Letras Desnudas
Mario Caballero
Un amigo con el que suelo tener conversaciones muy interesantes sobre cine, televisión, tecnología y política, me hizo reflexionar sobre el porqué el proyecto de Eduardo Ramírez Aguilar a la gubernatura ha venido provocando una euforia entre los diversos sectores de la sociedad.
Tiene razón, primeramente, al calificar de euforia el ánimo social en torno a Eduardo Ramírez. La gente, o mejor dicho, las multitudes que se han aglutinado a su alrededor en cada uno de los eventos que el senador ha encabezado en el estado irradia optimismo, tanto que muchos no sólo lo ven como uno de los mejores aspirantes a la candidatura de la alianza de Morena, sino como el futuro sucesor en el Gobierno de Chiapas.
Doquiera que se presenta lo reciben con coros de “¡gobernador, gobernador!”, la asistencia en sus actos públicos se cuenta por miles y a las agrupaciones campesinas, obreras, sociales, empresariales y políticas les entusiasma la idea de entregarle la confianza para que sea él quien dirija el destino del estado el próximo sexenio.
Mi amigo dice que esta euforia se debe a que el comiteco tiene un gran reconocimiento entre los chiapanecos. Saben quién es, de dónde viene y qué es lo que ha logrado para Chiapas durante su larga trayectoria política. Además –comenta- es un personaje público con una enorme capacidad de convocatoria y movilización social. En lo que estoy de acuerdo. La apertura de sus oficinas de enlace legislativo, por ejemplo, que fueron multitudinarias, no deja ninguna duda.
Creo, sin embargo, que la euforia del llamado “jaguar negro” va mucho más allá de eso.
HOMBRE DE SU TIEMPO
Cualquiera que se ponga a revisar la carrera política de Eduardo Ramírez, podrá notar que es un hombre de su tiempo.
Como muy pocos, ha sabido entender que conforme han ido avanzando los años la forma de hacer política ha cambiado. Hoy ya no se hace política desde las grandes y cómodas oficinas de gobierno, sino en la calle, recorriendo los pueblos y sudando la gota gorda. Es decir, se hace política cerca de la gente. Lo que significa sentarse a platicar con las personas, escuchar sus necesidades y proponer posibles soluciones, sea cual sea el lugar donde se encuentren.
Desconozco si un joven Eduardo Ramírez soñó alguna vez ser gobernador del estado. Lo que sí se conoce es que cuando dio sus primeros pasos en la política, allá por 1994, durante el levantamiento zapatista, con la agrupación Juventudes por la Paz, demostró tener vocación por el servicio público.
En ese momento, con los pocos recursos que tenía a la mano, amén de su inteligencia, trató de poner un granito de arena junto con un grupo de jóvenes que buscaba participar en las tareas que coadyuvaran al restablecimiento de la paz en la región, así como recuperar el tejido social y facilitar que las personas que habían sido desplazadas bajo amenazas pudieran regresar a sus comunidades sin correr ningún riesgo.
Desde entonces, Eduardo Ramírez comprendió que si quería ayudar a la gente desde la política, tenía que bajarse del pedestal y caminar a ras de tierra. Mancharse los zapatos, pues.
Por eso las personas que ahora lo siguen y que respaldan su proyecto a la gubernatura, lo hacen en reconocimiento a su “don de gente”, es decir, al liderazgo, carisma, personalidad y confianza que les inspira. Como cuando siendo presidente municipal de Comitán, convocó al pueblo para diseñar el plan de gobierno, ordenando las finanzas públicas y realizando las obras más prioritarias y necesarias. Lo que le dio estabilidad y seguridad al municipio.
Inolvidable será también cuando estando de gira por el municipio de la Trinitaria (una de las localidades que hoy está convulsionada por la violencia criminal) durante su gestión como secretario general de gobierno, un anciano con sobrero de palma, huaraches de cuero y la piel curtida por los muchos años de trabajo en el campo, se le acercó y le dijo: “gracias, hijo, por acordarte de nosotros y por lo que viniste a hacer”. ¿Y qué fue a hacer? Estableció una mesa de diálogo que logró resolver la disputa entre varios grupos involucrados en un conflicto agrario.
Eduardo Ramírez ha sido un hombre de un diálogo permanente, que ha hecho del ejercicio de la palabra un encuentro con el otro, una forma de entender la política y de ejercer la democracia día a día. En los distintos espacios que ha ocupado siempre ha combatido los males del pasado de manera sistemática, buscado la decisión más justa y la acción que interprete mejor a la mayoría, es decir, esa verdad que logre la justicia por la que todos luchamos.
UN AUTÉNTICO MORENISTA
No obstante, ante la euforia que acompaña su proyecto político hay una intensa crítica por el hecho de que “Lalo” nació y creció en otros partidos políticos, pero ¿puede este argumento poner en duda su adhesión al movimiento del presidente Andrés Manuel López Obrador? Para nada.
Todo lo contrario, reafirma la convicción de que el diálogo civilizado se ha perdido en los partidos tradicionales, cuyas agendas de ayer no sirven para solucionar los problemas de hoy. Ha dicho no en pocas ocasiones que si ahora se encuentra en Morena es porque este instituto le ha devuelto la esperanza a los mexicanos de un verdadero cambio en la vida pública del país, dando un cauce real a los intereses de la sociedad y que invita a los actores políticos que lo integran a actuar con pasión y humildad y a trabajar por encontrar las respuestas más adecuadas a las exigencias del presente.
En su etapa como senador, verbigracia, ha pugnado por una mayor transparencia en el ejercicio de los recursos públicos, por una educación de calidad, por garantías elevadas de seguridad a las mujeres víctimas de violencia de género, por el respeto a los usos y costumbres de los pueblos indígenas, por establecer una agenda interinstitucional para el combate a la corrupción, por impulsar la actividad económica de la frontera sur mediante un esquema fiscal con menores tasas de impuestos, entre otras iniciativas.
Asimismo, ha respaldado las reformas legislativas más importantes del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, convirtiéndose en un gran cabildero de la Cuarta Transformación. Hecho que, sin duda de ningún género, le ha agenciado la confianza del presidente y sus compañeros de bancada para alcanzar la presidencia de la Mesa Directiva y la presidencia de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República en la actual legislatura, y que la gente lo considere un auténtico morenista: un político que está del lado del pueblo.
ASPIRANTE
Por estas razones le decía que la euforia que se vive y empuja las aspiraciones de Eduardo Ramírez, se entiende más allá de que la gente lo identifique y de su gran poder de convocatoria. Puesto que los personajes que logran consumarse en la política, no lo logran sólo porque las personas lo reconozcan en la calle y llenen importantes escenarios, sino por su credibilidad como funcionario público, prestigio, resultados, arrastre social y, sobre todo, por sus ideales y empatía.
Es indiscutible que Eduardo Ramírez es uno de los aspirantes más sólidos a alcanzar la candidatura de Morena al Gobierno de Chiapas, que de lograrla y continuar la euforia que lo persigue, podría no sólo ganar las elecciones sino incluso arrasar, como dice mi amigo, en lo que también concuerdo.
Al tiempo.
X: @_MarioCaballero










