El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Dedicado a Javier Molina
Rockdrigo González fue un poeta del tiempo que ironizó sobre la vida en la ciudad, la modernidad, la cultura elitista y el poder; el sentido de bienestar instituido por el pensamiento occidental quedó al desnudo en sus canciones. Su peculiar “rockantrova” desmenuzó los imaginarios de progreso y libertad promovidos por el gobierno y los contrastó con la realidad de un pueblo cada vez más precarizado obligado a adaptarse a los avances tecnológicos.
Como si hubiese viajado en el tiempo, profetizó un gran rancho electrónico -el México “moderno”- lleno de nopales automáticos y charros cibernéticos con sarapes de neón. La canción “Tiempos híbridos” expuso con sarcasmo las relaciones asimétricas entre modernidad y pobreza, siendo esta última la prevaleciente en la transición de México al modelo neoliberal. En el sexenio de Miguel de la Madrid, el poder adquisitivo cayó notablemente y las nuevas generaciones se acostumbraron a las crisis económicas.
Probablemente su fijación por estos contrastes socioeconómicos y culturales provenga de su transformación personal después de dejar su natal Tampico para asentarse en el otrora Distrito Federal; el frenesí de esta ciudad surrealista lo inspiró para recrear a un gran pueblo magnético lleno de Marías ciclotrónicas, tragafuegos supersónicos y campesinos siderales, siendo estos últimos efectos de las migraciones forzadas provocadas por el fracaso económico de México, algo que se viene repitiendo hasta la fecha.
Con su guitarra y su armónica, el “Profeta del nopal” puso a la capital mexicana como algo que podía ser al mismo tiempo una prisión electrónica de seres incapaces de definirse por sí mismos -sujetos alienados por la educación y los medios- o un mundo donde el arte y la cultura bohemia tenían la potencialidad de despertar a esas mentes dominadas por el consumismo, las ideologías, las modas, las religiones y otras manifestaciones que provocan un vacío existencial que solamente puede llenarse regresando al origen.
Rockdrigo se anticipó por mucho a este gran tiempo de híbridos -la globalización-, su medusa anacrónica fue una metáfora surrealista y crítica de una vida moderna contradictoria marcada por la mezcla de culturas y la hegemonía tecnológica impuesta por la internet; su rana con sinfónica mostró los contrastes ontológicos entre las élites y las clases bajas que buscaban escalar posiciones; su campechana mental fue un reclamo a los intelectuales orgánicos que sirvieron al poder en los años setenta y ochenta.
Más que explicar al mundo, este sabio “rupéstrico” proveniente de un universo doméstico, tuvo el tino de caracterizar los espacios y las figuras más contrastantes para mostrarnos lo absurdo de la existencia en un mundo sin respuestas; los frijoles poéticos y los garbanzos matemáticos para pueblos esqueléticos fueron una expresión nihilista sobre los aparentes beneficios del progreso. Rockdrigo no tuvo la intención de cambiar al mundo, más bien nos invitó a vaciarnos de éste en cuanto a sus condiciones alienantes.
El pitecantropus atómico fue otra metáfora que ironizó sobre la mezcla entre lo primitivo -el sentido de autenticidad ontológica- y el mundo moderno; en la década de los ochenta nuestro país ya estaba marcado por la popularización de las computadoras personales, los video juegos o la comida chatarra; el imperialismo cultural dominaba con el cine hollywoodense, así como con los grandes canales de videos musicales, noticias, deportes y espectáculos.
Rockdrigo González ya no fue testigo del devenir de las crisis económicas, de la ineficacia de los tratados de libre comercio, de la decadencia de las clases políticas e intelectuales, de las violencias o el incremento de los flujos migratorios a los Estados Unidos; su prematura muerte durante el terremoto del 19 de septiembre de 1985 lo erigió como un profeta que se anticipó a esta era del vacío provocada por la digitalización de la subjetividad humana mediante las tecnologías del control.
Su visceralidad fue portavoz de seres arrojados a un mundo abarrotado por las tecnologías; su locura le valió para mantenerse vivo e intenso; su charro cibernético tuvo que sacar su lado salvaje para tener razón de ser; el sabio rupéstrico dejó claro que la tecnificación no era la mejor respuesta a la pobreza o para construir un sistema educativo eficaz, sino un modo de apagar el pensamiento crítico, la creatividad o la creación de sentidos comunitarios.
Su tono tragicómico bañó al Manifiesto Rupestre, en el que escribió: “Los rupestres por lo general son sencillos, no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los no rupestres, pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron; son poetas y locochones; rocanroleros y trovadores. Simples y elaborados; gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano; tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio”.
De acuerdo a sus profecías, el tecnofeudalismo imperante está lleno de salvajes, científicos y de panzones que estaban tísicos; seguimos sufriendo de la vil penetración cultural, del agandalle transnacional y de la desfachatez empresarial. El despiporre intelectual tampoco tuvo respuestas para un punto medular del pensamiento de Rockdrigo: la vulgar falta de identidad.










