Ana Laura Romero Basurto
En 1886, el escritor escocés Robert Louis Stevenson publicó una de las obras más inquietantes y reveladoras sobre la condición humana: “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.”
En apariencia, se trata de una historia gótica de ciencia ficción sobre un científico que, mediante una poción, logra separar su lado bueno de su lado maligno. Sin embargo, su trasfondo filosófico es mucho más profundo: es una exploración sobre la dualidad moral del ser humano, sobre esa tensión perpetua entre la luz y la sombra que habitan dentro de cada uno de nosotros.
El doctor Henry Jekyll, hombre honorable, culto y respetado, siente una creciente incomodidad con las restricciones sociales que lo obligan a mantener una conducta intachable. En el fondo, ansía liberar sus impulsos reprimidos. Movido por esa inquietud, desarrolla un experimento que le permite transformarse en Edward Hyde, su otro yo: un ser instintivo, cruel, sin freno ni conciencia.
Durante un tiempo, Jekyll cree haber encontrado el equilibrio perfecto entre la apariencia y el deseo; entre el deber social y la libertad interior. Pero pronto descubre que Hyde gana fuerza, que se apodera de su voluntad y que ya no necesita la pócima para manifestarse. Así, la criatura termina devorando a su creador.
Stevenson nos entrega una metáfora estremecedora: el mal no es un enemigo exterior, sino una parte íntima de nosotros mismos. Cuando intentamos esconderla o justificarla, se fortalece; cuando la enfrentamos con conciencia y disciplina, pierde poder.
En el terreno de lo público, esta enseñanza es invaluable.
Cada servidor o servidora enfrenta —aunque no lo diga— su propio experimento moral cotidiano: decisiones que prueban su rectitud, silencios que miden su valor, tentaciones que ponen a prueba su lealtad al bien común.
El “Hyde” interior puede presentarse como un favor, una omisión, una ventaja personal, una voz que susurra: “nadie lo sabrá.”
El “Jekyll” ético, en cambio, se expresa en la coherencia, en la prudencia, en la elección constante de lo correcto, aunque no sea lo más conveniente.
La integridad no consiste en carecer de sombra, sino en dominarla.
El servicio público exige esa vigilancia interior permanente: saber que el poder, como la ciencia de Jekyll, puede ser instrumento de bien o de destrucción, dependiendo de la intención que lo guíe. Por eso, el servidor público íntegro no teme ser observado; se examina a sí mismo cada día, porque entiende que la transparencia no es solo un valor administrativo, sino una forma de respeto hacia la sociedad y hacia su propia conciencia.
Marco Aurelio, emperador y filósofo estoico, escribió:
“El hombre noble se avergüenza más de sus errores que de sus infortunios.”
Esa vergüenza moral —ese pudor interior ante lo incorrecto— es el límite que separa al Jekyll virtuoso del Hyde que destruye.
Quien sirve al pueblo debe recordar que cada decisión, cada firma y cada silencio, reflejan su alma y su carácter.
El caso de Jekyll y Hyde, más de un siglo después, sigue siendo una advertencia: quien no gobierna sus impulsos, termina siendo gobernado por ellos.
Y en la función pública, donde el poder es un espejo amplificador del alma, ese descuido puede tener consecuencias que van mucho más allá de uno mismo.
Que la conciencia sea siempre la brújula del servicio, y que el bien, aunque cueste, prevalezca sobre la sombra.
Solo así, en cada acto de gobierno, el Jekyll de la ética vencerá al Hyde de la ambición.










