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“No estoy blofeando”: Vladimir Putin

Leopoldo Mendívil

Espero que entre tantos viajes haya tenido usted tiempo para leer el amenazante discurso que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, pronunció la semana pasada y que fue acompañado por varios hechos igual de inquietantes.

El mandatario ruso hizo cálculos erróneos de una intervención rápida y victoriosa. Al sentirse acorralado, en vez de dar marcha atrás, amenazó con usar armas nucleares tácticas de corto alcance. Parecería una estratagema discursiva para disuadir a Occidente de seguir apoyando a Ucrania, en la lógica de que vale la pena sacrificar a ese país con tal de evitar el uso de armas nucleares. Lo cierto es que Occidente tampoco puede abandonar a Ucrania, porque nada garantiza que mañana a Rusia no se le antojara hacer suyo otro país.

Por lo que leo, las partes contendientes están en una suma cero y eso no es bueno para Occidente. Ante la imposibilidad de ampliar su dominio militar, Rusia llevó a cabo referendos en Zaporizhzhia, Kherson, Luhansk y Donetsk para preguntar a la población si querían pertenecer a Rusia: 95 por ciento de los ciudadanos “libremente” habrían votado por el “Sí”.

Mientras Putin firmaba los decretos de anexión, las tropas rusas se vieron forzadas a retirarse de Lyman, provincia de Donetsk, ante el avance ucraniano. Aunque Lyman es una ciudad pequeña, tiene el valor estratégico de ser un nodo ferroviario.

Otros dos hechos graves ocurrieron la semana pasada. Los rusos habrían secuestrado al director general de la planta nuclear de Zaporizhzhia, lugar donde ya han ocurrido enfrentamientos y se han colocado minas terrestres, con todo el riesgo que ello implica.

También se perpetró un sabotaje al gasoducto Nord Stream, en el Mar Báltico. Difícil saber cuál de las partes fue la autora, pues tanto Rusia como los países occidentales tienen qué perder en el Nord Stream; la primera es propietaria de una buena parte del gasoducto, mientras los segundos verán mermado el suministro de gas cuando ya se acerca el invierno.

Hasta ahora, Occidente ha mostrado prudencia y todo indica que se prepara para una guerra de larga duración, como si no tuviéramos suficientes problemas post-pandemia. Estados Unidos establecerá un mando único en su base de Alemania, donde entrenará a las tropas ucranianas para facilitar el aprendizaje en el uso de armas occidentales de los distintos países aportantes y hacer más eficiente la logística.

Para Putin, ni la negociación ni la derrota son opciones. Expertos internacionales afirman que la única manera de vencerlo es desde dentro, lo cual es muy complicado. El líder de la oposición rusa está preso y cualquier protesta popular contra la guerra supone cárcel. Asimismo, la oligarquía y la clase gobernante están totalmente imbricadas en un sistema de corrupción muy extendido.

No obstante, hay algunas ventanas de oportunidad:

Al interior de Rusia, la invasión a Ucrania ha sido apuntalada con una narrativa de victimización; o sea, que Rusia solo se está defendiendo de la expansión de la OTAN; Occidente es el causante de la caída de la URSS; es necesario rescatar a otras regiones para regresarlas al seno ruso; EUA ya usó armas nucleares en Hiroshima; etc.

Pero tal discurso se empieza a tambalear ante el llamado a los reservistas, provocando una emigración inesperada, además de que se hace difícil explicar la inefectividad de los actuales combatientes (mercenarios), por los cuales Rusia paga una fortuna y diversos factores indican que los recursos económicos rusos no alcanzan para una guerra de largo aliento.

Asimismo, India y China, antiguos aliados de Rusia, ya no respaldan su posición maximalista; en caso de que le aplicaran sanciones económicas, Rusia quedaría totalmente aisalda del mundo. Habrá que ver a la resistencia de la sociedad rusa cuando los problemas económicos y de abasto de productos de primera necesidad los agobien.

Esta es una guerra de ligas mayores y como ya dijo Putin, él no está blofeando.

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