América Latina: el objetivo de la ofensiva neocolonial de Trump

América Latina: el objetivo de la ofensiva neocolonial de Trump

I PARTE

Ana Carvalhaes Luis Bonilla-Molina

El país latinoamericano y caribeño más amenazado militarmente en este momento es Venezuela, aunque ninguna nación de la región este exenta de esta potencial amenaza a su soberanía territorial.

En sus primeros nueve meses, la administración Trump ha desplazado buques e infraestructura militar al Caribe, bombardeado balseros acusados de narcotraficantes en la región, emitido arancel de 50% sobre productos de Brasil – porque no acepta el juicio democrático a Bolsonaro y demás golpistas –, además de mantener presión brutal sobre el gobierno de México para que este reduzca a fuerza los flujos migratorios de latinoamericanos en la frontera y combatas sus proprios carteles del narcotráfico.

Estos son solo algunos elementos de una tormenta que va mucho más allá de la personalidad estridente e inestable del primer mandatario estadounidense neofascista. El alevoso asesinato televisado de balseros es una violación a todas las convenciones, estatutos y protocolos internacionales sobre el sometimiento, captura y enjuiciamiento a criminales. (Nadie ha comprobado que los balseros asesinados por misiles norteamericanos no fueran simples pescadores, porque nunca se les dio derecho a la defensa). Los ataques son la más grande evidencia de que el imperialismo estadounidense bajo Trump impone un giro radical al trato dispensado a la macro región a que sigue considerando su quintal. En el marco del cambio sustantivo en las relaciones de poder global heredadas de la Segunda Guerra Mundial, a las que el autoritario Trump intenta sustituir por la regla “en el planeta mandan los EE. UU.”, América Latina no podría pasar incólume. ¿Pero por qué México, Brasil y Venezuela son los blancos más inmediatos? Aunque importante, es insuficiente la constatación de que los gobiernos de los tres, a los ojos de los falcones neofascistas capitaneados por Trump, son “de izquierda”. En la gramática trumpista, entiéndase eso como gobiernos del otro lado de su espectro político-ideológico – o que no son defensores directos y sumisos de los intereses del capital yanque –, no importando las sensibles diferencias entre ellos.

Tan lejos de Dios, tan cerca de Trump

Las presiones sobre el gobierno de México son casi auto explicativas, teniendo en cuenta su larga frontera común con Estados Unidos, la dependencia económica (más del 80% de las exportaciones mexicanas van al vecino del Norte), además de la fuerza y violencia de los carteles mexicanos de drogas. La retórica agresiva y chantajista contra México empezó en los primeros días de Trump en La Casa Blanca, para imponer a la presidenta Claudia Sheinbaum la supuesta obligación de contener las multitudes de latinoamericanos que históricamente intentaron ingresar a EE.UU. por el Rio Grande – bajo la amenaza de aranceles del 25%.

La mandataria contestó con el envío de una tropa de 10 mil efectivos a la frontera. La presión se amplió – con la permanente amenaza de ingreso directo de tropas yanques a México, explicitada por el secretario de Estado, Marco Rubio – para que el gobierno vecino tomara medidas más duras en contra los poderosos carteles domésticos, considerados ahora “terroristas” por el Tío Sam. En el que va de su mandato, Sheinbaum ya deportó a Estados Unidos 26 personas acusadas de pertenecer al alto eslabón del tráfico, logró hacer arrestar más de 30 mil sospechosos de formar parte de las organizaciones criminales (en contra poco más de 12 mil prisiones en los seis años de su antecesor) y ahora em septiembre firmó un acuerdo con los estadunidenses para represión al tráfico transfronterizo de armas, del EE.UU. en dirección a México.

Todavía no satisfecha, la administración Trump amenaza también con aranceles más altos si México no deja de importar de China, lo que hace fundamentalmente para complementar su producción de automotores en gran medida exportados hacia el gigante norteño. Los yanques todavía no descartaron tampoco sus planes de campaña de gravar fuertemente las remesas de dólares de ciudadanos mexicanos a su país – actualmente alrededor de 60 000 millones de dólares, casi el 4 % del PIB de México; y de eventualmente lanzar mano de bombardeos por drones a laboratorios de drogas em territorio mexicano. Estas y otras cartas de Trump son armas fundamentales en la práctica de chantaje y amenaza.

Hasta ahora Sheinbaum logró impedir la intervención directa sobre su país, aunque a un costo político alto. Según reportó el New York Times, la gente alrededor de la presidenta, que estaría exasperada con la situación, se queja de que, por más que hagan concesiones, no logran calmarse porque Estados Unidos parece no tener límites en las exigencias. Claudia y sus compañeros de Morena parecen, por su parte, haberse olvidado (o nunca haberse dado cuenta) que así son los imperialismos y muchísimo más el imperialismo agresivo neocolonialista de su “parcero” Donald.

Brasil, una agresión que le sale por la culata

Frente a Brasil, el ataque de Trump se ha caracterizado por una injerencia directa en asuntos de la política y justicia internas del país sudamericano. Los aranceles de 50% (los más altos hasta ahora, junto con los impuestos a India) sobre las exportaciones brasileras a EE.UU. no tienen ninguna justificativa económica, aún bajo la lógica proteccionista enloquecida de los falcones del MAGA. La balanza comercial entre los dos países es deficitaria para Brasil y el mercado estadunidense necesita fuertemente de insumos básicos made in Brazil como café, naranja y acero semi acabado.

La explicación de Trump y Rubio para los aranceles fue explícita: el descontento con el juicio (y ahora condenación) de su amigo Jair Bolsonaro y muchos de sus ex auxiliares por intento de golpe el 2022-2023 – lo que los yanques clasifican como “caza a las brujas”. Como ha sido una medida política (seguida de sanciones personales a jueces del Supremo Tribunal y familiares, cuyas visas al país de Norte fueron canceladas), rápidamente el contencioso supuestamente comercial se ha vuelto en Brasil motivo de un gran enfrentamiento del gobierno y sectores democráticos, en contra de la extrema derecha.

La familia Bolsonaro y sus apoyadores se agarraron del ataque imperialista para reivindicarlo, salir a la calle y exigir amnistía a los golpistas, mientras mantenía a un hijo del expresidente en EE. UU, gestionando por más ataques. Para lograr su objetivo, se han valido de una alianza parlamentaria con la derecha tradicional oligárquica y corporativista, para hacer votar la amnistía con urgencia al mismo tiempo que votaban un cambio de la Constitución (propuesta de enmienda constitucional, o PEC) para impedir juicios e investigaciones de cualquier tipo a parlamentares y presidentes de partidos.

Calcularon mal, subestimaron a la opinión de las mayorías. La dupla maniobra insufló movilizaciones. El domingo 21 de septiembre cientos de miles de brasileños salieron a las calles y plazas a protestar contra la “PEC del Blindaje” (o PEC del Banditismo, como le apodó la sabiduría popular) y contra la amnistía.

El cambio constitucional fue enterrado y, con él, la propuesta de amnistía. De hecho, el embate contra el tarifazo, la postura de apertura a negociación, pero siempre afirmando que la democracia es innegociable, ya había rendido a Lula y su gobierno un alza en apoyo popular. Si es exagerado afirmar que el sentimiento netamente antiimperialista ha logrado mayoría, es verdad que el rechazo a la injerencia yanque y un sentimiento de soberanía han sido fundamentales para la victoria alcanzada por la movilización.

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