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Sin vigilancia, lleno de basura, con las paredes colapsadas, tumbas convertidas en bodegas, hombres fumando hierba y deambulando por los pocos corredores, es como se mantiene el Panteón Jardín de Tuxtla Gutiérrez, convertido en un verdadero muladar.

Son tres los panteones municipales de la capital chiapaneca: Panteón Jardín, Terán y Los Pájaros, todos administrados por la Dirección de Mercados y Panteones, a cargo de Erisel Sánchez Álvarez, quien -bajo el cobijo del presidente municipal, Carlos Orsoe Morales Vázquez- nada hace por mejorar los camposantos.

Es del conocimiento del alcalde de origen coiteco que los cementerios permanecen en pésimas condiciones, los cuales están susceptibles a las inundaciones, a la proliferación mosquitos y a personas que se resguardan en las tumbas para hacer sus fechorías.

El Panteón Jardín vive una gran simulación: con una majestuosa entrada, que recibe a los visitantes; botes de basura limpios, enfilados a dos metros de distancia; una iglesia recién pintada; andadores limpios y pintados, pero sólo es el ‘cascarón’ de un muladar, porque en su interior, la realidad es diferente.

Además, está carente de empleados del Ayuntamiento, más no de hombres que hacen la limpieza, trabajadores de albañilería, cargadores de agua, quienes lo han convertido en un centro de trabajo al que no le guardan respeto y violan el Reglamento porque han convertido las tumbas en bodegas.

Pese a las precarias condiciones en las que se encuentra el Panteón Jardín, a éste únicamente le dan una “manita de gato” en la llamada zona “dorada”, donde están enterrados los parientes de familias prominentes de Tuxtla Gutiérrez.

A simple vista, lo que se logra ver con malla ciclónica, la calle que lo atraviesa y la iglesia, son una fachada, lo demás está en el abandono.

Es un secreto a voces que este camposanto funciona como dormitorio, un espacio sin ley, sin seguridad, donde se fuma de lo bueno y de lo malo, y beben como en una cantina, porque los espacios entre tumbas están repletos de botellas de alcohol, lo que representa un riesgo para los visitantes.

En este panteón no se respeta a los muertos, porque si los familiares no pagan, sus restos se convierten en comunes, y los espacios son vendidos a quienes lo necesiten pero a precios altos.

Cada vez hay menos espacios para los difuntos, pero no así para las pilas de basura que se acumulan, que nadie recoge o si lo hacen lo amontonan en las orillas, en las partes olvidadas, no por los familiares de los muertos sino por las autoridades municipales que han hecho de este espacio un verdadero muladar.

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