Letras Desnudas

Mario Caballero

De pena ajena el comentario que publicó en su columna el dueño de un periódico local de quien no mencionaré su nombre por ética. Sin embargo, se trata de aquel periodista que hace un par de años se dio a la fuga tras haber cometido un delito y que contó con la presunta protección de Carlos Morales Vázquez, exalcalde de Tuxtla Gutiérrez, con el que hizo millonarios negocios por la difusión de publicidad oficial.

El comentario de este comunicador estriba en que la destitución de José Abdul Orendain de los Reyes de la Dirección de Tránsito y Vialidad demuestra la incapacidad y debilidad del presidente municipal, Ángel Torres Culebro, de cuyo gobierno asegura que será un soberano desgarriate y que llevará al retroceso todo lo que se había avanzado en el desarrollo de la capital del estado.

Ante ello me surgen tres cuestionamientos. Primero, ¿la destitución de un funcionario por la misma persona que le entregó el cargo representa debilidad? Segundo, ¿es suficiente el despido de un servidor público de mando medio para pronosticar, ya no digamos afirmar, que un gobierno está condenado al fracaso?

Y, último, ¿cuál desarrollo podría echarse a perder, si Carlos Morales entregó un Tuxtla hecha pedazos, con servicios públicos deficientes, desempleo, falta de inversión pública y privada, con una percepción de inseguridad de más del 70 por ciento y, por si fuera poco, se habla de un desfalco multimillonario al erario público por lo cual la Auditoría Superior de la Federación realizará una revisión de casi 3 mil millones de pesos que fueron ejercidos en la administración del coiteco?

PENSEMOS EN ESTO

Es lógico que en el comienzo de un nuevo gobierno surjan críticas por las primeras decisiones tomadas por el gobernante. Es lógico y también es entendible, pues el deber de todo periodista y de los medios de comunicación es cuestionar y vigilar el poder. Es un ejercicio legítimo de contrapeso que robustece la democracia y transparenta el trabajo de la autoridad ante sus gobernados.

Empero, para que la crítica periodística cumpla con su función ésta tiene que realizarse con raciocinio y buen juicio, no a partir de la irreflexión y la aversión personal. Tal como ocurre con la opinión del periodista antes aludido.

Ignoro totalmente si éste tiene algún conflicto con Ángel Torres, aunque eso a la verdad no tiene la menor importancia, ya que así como el alcalde le puede caer bien a muchos también les pueda caer mal a otros.

El asunto es que su desafortunado comentario tiene toda la pinta de venir desde la consigna, y debido a los descalificativos que le endereza al presidente municipal pareciera que lo escribió con las tripas. Lo que viene terminando en falta de credibilidad. Sobre todo, cuando son evidentes sus nexos con el exalcalde Carlos Morales, al que él mismo apoyó en su intento de imponer a Aquiles Espinosa García como su sucesor.

ANALICEMOS

Pero para el propósito de este análisis lo que importa en sí no es la nota de ese comunicador, sino la acción ejecutada por el alcalde.

Proporciono un poco de contexto.

Hace un par de días aparecieron algunas publicaciones en las redes sociales en las que se cuestionaban los antecedentes de José Abdul Orendain, quien había sido designado como director de Tránsito y Vialidad en la actual gestión municipal.

A la sazón, no tardaron en aparecer los comentarios de los ciudadanos en los que se puso en duda la confiabilidad de su desempeño y, desde luego, si era la persona adecuada para recuperar la credibilidad de esa función, así como para desterrar la corrupción y las malas prácticas cometidas, toleradas y fomentadas por las pasadas autoridades, que hicieron de la extorsión y la mordida a los automovilistas y transportistas una práctica común y lucrativa.

En el acto, el alcalde Ángel Torres tomó la sagaz decisión de relevar a Abdul Orendain.

Esta decisión, si bien difícil, fue la más acertada. Al mismo tiempo, entraña un importante significado político. Me explico.

Max Weber decía que un líder político “es el responsable de guiar a otras personas por el camino correcto para conseguir objetivos específicos o metas que comparten”. Es decir, para el sociólogo alemán es necesario que ese líder sea capaz de conectar y comunicarse con sus seguidores buscando orientarlos, movilizarlos y empoderarlos para conseguir las metas.

En tiempos actuales, ¿qué es lo que demanda la gente de sus gobernantes? Precisamente eso. Además de que sean políticos con credibilidad, coherencia y empatía, y que sepan gestionar y tomar decisiones en momentos de crisis.

Así, al separar del cargo a este funcionario Ángel Torres tomó una decisión muy compleja. Hizo a un lado cualquier interés individual que pudiera existir en aras de que ningún elemento de sospechosa reputación afectara la confianza de los ciudadanos hacia su gobierno.

No está por demás mencionar que la administración de Torres Culebro es la que más expectativas ha levantado en los últimos 20 años. Esto gracias a que en sus dos pasadas responsabilidades públicas probó tener capacidad para afrontar los retos y dar buenos resultados.

Muestra de ello son las cientos de obras que planeó, ejecutó y entregó durante su periodo como secretario de Obras Públicas del Gobierno del Estado. Con ello propuso la modernidad de Chiapas e hizo justicia social a favor de miles de familias en todos los municipios de la región.

De este modo, se espera que su gobierno recupere la seguridad y la gobernabilidad, mejore los servicios municipales, fomente la economía y el empleo, abata la corrupción y le devuelva credibilidad a las instituciones.

Todo eso no podía echarlo en saco roto.

Por tanto, con la destitución del hoy exfuncionario no demostró debilidad, sino responsabilidad y coherencia con la base de su proyecto político y sus valores. Prometió un gobierno eficaz y de resultados, con un trabajo honesto y transparente, y con esta acción lo ratificó.

Les ha dicho a sus seguidores, simpatizantes y detractores, que es un gobernante con autoridad moral.

ALGO MÁS

Al tomar esta medida que ciertamente muy pocos esperaban, también refrendó su compromiso con los tuxtlecos.

Bien pudo voltear para otro lado, o darle el beneficio de la duda a José Abdul Orendain, incluso pudo tomar una postura autoritaria al respecto, como promocionar a este personaje a un cargo de mayor relevancia, como diciendo “el que manda aquí soy yo”. Sin embargo, no fue ninguno de los casos.

Por el contrario, fue sensible a la opinión de los ciudadanos. Tomó la decisión de sustituir al personaje de marras con base a la manifestación de los tuxtlecos en torno a este asunto. Podría decirse, llanamente, que respetó la voluntad de sus gobernados.

Por el bien común, puso a la ciudadanía en el centro de la decisión. Esto es lo que se llama un gobierno abierto. Lo que asimismo viene a refutar la absurda idea de que la administración de Torres Culebro va de camino al fracaso.

No puede fracasar una gestión que gobierna junto a la gente, que respeta la voluntad ciudadana, que es empático con las necesidades y aspiraciones de las personas y que cuenta con un líder político que se conecta con la realidad, que toma medidas firmes y trascendentales y que con humildad corrige cuando es necesario.

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