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50 años de la vía chilena al socialismo

II PARTE

Miguel Salas

Poder popular

Una de las virtudes del proceso revolucionario chileno fue situar en el centro los problemas de la lucha por el socialismo y la necesidad de un poder popular como expresión de la organización de las clases trabajadores y embrión de la nueva sociedad. Lamentablemente, no son esos los debates presentes hoy en día. La reacción neoliberal ha hecho retroceder a las organizaciones obreras y populares, y en muchas ocasiones ha impuesto su relato sobre el presente y el futuro. Será necesario recuperar la iniciativa en la movilización y en la organización, como también en la perspectiva para abrir de nuevo un horizonte socialista a la crisis de la sociedad capitalista.

La movilización de las clases trabajadoras chilenas fue impresionante. En la campaña previa a las elecciones se crearon por todo el país 15.000 comités de Unidad Popular. En las bases de su constitución se decía: “No solo serán organismos electorales […] serán intérpretes y combatientes de las reivindicaciones populares […] se prepararán para ejercer el poder popular”. Sin embargo, se los dejó languidecer. Cuando el proyecto consiste en limitar la acción política a las leyes existentes, que son las de un régimen político y social opuesto al que se quiere construir, los organismos de poder popular suelen convertirse en accesorios e incómodos, a no ser que realmente se los prepare para ejercer el poder popular. Y ahí entra en contradicción la existencia de un poder “popular” dependiente de las instituciones y el desarrollo de lo que se llamará un “poder popular constituyente”, la base de un nuevo régimen social y político.

Así fue en el desarrollo de los enfrentamientos de clase durante esos tres años. Se fueron creando organismos que respondían a la necesidad de las clases populares: Comandos Comunales para resolver los graves problemas de vivienda; Consejos Comunales Campesinos para presionar y desarrollar la aplicación de la reforma agraria; Juntas de Abastecimientos y Precios para organizar la distribución y controlar los precios; Comités de control en las empresas del Área de Propiedad Social y los Cordones Industriales, coordinación de representantes de las empresas por zonas. Era un poder que nacía y se organizaba y otro que no quería morir y que dio el golpe usando los resortes del Estado.

A cada giro de la situación, el gobierno fue perdiendo la iniciativa, y frente a la conspiración del imperialismo, la patronal y los militares, quedó atrapado por el juego institucional abiertamente hostil, en vez de ser parte activa para la coordinación de esos organismos de poder popular y prepararlos para un enfrentamiento que era inevitable. Pocos días antes del golpe, el 5 de septiembre de 1973, la coordinación de los Cordones Industriales de Santiago se dirigió al “camarada-presidente” Salvador Allende: “Te prevenimos, camarada, con todo el respeto y la confianza que todavía te tenemos, que, si no llevas a cabo el programa de la Unidad Popular, si no tienes confianza en las masas, perderás el único apoyo real que posees como persona y como gobernante, y serás responsable de llevar al país, no a la guerra civil, que ya está en pleno desarrollo, sino a una masacre fría, planificada, de la clase obrera más consciente y más organizada de América Latina”. 

El legado

La experiencia chilena tuvo una gran importancia a nivel internacional, y eso explica que 50 años después siga formando parte de la memoria y la reflexión. Los tres años de la Unidad Popular se siguieron con atención, y la solidaridad tras el golpe recorrió todo el mundo. Incluso en el Estado español, todavía en plena dictadura franquista, se organizaron algunas manifestaciones de protesta (convocadas clandestinamente). De esos años nos quedó la consigna “el pueblo unido jamás será vencido”, las hermosas y combativas canciones de Víctor Jara (asesinado por los militares), de Quilapayún o de Mercedes Sosa.

En la izquierda internacional hubo dos balances básicos. Quienes interiorizaron que el fracaso estuvo determinado porque la Unidad Popular no pactó o acordó con la Democracia Cristiana, arrinconando todas sus propuestas para un “socialismo a la chilena”, que es lo que pedía la derecha y los militares. El Partido Comunista italiano, en esa época el más fuerte de Europa occidental, fue el que más profundizó en esa idea, convirtiendo el “compromiso histórico” con la Democracia Cristiana italiana en su santo y seña y, por lo tanto, abandonando lo que aún pudiera quedarle de proyecto de transformación social. El eurocomunismo encontró ahí bases para sus políticas de adaptación al mantenimiento del sistema capitalista, como por ejemplo la aceptación de la monarquía tras la muerte de Franco y la política seguida por el PCE durante la transición. La “vía chilena al socialismo” quedó para los días de fiesta.

Hubo otro balance, que hemos querido expresar en estas líneas, que consistió en aprender de la experiencia chilena para dar un nuevo impulso a la lucha por el socialismo como la respuesta positiva al sistema capitalista para dar satisfacción a las necesidades sociales y democráticas de las clases trabajadoras y los pueblos. Los trabajadores, las trabajadoras y los pueblos chilenos intentaron cambiar la historia, y sigue siendo un reto que nos interpela en la lucha por el socialismo en el siglo XXI.  

De alguna manera nos lo sigue recordando el último mensaje de Salvador Allende: “Superarán otros hombres el momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

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