El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Las palabras construyen mundos. Al nombrar, muchas veces no sólo referimos, sino que constituimos actos, identidad, cultura y cosmovisión. Ese es su rasgo performativo. Chiapas es un estado diverso cuya característica más significativa es la presencia de lenguas que funcionan como el ritmo profundo de nuestra cultura e identidad. Estas lenguas cargan de sentido los mundos que convergen en el territorio; cada palabra forma, nombra y sostiene realidades que pueden proyectarse hacia otros horizontes.
En Chiapas, las palabras se comprenden como actos que hacen vibrar el tejido comunitario. Al decir un saludo reafirmamos una relación. No se trata únicamente de un gesto formular, sino de un lazo que crea comunidad y la fortalece. En rezos y llamados agrícolas, la palabra convoca la fuerza de la tierra, solicita permiso para intervenir en el territorio y establece vínculos con el entorno natural.
De igual forma, la palabra en nuestra región actúa como vehículo de historias donde “la palabra dada” posee un peso mayor que cualquier documento escrito. Chiapas es profundamente gregario. Nuestra identidad descansa en el narrar. Aquí convergen historia oral, escritura, elementos míticos y razonamientos lógicos. Desde narraciones fundacionales hasta explicaciones científicas, Chiapas usa la palabra para contarse a sí misma, recrear su mundo y fijar posiciones ante la realidad.
Por ello, necesitamos hacer uso de las múltiples experiencias del lenguaje que configuran nuestro estar-siendo comunitario. Podríamos plantear ya una filosofía del lenguaje que dé cuenta de los lazos culturales que generamos. Pensemos, por ejemplo, en el compadrazgo que nace sólo al nombrarse. La palabra “compadre” no refiere, necesariamente, a un acuerdo legal o ritual, sino a un lazo de familiaridad que convierte la presencia ajena en cercanía. Las lenguas de Chiapas, más allá de sus diferencias internas, comparten un rasgo profundo: son altamente performativas. En tseltal, por ejemplo, el perdón o el agradecimiento ritual se cumplen en el momento de pronunciarlos; del mismo modo, cuando alguien nos nombra “compadre”, el simple acto de decirlo nos inserta en esa relación.
Sin embargo, existen otros aspectos fundamentales, vinculados con la vida comunitaria, que constituyen una propuesta cultural en sí mismos. Recuperemos una idea de Hannah Arendt: la palabra como aparición ante los otros. En asambleas comunitarias, hablar es existir en lo común. Nuestra cultura busca la reunión, la cercanía, el contacto. Por ello, prevalece la costumbre de juntarnos para tomar acuerdos: familia, barrio, comunidad, asamblea. En todos estos espacios, la lengua se vuelve presencia colectiva. “Pedir la palabra” en reuniones de ejido o barrio expresa ese modo de ser. Usamos la palabra como una forma de “afuera”, hacia el vínculo compartido, hacia lo que somos juntos. Aquí cobra fuerza lo que Carlos Lenkersdorf describió como “el nosotros”. Categoría que condensa una visión comunitaria distante de la doble individualización heredada de la invasión castellana. Si asumimos el “nosotros” como acto performativo, rompemos la dicotomía yo/otro. La otredad (esa invención occidental que separó y clasificó) no es parte del nosotros profundo que habita Chiapas. Nuestro lenguaje funda y nombra comunidad.
Otra fuente de esta visión se halla en expresiones locales, cuentos, adivinanzas, rezos y modos de hablar. Cada región tiene formas propias, pero todas guardan un lazo con el horizonte lingüístico mayor que compartimos. Puede decirse que existe un “nosotros lingüístico” que atraviesa la diversidad chiapaneca.
Nuestra oralidad es compleja, ética y filosófica. Como dijo el profesor Jacobo Pimentel, nuestras narraciones contienen nuestra filosofía: un lenguaje lleno de sentido conceptual. Abundan cuentos de animales que enseñan astucia, prudencia o humildad. En cada rincón encontramos historias que hablan del cosmos, de la ética hacia la naturaleza y de fuerzas telúricas que nos mueven. Chiapas narra, explica y organiza el tiempo.
En este punto, la reflexión tojolabal sobre el tiempo nos abre un cauce decisivo. En “Los legítimos hombres”, editado por Mario Humberto Ruz, Otto Schumann describe la relación lingüística entre el chuj y el tojolabal: para estos pueblos, el pasado —por ser visible— está delante, mientras que el futuro —por no verse— queda detrás. En tojolabal, tza’ni equivale a “futuro” y significa literalmente “lo que queda atrás”. Esta concepción dialoga de manera potente con nuestra idea de palabra como performatividad. Si el pasado está enfrente es porque lo vemos, lo tocamos, lo narramos; es el terreno donde nuestras palabras operan. El futuro, en cambio, permanece atrás porque aún no puede nombrarse. El positivismo nos enseñó a pensar el futuro como predicción, pero en realidad es un árbol de posibilidades. El pasado —con sus ficciones, recreaciones e inventivas— es lo único visible. De ahí su fuerza. Su presencia cotidiana es la piel que nos cubre. Historia que da forma a nuestras decisiones y sostiene el trabajo de los días.
Por eso, la palabra como memoria, comunidad y dignidad es para Chiapas una de las formas más tangibles de futuro. Cada lengua originaria es un repositorio de pensamiento, ética, conocimiento y política. Y cuando alguien narra el origen de su barrio, realiza un acto de reconstrucción del mundo. Funda su ser y su ser colectivo, lo crea y recrea en el estar-siendo. Así, la palabra une generaciones: abuela-madre-hija-nieto. Une porque crea cercanía, guarda la memoria familiar y la sitúa dentro de un territorio lingüístico más amplio.
De esta manera, las palabras curan heridas sociales. Pedir perdón públicamente reconstruye el tejido. Occidente, lo sabemos, es reacio a pedir perdón. Sin embargo, en nuestras lenguas, el perdón tiene una fuerza que repara. Usar la palabra para pedir perdón es, simultáneamente, un acto político porque reconcilia y vivifica la comunidad. Por ello, la lengua es un refugio cultural. Quien habla una lengua de Chiapas conserva siglos de pensamiento, historia y memoria. La raíz mesoamericana de nuestras lenguas es legado vivo de una comunidad ancestral. Incluso el español que usamos es ya un refugio cultural: un español propio, diferenciado del castellano imperial, que comunica entre culturas y porta también la memoria de la resistencia.
En suma, defender las lenguas de Chiapas es defender la manera en que crean mundo. Se trata de “cuidar la palabra” como se cuida la milpa: con respeto, paciencia, siembra y escucha. Porque la palabra es casa: si se pierde, el pueblo queda sin lugar. En Chiapas, la palabra no es sólo comunicación, sino un bien común, una forma viva de decir “nosotros”. Hablar es conversar, ser con los otros, habitar la palabra para habitar el mundo. Cuidar la palabra es cuidar la vida comunitaria. Hablar con respeto, escuchar con atención, nombrar con responsabilidad. Las lenguas de Chiapas poseen una filosofía del lenguaje que nos ofrece un sentido compartido.











Un comentario
Saludos amigo Raúl