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Una estrategia de intervención

Razones

Jorge Fernández Menéndez

En la política, en la seguridad, en la diplomacia, muchas veces se dialoga o se confronta a través de gestos, de acciones, de hechos, más que a partir de declaraciones. ¿Recuerda usted cuando Peña Nieto dijo aquello de que no creía que nadie se levantaba pensando en como jodería ese día a México? Pues bien, yo soy de los que no creo que el presidente López Obrador esté levantándose cada mañana tratando de romper o deteriorar la relación con Estados Unidos o viendo cómo hace para favorecer al narcotráfico. Lo que sucede es que los hechos, más allá de sus declaraciones, son los que generan esa percepción y los actores, incluyendo algunos tan dispares como el gobierno, las empresas y los sectores de poder de la Unión Americana, o los grupos del crimen organizado (que cada día van más allá del narcotráfico), así lo perciben y en esa lógica actúan.

Vamos primero con el tema de Estados Unidos. Leí con atención el texto del canciller Marcelo Ebrard en Excélsior y lo que llama la Doctrina López Obrador, que se resume en una versión adecuada a la realidad 4T de la Doctrina Estrada. El canciller es un político con mucha más formación cultural y experiencia en el mundo real que lo que exhibe ese texto.

México ejerció la Doctrina Estrada, útil sobre todo en tiempos de la guerra fría, cuando quiso y cuando convino, y cuando no, simplemente, la desecho. México intervino ante el golpe en Chile en 1973 y las dictaduras sudamericanas de esos años, sobre todo la Argentina. Intervino para apoyar a los sandinistas en derrocar a Somoza; intervino en la guerra civil en El Salvador reconociendo al FMLN. La ruptura de relaciones con el franquismo duró hasta el regreso a la democracia en España y mantuvo, aunque fuera durante décadas una simple formalidad, una representación del gobierno republicano en nuestro país. Durante años, a través de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (Copppal) se mantuvo en México una representación de la guerrilla colombiana de las FARC, con estatus casi diplomático, a pesar de que estaba enfrentada militarmente con el gobierno de Colombia, una democracia con la que manteníamos, se supone, relaciones cordiales.

Pero no nos vayamos al pasado. El presidente López Obrador también es muy selectivo en la aplicación de la Doctrina Estrada. Se dice no intervencionista con las dictaduras de Cuba, Venezuela o Nicaragua, incluso en los momentos de máxima represión, como ha ocurrido en esos tres países en lo que llevamos de esta administración, pero no ha dudado en opinar e intervenir, hace apenas unos días, en el proceso electoral de Colombia, lo que aquilató una dura protesta de la cancillería de ese país. Intervino en Bolivia, ante la destitución de Evo Morales; lo hizo en Perú, enviando a apoyar al presidente Pedro Castillo, cuando estaba a punto de ser destituido, a Rogelio Ramírez de la O, el secretario de Hacienda. Interviene en Brasil apoyando a Lula en la próxima contienda electoral. Intervino criticando y enviando cartas muy duras contra el Parlamento Europeo y contra España (donde la relación con Podemos es tan estrecha como lejana con el PSOE).

Interviene opinando y operando en temas de Estados Unidos, yendo de visita a Washington y alabando a Trump a pocas semanas de las elecciones en ese país, o esperando hasta después del 6 de enero, como hicieron China y Rusia, para reconocer el triunfo de Biden. Lo hace indirectamente al no ir a la Cumbre de las Américas y al entrar en conflicto y descalificar a los congresistas de Estados Unidos con los que tiene diferencias.

Pero no toquemos a Cuba, no opinemos sobre los juicios que iniciaron esta misma semana contra los artistas que participaron en las manifestaciones de Patria y Vida. No digamos una palabra sobre la represión de las manifestaciones en Nicaragua que dejaron casi 400 muertos, dos mil heridos y centenares de presos, incluyendo todos los candidatos de oposición en las elecciones del año pasado. Durante el gobierno de Daniel Ortega han salido al exilio 200 mil nicaraguense en un país de sólo cuatro millones de habitantes. Y ni hablemos de la tragedia de Venezuela, asolada por la dictadura de Maduro, la pobreza generalizada del que fue el país más rico de América latina y ahora con el narcotráfico instalado en el mismo poder.

Lo decíamos la semana pasada y debemos refrendarlo ahora: no ir a la cumbre de Los Angeles es un perder-perder. Claro que se afecta la relación con Estados Unidos, claro que nos deja asociados en la percepción social, diplomática y política a dictadores decadentes. Claro que perdemos la oportunidad de defender en esa misma Cumbre, a la que no se quiere asistir, los derechos de nuestros paisanos y de muchos más, de los que habla el canciller Ebrard en su texto.

Así es muy difícil decir que no se está apoyando a los republicanos en los comicios de noviembre en Estados Unidos: nadie, comenzando por los demócratas y la administración Biden, lo va a entender así, sobre todo por la confrontación abierta con los congresistas que son, casualmente, los que buscan reelegirse en noviembre.

Por cierto, ¿alguien cree que fue casualidad que el mismo día en que iniciaba la Cumbre de Los Angeles, con la migración como tema central en la agenda, partiera de Tapachula hacia la frontera, buscando llegar a Tijuana, la caravana migrante más grande de la historia con más de 10 mil participantes?

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