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Juan Eduardo Martínez Leyva

El uso de la expresión “caballo de Troya” es muy común y, seguramente, muchos la hemos traído en algún momento a la conversación, para referirnos a la práctica de un cierto tipo de engaño. Aquel que ocurre cuando el victimario hace creer a la víctima que tiene buenas intenciones y, justo cuando ésta última ha cedido su confianza, alevosamente le traiciona. O cuando alguien se disfraza de lo que no es para sacar provecho de su fingida apariencia y revelar su verdadero rostro cuando nadie lo espera. El lobo que se introduce en el rebaño con disfraz de oveja para devorarlas cuando se ha cerrado el corral.

En la Ilíada de Homero se narran diversos episodios de la Guerra de Troya. El asedio que los griegos hacen a los troyanos durante diez años. La guerra se prolongó todo ese tiempo sin que ninguno de los bandos lograra alzarse con la victoria. Ocurrieron innumerables batallas, duelos personales, situaciones de discordia dentro de los ejércitos, y se mencionan muchos guerreros caídos en los dos frentes.

La Ilíada finaliza con la muerte de Héctor, el héroe troyano, a manos de Aquiles, el rescate de su cuerpo por parte de Príamo y con los rituales fúnebres que el pueblo de Troya realiza en su honor. En la Ilíada no se hace mención alguna al caballo de madera, ni a la derrota final de los troyanos mediante la incursión de los invasores.

Es en la Odisea, la historia del regreso de los guerreros a sus lugares de origen y, particularmente, las peripecias y aventuras de Ulises en ese retorno, en donde el propio Homero menciona en dos o tres ocasiones (Cantos IV, VIII Y XI) y de manera tangencial, la estratagema que siguieron los griegos para penetrar los muros de la ciudad asediada. Fueron escritores posteriores (Eurípides, Higinio, Apolodoro y Virgilio, entre otros,) los que imaginaron y desarrollaron el tema del caballo de madera, dejando así este relato indisoluble del poema original.

Los muros de Troya eran impenetrables y se veía prácticamente imposible ganar la guerra mediante la fuerza. Odiseo -aconsejado por Atenea- ideó entonces una astuta e ingeniosa manera de atravesar la muralla y combatir al enemigo en su interior, tomándolo por sorpresa. Le encargó a Epeo, el carpintero y artesano más habilidoso entre los guerreros y originario de la Fócide, que construyera un gigantesco caballo de madera, hueco por dentro, donde pudiera caber un grupo numeroso de hombres armados.

El enorme caballo hueco fue construido con tablones de pino procedentes del monte Ida. En un costado tenía una escotilla, imperceptible a simple vista, por la que entraron armados los aqueos más valientes, que no eran pocos. El caballo fue arrastrado por la noche hasta una planicie desierta frente a las puertas de Troya. Ahí permaneció hasta al amanecer en que los troyanos se percataron de su presencia.

Al mismo tiempo y durante la noche, los griegos simularon desmontar su campamento, incendiaron sus tiendas e hicieron creer a los troyanos, que a lo lejos observaban, que habían zarpado iniciando la retirada definitiva. La escena pretendía hacer creer a Troya que los aqueos ponían fina al asedio y dejaban como regalo por las ofensas infringidas el enorme caballo de madera.

Los jefes troyanos se reunieron en torno al monumental caballo para decidir qué harían con él. Algunos sugirieron que había que partirlo para saber que contenía en su interior, otros decían que había que empujarlo desde una colina para estrellarlo contra las rocas y, los que se impusieron en la decisión, dijeron que había que conservarlo como una ofrenda para los dioses.

Una vez que tomaron la decisión el caballo de madera fue arrastrado e introducido hasta el centro de la ciudad y, con ello, los ingenuos troyanos definieron su derrota. Una vez adentro, los soldados aqueos salieron del vientre hueco del caballo, avisaron al resto de la tropa que permanecía acechante a las afueras de la ciudad, abrieron de par en par de las impenetrables puertas y atacaron con furia a sus enemigos, hasta dejar la ciudad saqueada y en ruinas. Rescataron a Helena y tomaron al resto de las mujeres como esclavas de los principales jefes guerreros. Fue entonces que emprendieron victoriosos el camino de regreso.

La astucia y la habilidad para el engaño de Odiseo se impusieron ante la candidez y credulidad de los troyanos. Se dice, en algunas versiones, que Príamo, el rey troyano, fue advertido del engaño por su hija, la profetisa Casandra y por el sacerdote Laocoonte.

En el caso de Casandra, ésta no fue escuchada porque pesaba la maldición proferida por Apolo sobre ella, por haber rechazado sus propuestas amorosas, en el sentido de que viviría una vida de frustración y dolor porque, a pesar de la sensatez y exactitud de sus profecías, nadie creería en ellas.

Se dice que el rechazo a la advertencia hecha por el sacerdote de Poseidón, Laocoonte, fue francamente inexplicable. Él había golpeado con una lanza el vientre del caballo para mostrar que en su oquedad podía estar escondido el engaño. Se afirma también que había pronunciado con insistencia la frase que aconsejaba “desconfiar de los griegos incluso cuando traen regalos”.

El haber ignorado los consejos y advertencias de las dos personas que, con su sabiduría, podían anticipar el destino, les costó a los troyanos la derrota y su existencia como pueblo libre.

Al parecer los romanos tuvieron más admiración y respeto por los vencidos troyanos que por los vencedores aqueos. Las argucias, artimañas y el engaño para ganar la guerra no eran valores que debían exaltarse. No al menos para Virgilio quien establece en la Eneida el mito de que el pueblo latino desciende de Eneas, uno de los pocos troyanos que lograron escapar de la destrucción y muerte impuesta por el ejército aqueo.

El caballo de Troya es un regalo envenenado. Algo de apariencia agradable que esconde intenciones aviesas. Una mentira, una patraña que daña sobre todo al que la acepta con inexplicable candor, a pesar de las advertencias.

El historiador e intelectual francés, Pierre Rosanvallon, ha sostenido que el populismo y algunos liderazgos carismáticos son como una especie de caballo de Troya en las sociedades democráticas. Acceden al poder con promesas de respeto y cumplimiento de la legalidad democrática, pero una vez que lo obtienen, con engaños, intentan por todos los medios destruir la institucionalidad que los cobijó y los encumbró.

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