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‘Fragmentaciones’, de José Falconi

José Natarén
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Diez meses después del “Halconazo”, de la matanza de Corpus Christi -en plena guerra sucia- en febrero del 72, un joven, menor de edad, constató la brutalidad propia de los totalitarismos y autoritarismos del siglo XX, la barbarie de todas las épocas. De golpe, al principio, leemos sufrimiento, dolor, sangre y excrecencias en una mazmorra que tiene mucho del apando revueltiano. Fragmentaciones, inicia en el lado moridor de la realidad. Pepe, el protagonista, personaje de ficción literaria, es idéntico, hasta donde la escritura permite, al autor. También es otro, el que vive, padece o goza, según sea cada una de las tres secuencias narrativas del libro. Pepe, el alter ego de Pepe.
En el capítulo VII inicia el calvario de aquel que más hubiera deseado enamorarse y tener una novia, que padecer el costo de conocer al “Güero” y a Raúl Ramos Zavala, líder comunista cuyo asesinato en el Parque México ocurrió inmediatamente antes de la captura de los inocentes. La experiencia de la fragilidad de la vida, es advertida por el poeta desde sus primeros años. Al recordar la infancia, descuellan dos imágenes violentas: la testa de los puercos en el mercado y un equilibrista muerto en un charco de sangre. Luego, le tocará padecer, protagonizar la pasión.
Una de las historias de la novela, permite comprender por qué los muchachos, en particular Pepe, estaban en la mira de la Dirección General de Investigación. Las andanzas de Pepe junto a “El Güero”, “Florencio Medrano”, líder campesino asociado a Lucio Cabañas; cazador de tlacuaches y estratega contra el gobierno estatal que termina como no podía ser de otra forma. Los hilos de la trama se desarrollan alrededor de: el secuestro; la infancia y juventud en Portales; la experiencia contracultural que sucede con Karana y Padmini, un relato con viñetas sadomasoquistas, hinduistas y sobre todo, con preeminencia de lo onírico-sensual, con un pathos que se llevará al límite en Neblina Morada, otra novela de Falconi.
En Fragmentaciones, leemos poesía de chiapanecos: el epígrafe de Enoch Cancino Casahonda; un verso de Sabines, desgarrado por la muerte del padre-héroe fallecido, figura que, en este libro, corresponde a José Falconi Castellanos, cuya muerte refleja la voracidad del sistema para eliminar a sus adversarios, dado que el trasfondo fue un atentado político. Desde una perspectiva reflexiva, casi en un estado afectivo filosófico, inicia la remembranza del padre: “Hay una grave enfermedad en el mundo moderno: la enfermedad del olvido”. Por su parte, Javier Molina emerge entre la revelación enteógena como los danzantes espacios estatuarios de Raúl Garduño.
No todo es terrible en Fragmentaciones, aunque sea el principio de la belleza, de Karana y la enfermera celeste, la alucinada imagen de la diosa, la musa de carne y hueso, de humo y psilocibina. Contrasta el tono etéreo pero fetichista, podolátrico del fragmento: “¡Oh!: la belleza de Karana inmóvil mostrando las plantas de sus pies; ella suspendida en medio de un salto, sin reposar sobre otra cosa que no fuera el tiempo solidificado esa tarde de verano”. Otra forma tabú del deseo, el incesto, se sugiere dos veces: entre los dueños de una dulcería “Delicias” (¿como el Jardín de El Bosco?), como entre Maricela y Rey, cuyo fin, por andar en malos pasos −ese sí−, nos asombra gracias a la astucia del autor.
Fragmentaciones nos revela que solo el amor, el erotismo y la palabra alada, nos salvan de la inutilidad del mundo y de su violencia primordial: siembran sentido en este “asilo de alienados”, solo transitable por el delirio poético y la participación de la gracia carnal, siempre femenina: la sumisión a Karana o a la imagen de la enfermera celeste.
FALCONI, José. “Fragmentaciones”, (2015): Coneculta-Chiapas, 144p.

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