El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Las nuevas tecnologías han transformado la vida cotidiana de millones de personas y han incidido notablemente en la subjetividad, siendo ésta -quizá- una de las últimas fronteras de la condición humana. La prevalencia de medios, plataformas y redes sociodigitales trajo consigo nuevas interrogantes sobre la parte ontológica ante la algoritmización de casi todas las manifestaciones humanas.
Las instancias religiosas tienen nuevos escenarios para propagar sus escrituras sagradas o sus posicionamientos ante ciertos temas; la mayor parte de éstas genera y difunde contenidos en Tik Tok, Facebook, X, Instagram, YouTube o WhatsApp; estas redes ampliaron su presencia y las maneras de interrelacionarse con sus feligreses mediante recursos que hasta principios de este siglo sonaban imposibles.
En el 2025 WhatsApp superó los tres mil millones de usuarios activos a nivel mundial, y esto ayuda al crecimiento de las religiones mediante la propagación de textos, audios, videos y fotografías que sirven tanto para posicionar las imágenes de sus líderes y asegurar un alcance global. La prevalencia de los algoritmos provoca que los mensajes emitidos tengan mayor penetración y una retroalimentación que sirve para construir más contenidos.
Así mismo, YouTube es una plataforma que permite a las organizaciones religiosas difundir sus mensajes a mayor escala, construir comunidades virtuales, posicionar a sus líderes y misioneros, así como diversificar los contenidos para diferentes públicos; ahí hay una amplia gama de videos con documentales de figuras religiosas del pasado o que abordan hechos relevantes de actualidad.
El uso de las nuevas tecnologías también genera nuevas formas de competitividad entre las instancias religiosas, no solamente se trata de evangelizar, llevar la palabra divina o analizar ciertos temas de corte apocalíptico; también está de por medio la credibilidad, el prestigio y la monetización, esta última fruto del número de reproducciones de cada producción.
Psicopolíticamente hablando, el consumo de esos contenidos otorga poder a cada una de las religiones, pero por encima de éste se encuentra la omnipresencia del desarrollo científico tecnológico; es paradójico que el sistema digitalizante prevalezca sobre el ontológico, ya que existe una imposición normativa en el uso religioso de estos medios.
En este sentido, a medida que el desarrollo tecnológico permitió versiones móviles de páginas web, surgieron las primeras aplicaciones con contenido religioso entre ellas diversas versiones digitales de la Biblia acompañada de recursos de oración; se estima que este sistema alcance para fines de este año los 673 mil millones de dólares en ingresos a nivel mundial. En este marco, las donaciones realizadas a través de dispositivos móviles aumentaron en más de 200 por ciento, lo que demuestra el acelerado desarrollo del diezmo digital.
El acceso a las tiendas de aplicaciones religiosas se incrementó notablemente y el sistema algorítmico se vale de esto para analizar cómo interactúan las personas en las redes sociodigitales, qué tipo de búsquedas se hacen la internet, o qué productos religiosos se compran en línea. La fe fue transformada en un producto que responde a un sistema homogéneo de creencias; el tránsito de lo presencial a lo digital consolidó nuevas formas de relación entre los creyentes y las instituciones religiosas.
Desde el año 2012, el Vaticano lanzó sus aplicaciones oficiales para iPhone y Android; otras religiones no perdieron el paso con la presentación de recursos que facilitan rezar, ver noticias religiosas, escuchar música o profundizar en la fe reflexionando sobre diversos temas. La experiencia religiosa íntima y directa fue sustraída y se le hizo acompañar de toda índole de recursos tecnológicos.
La tecnoreligión ha dado a las creencias no solamente un valor de uso, también impone un valor de cambio al influir significativamente en las transformaciones sociales, los valores culturales y, por supuesto, el comportamiento económico; sin importar de qué religión estemos hablando, el mundo digital actúa como un catalizador para generar transformaciones o resistencias.
Otro interrogante sobre la prevalencia de la tecnología en el mundo religioso es el de las libertades individuales, el anonimato y la cada vez mayor dependencia de los ciudadanos hacia el uso de las nuevas tecnologías con este tipo de contenidos. El empuje tecnológico propicia las condiciones para que los algoritmos tengan información de primera mano de los creyentes; los metadatos almacenan información privada de cada persona valiéndose del análisis de sus comportamientos en esos medios y plataformas.
La mezcla de elementos religiosos con la tecnología podría reducir al humanismo; el poder tecnológico otorgaría a las religiones la facultad de ponerse de nuevo en el centro de la discusión filosófica, una especie de teocentrismo digitalizado que afectará las relaciones sociales y afectivas de millones de personas. En lo que llevamos de este siglo solamente los Amish y Testigos de Jehová se han mostrado recelosos con el supuesto fortalecimiento de la fe a través de la tecnología.
Es pertinente repensar cómo se transforman las subjetividades y qué papel tiene la fe para imponer cierto tipo de tendencias mediante la gama tecnológica; el teocentrismo digital va ganando terreno y podría traer consigo la consolidación de nuevos fundamentalismos en las redes sociodigitales.










