Letras Desnudas
Mario Caballero
Hoy, más que nunca, nadie puede poner en duda que México es muy diferente al de hace seis años. El mapa político del país es otro. El poder no sólo cambió de manos, sino también se revistió de otro color, el guinda. Los viejos partidos no son más que ecos de lo que una vez fueron y en lo que se convirtieron con el paso de los años: la mafia del poder.
Hablar de un cambio de gobierno no le hace justicia a lo que estamos viviendo en esta época, pues se trata del cambio de régimen más profundo que hayamos experimentado en varias décadas. La manera de hacer y entender la política es distinta. Las columnas sobre las que descansa nuestro gobierno republicano han sido zarandeadas. La vida pública del país se ha transformado.
Nada se parece a lo que habíamos vivido hasta el 30 de noviembre de 2018 y a los más de setenta años antes de eso.
Actualmente, millones de mexicanos que volvieron a creer en la política tras ochenta años de autoritarismo priista y panista, confían en su gobierno. No sólo eso, también lo respaldan. Votan de manera cuantiosa, firme y consciente por el partido que les devolvió la esperanza, que les prometió un mejor porvenir, que recogió el anhelo de todos para convertirlo en proyecto de nación.
En menos palabras, la gente está contenta.
AMLO
Este cambio en la vida pública del país, sin embargo, fue posible gracias a la visión, empeño y hasta a la terquedad de un solo hombre: Andrés Manuel López Obrador.
Es el político más extravagante y talentoso que México haya visto en mucho tiempo. Dos veces le robaron la Presidencia y tres veces logró levantarse. El poder de entonces le arrebataba una y otra vez la victoria que merecía, sobre todo en la elección de 2006. Medios de comunicación, mercados, empresas, encuestas y votos estaban en su contra. Llegaron al grado de calificarlo como “un peligro para México”.
Pero el uno de julio de 2018 arrasó con todos ellos. La votación a su favor no le dio un triunfo irrefutable, sino una gloria arrolladora. Ese año y ese día, como decía Cornelius Castoriadis: “todos respiraban el mismo aire y al mismo compás, todo soplaba en una dirección”. Ese aire y esa dirección es lo que ahora conocemos como cuarta transformación.
Muchas son las cosas a destacar en López Obrador. En primer lugar, su tenacidad. Ha tenido en la vida más derrotas que victorias. No obstante, nunca dejó de luchar, de creer en su causa y en sí mismo. Muchas veces sus oponentes lo dieron por muerto, pero hoy es el presidente más querido, respetado e incluso admirado.
En 2006 tenía todas las de ganar. Como jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal sus niveles de aprobación fueron los más altos registrados en dicha entidad, con un 85 por ciento.
No era para menos. Estableció un programa de pensiones para adultos mayores de 70 años, otro para madres solteras, otro para personas discapacitadas, otro para desempleados, otro para productores rurales, otro para microempresarios, otro para atención médica y medicamentos gratuitos para familias sin seguridad social y otro para útiles escolares para estudiantes.
También construyó 16 nuevas preparatorias en zonas marginadas del D.F. y fundó la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Llevó a cabo la construcción de un hospital de especialidades público después de casi 20 años de no abrirse uno público, dio mantenimiento a avenidas que estaban abandonadas desde hace 25años, construyó dos distribuidores viales, siete puentes y una avenida nueva. Su administración se distinguió, por otra parte, por la política de austeridad que acabó con los privilegios políticos y bajó el sueldo de los altos funcionarios, incluido él.
Por si fuera poco, la fundación londinense City Mayors lo calificó como el segundo mejor alcalde del mundo.
Con todo ello, sólo con guerra sucia, difamación y utilizando el aparato del gobierno era posible descarrilarlo en su camino a la Presidencia.
Vicente Fox, el más lenguaraz y absurdo de los presidentes en la historia contemporánea de México, le enderezó una guerra sucia, lo difamó y utilizó el gobierno para acabar con sus aspiraciones.
Lo criticó duramente por las medidas y programas que inspiró, calificándolo de populista. A lo que él respondió: “Es un truco de la derecha llamarle populismo o paternalismo a lo poco que se le da a los pobres”.
El 18 de mayo de 2004, con Fox detrás, la entonces Procuraduría General de la República le solicitó a la Cámara de Diputados iniciar un juicio de desafuero en su contra, argumentando que López Obrador, como jefe de Gobierno, había desacatado la orden judicial de detener los trabajos de construcción para ampliar las avenidas Vasco de Quiroga y Carlos Graef Fernández, que tenía el objetivo de facilitar el acceso al Hospital ABC y a la Unidad Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana.
El siete de abril de 2005, fue desaforado con los 360 votos del PRI y el PAN.
Todo esto, más otros elementos, desembocaron en su derrota en los comicios presidenciales de 2006, perdiendo por una pírrica diferencia de 0.56% de la votación total. Tras diversas acciones de protesta, exactamente un año después de la elección, el dos de julio de 2007, publicó su libro La Mafia nos robó la Presidencia, en el que documentaba el fraude cometido en su contra en esa elección.
En 2018, las circunstancias fueron distintas.
La figura de AMLO no era la del político que busca el poder por ambición, sino la del líder social que encarna las causas de la gente.
Trabajó duro para construirse a sí mismo esa imagen. Con su hablar, sus frases, su acento, sus modos de actuar frente a sus oponentes y sus críticas, demostró que era un político salido del pueblo y que defendería los derechos del pueblo. Los más de 30 millones que votaron por él sin duda se sintieron identificados.
Ahí donde nadie había querido antes señalar lo obvio, él tuvo el valor de denunciar la desigualdad, la pobreza, las necesidades y el hambre de la gente pobre; también los agravios, los abusos de poder, la impunidad y las complicidades que llevaron al país a un hoyo lleno de mugre, violencia, sangre y corrupción.
Por eso, su movimiento y proyecto político del que no hay ningún precedente en la memoria fue un terremoto.
Su ideal fue el renacimiento de México, una nueva transformación comparable con la Independencia, la Reforma y la Revolución. Y ese mismo ideal lo llevó a ser presidente de la República y lograr que su partido retuviera la Presidencia, ganara el gobierno en 24 entidades y la mayoría en ambas Cámaras.
El hijo predilecto de Macuspana hizo realidad su sueño, que es también el sueño de millones de mexicanos.
Termina su sexenio con el 61 por ciento de aprobación. Y el uno de octubre volverá satisfecho a la casa que heredó de sus padres, en Palenque, donde ha dicho que se dedicará a escribir y donde seguramente esperará el juicio de la historia.










