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El fin de la historia de la ivermectina en COVID

Gerardo Gamba

Cuando se propone que un suceso va a ocurrir, basado en la superstición o en las creencias, si no ocurre, generalmente quien lo propone se olvida de eso. No hace un registro de todas las veces que no ha ocurrido. A la menor provocación, lo vuelve a proponer, hasta que algún día sucede y entonces, utiliza ese dato puntual para fortalecer su propuesta. Cuando mi abuelo tenía 92 años, un familiar mío que cree que puede ver el futuro, predijo su muerte decenas de veces, hasta que un día ocurrió, cuando el abuelo casi llega a los 97. En contraste, la ciencia busca siempre hacer predicciones basada en conocimiento generado en forma ordenada y siguiendo un método establecido.

Para explicar la diferencia entre la creencia y la ciencia, Ruy Pérez Tamayo lo decía de esta forma. Ante la aseveración que dice “de noche todos los gatos son pardos”, quien basa su vida en las creencias, lo que hace es reafirmarla con cada gato pardo que vea, mientras que un científico, lo único que requiere es encontrar un gato negro para refutarla.

Esto lo hemos vivido en varias ocasiones durante el COVID, con diversos medicamentos o acciones preventivas, que fueron propuestas en base a suposiciones empíricas, como el uso de azitromicina, hidroxicloroquina, ivermectina, cloro, tapetes sanitizantes y roseadores. La semana pasada se publicó en el New England Journal of Medicine lo que probablemente es el final de la historia de la ivermectina en COVID. Lo traigo a este espacio con el ánimo de que los lectores comprueben como es que la ciencia se ocupa de las preguntas y termina por hacer los estudios que permiten concluir y tomar acciones con base en datos claros.

Investigadores de Brasil, Canadá, Estados Unidos y Australia se dieron a la tarea de hacer un ensayo clínico controlado para comparar la evolución de pacientes con COVID que tuvieran al menos un factor de riesgo para desarrollar COVID grave, cuando fueran tratados con ivermectina (400 μg por Kg por día por 3 días), en comparación con los que fueron tratados con un placebo idéntico, en un ensayo en el que ni el investigador, ni el paciente, sabe a que grupo pertenece cada enfermo, sino hasta que se ha hecho el análisis de los resultados y se tiene una conclusión, en este caso de si el tratamiento A fue igual o diferente del B, para prevenir casos de COVID grave. El objetivo primario del estudio fue determinar si en los siguientes 28 días de la aleatorización de cada enfermo ocurría una hospitalización o una visita a urgencias por COVID grave (NEJM, DOI: 10.1056/NEJMoa2115869).

Se incluyeron en el estudio 679 pacientes en el grupo de ivermectina y 679 en el grupo placebo. La edad, sexo, raza, índice de masa corporal, tiempo de inicio de síntomas y presencia de factores de riesgo fue similar en ambos grupos. Desarrollaron COVID grave 100 enfermos del grupo ivermectina (14.7 %) y 111 del grupo placebo (16.3 %), lo que dio un riesgo relativo de COVID grave de 0.9, que no fue significativo. En los objetivos secundarios tampoco hubo diferencia entre los grupos en el tiempo para aliviarse o para que la prueba de COVID se hiciera negativa, en el tiempo de hospitalización o ventilación mecánica, en la mortalidad, ni el tiempo del inicio de la enfermedad a la muerte.

En conclusión, la ivermectina no sirve para prevenir el COVID grave o para curarlo más rápido. La ciencia no se olvida de los problemas. Los estudia y los resuelve.

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