremo la necesidad que había en los mexicanos de creer en alguien, no en algo. Y ese alguien fue él y sigue siendo él.
CEGUERA FIEL
No lo recrimino, pero trato de entender que es tal la ceguera de quienes lo siguen e idolatran que no se han dado cuenta que Andrés Manuel nunca tuvo una posición sólida sobre el papel de las Fuerzas Armadas, la profesionalización de las Policías, la despenalización de las drogas, la guerra contra el narcotráfico, etcétera.
En los seis años que dirigió el país, un día asumía una postura sobre cualquier tema, pero al siguiente la modificaba. Su volubilidad e incongruencia de pensamiento fueron otros elementos que para sus seguidores tampoco importó o simplemente no quisieron ver.
SU FUERTE
Otra cosa. Aceptémoslo, lo fuerte de Andrés Manuel no fueron las políticas públicas. Nunca mostró tener la menor idea de cómo remodelar o mejorar las instituciones públicas, o el sistema de justicia, o el sector salud o la educación. Se dedicó a repartir dinero y a destruir, desaparecer o secuestrar los organismos que le estorbaban o no satisfacían sus caprichos.
Lo suyo, lo suyo fue la narrativa de complots, abusos de poder, fraudes electorales, mafias del poder y cómo reemplazarlas. También lo fue sacar ganancias electorales del descontento social, de la falta de confianza en la justicia, en los políticos y en los partidos, del anhelo de cambio entre aquellos que estaban hartos de quienes no cumplieron sus promesas, pero que sí cometieron atropellos, entre ellos a los que él mismo bautizó como “prianistas”.
Lo suyo fue dividir al país entre buenos y malos, honestos y corruptos, morenistas y neoliberales. Lo suyo fue demostrar que él acabaría con la impunidad, la corrupción, la injusticia y que transformaría la vida pública de México, lo cual no pasó en realidad. Ojalá así hubiera sido.
ES CLARO
Lo peor del asunto es que para quienes aún lo alaban, él y su movimiento son lo mejor que le ha pasado a México, así existan evidencias de los moches, la corrupción de sus militantes y el enriquecimiento desmedido de los personajes que lo rodearon en su gobierno.
No hay manera de ocultar lo evidente. López Obrador es un líder de culto al que sus seguidores veneran, honran y aplauden a pesar del desastre que heredó y que mucho le está costando enfrentar a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien muchas veces lo ha llamado “el mejor presidente de México”.










