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Más sobre Benedicto XVI

(II PARTE)

Benjamin Ivry Sante Lesti

El primer Papa global se despide del último Papa eurocéntrico.

Entrevista con Sante Lesti

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la cuestión de las raíces cristianas de Europa ha cobrado cada vez más importancia en el magisterio de la Iglesia. Pío XII ya decía que la nueva Europa en construcción debía seguir el modelo de la cristiandad medieval. Sin embargo, fue Juan Pablo II quien revivió con fuerza el tema y llevó adelante la enseñanza de sus predecesores.

El Papa Ratzinger también siguió la misma trayectoria. Ya al elegir llamarse Benedicto XVI (el nombre del Papa que había calificado la Primera Guerra Mundial de «matanza inútil», pero también, quizá lo más importante, el primer santo patrón de Europa), subrayó la centralidad del Viejo Continente en el programa de su pontificado. Sin embargo, hubo algunas diferencias significativas entre los distintos pontífices.

El historiador Sante Lesti, de la Scuola Normale Superiore de Pisa, ha concluido recientemente un proyecto de investigación sobre la cuestión de las raíces cristianas de Europa. Le entrevista Alessandro Santagata para el diario il manifesto.

¿Cuándo y cómo tomó forma la reflexión de Ratzinger sobre las raíces cristianas del continente europeo?

A partir de los años setenta, Ratzinger empezó a concebir Europa como una realidad cultural, espiritual y no sólo geográfica; como un lugar de encuentro entre el Dios de Israel y el pensamiento griego clásico. En su opinión, el cristianismo era la síntesis que configuraba la historia del continente. Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, promovió la idea de las raíces cristianas del continente, pero también la de los orígenes europeos del cristianismo, que, según él, había alcanzado su forma más elevada en Europa. De este modo, llega a defender algo así como la supremacía del cristianismo de origen latino sobre el cristianismo oriental.

¿En qué se diferencia la concepción de Europa de Benedicto XVI de la de su predecesor?

Un aspecto que me parece importante es la desvinculación entre la idea de Europa y la de la Europa de las naciones, que ya no tienen para él la misma centralidad que tenían para Wojtyla. Además, mientras que el Papa polaco concebía la historia en términos de providencia divina, Benedicto XVI la enfocaba desde un punto de vista filosófico: como la historia de una civilización construida en el encuentro entre la fe y la razón. Ambos creían que el alejamiento de las sociedades de los preceptos de la Iglesia representaba la razón de su crisis, tanto identitaria como cultural y geopolítica.

En una famosa conferencia en Subiaco en 2005, pocas semanas antes de su elección al papado, Ratzinger argumentó que la controversia sobre la inclusión de las raíces cristianas en la Constitución Europea representaba la última etapa del conflicto entre la cultura cristiana y la Ilustración. Los grupos de reflexión de derechas también se pronunciaron en apoyo de su opinión. ¿Cuáles eran, pues, las implicaciones políticas de la visión del Papa?

En aquella ocasión, Ratzinger afirmó la necesidad de que Europa reconociera el cristianismo como fuente de su orientación y base de su identidad. Sin embargo, al sugerir que los europeos deberían vivir «como si» Dios existiera, el Papa renunció de hecho a la perspectiva utópica de una conversión masiva de los ciudadanos y las instituciones al cristianismo. En cierto sentido, en ese punto se mostró más «político» que su predecesor y más interesado en buscar un terreno concreto desde el que promover su punto de vista.

¿Y la campaña de los «valores no negociables»? ¿Por qué se considera tan importante?

Es crucial porque permite al Papa especificar cuáles deben ser las prioridades políticas de la Santa Sede. En su intervención en un congreso patrocinado por el Partido Popular Europeo en 2006, enumeró tres de ellas: la «protección de la vida en todas sus fases» (la lucha contra la contracepción, el aborto, la reproducción asistida y la eutanasia); la «promoción de la familia natural» (la lucha contra la equiparación de las uniones homosexuales con el matrimonio); y «la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos» (el apoyo a las escuelas católicas privadas). Destacaría, sin embargo, que los principios relacionados con la biopolítica católica prevalecieron por encima de todo.

Con la toma de posesión del Papa Francisco, la agenda de la Iglesia ha cambiado. ¿Qué consecuencias puede tener esto en su forma de hablar de Europa?

Benedicto XVI fue el último Papa eurocéntrico; Bergoglio, en cambio, está reconociendo que el mundo es un sistema interconectado. Sin embargo, sería un error afirmar que la Santa Sede ha abandonado su campaña a favor de las raíces cristianas. Está en marcha un replanteamiento. Sin duda, las prioridades han cambiado, y la batalla por los principios no negociables ya no es la estrella guía. En cambio, en los discursos del Papa sobre Europa se da mucho más espacio a la acogida de los migrantes, la solidaridad social y la protección del medio ambiente.

En 2016, con motivo del Premio Carlomagno, el Papa Francisco pronunció un discurso que fue innovador en varios sentidos. ¿Cómo cambió también la reflexión en este proceso?

En ese discurso, Bergoglio rechazó por primera vez cualquier visión exclusivista de la idea de Europa. Esto significaba que, para el Papa, la cultura del continente ya no tenía una única raíz. Para Francisco, «la identidad de Europa es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural». También en su contenido fue un discurso radical: atacó la «cultura del despilfarro» y cuestionó el individualismo del mercado. Sin embargo, el Papa volvió a proponer después una visión más tradicional. Corresponderá al futuro de su pontificado, o a su sucesor, elegir qué camino tomar.

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