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La utilidad de los estudios retrospectivos

Gerardo Gamba

Los estudios retrospectivos no son los más finos para obtener información que pueda establecer de manera definitiva asociaciones causales, pero tienen la ventaja de que se pueden hacer relativamente rápido, porque lo que uno analiza es lo que ya pasó. Mientras mejor y más robusto sea el sistema de recolección de información, la confiabilidad de los datos en el estudio retrospectivo es mayor. No es lo mismo ir a buscar datos en expedientes que no fueron diseñados pensando en estudios posteriores, como es el caso del expediente clínico, que en bases de datos en las que se reporta información que se sabe que posteriormente podrá ser utilizada en investigación. La investigación retrospectiva con base en estos últimos es más confiable. Finalmente, el número de individuos estudiados en los análisis retrospectivos puede ser muy grande y eso ayuda a compensar los sesgos inherentes al estudio. Cuando ciertas asociaciones se observan al estudiar miles de sujetos, aumenta la posibilidad de que sean ciertas. Los estudios retrospectivos entonces son muy útiles para revelar posibles asociaciones, que pudieran ser causales, pero se deben tomar con reservas y, como el punto de partida para hacer estudios prospectivos que tengan más poder para este fin.

La semana pasada apareció en Lancet (doi.org/10.1016/S2215- 0366(22)00260-7) un artículo sobre un estudio retrospectivo llevado a cabo por investigadores de las Universidades de Oxford y Cambridge, para analizar el riesgo de desarrollar manifestaciones psiquiátricas y neurológicas crónicas como consecuencia de COVID, lo que ahora llamamos COVID-largo. La ventaja del estudio es que analizó lo sucedido con 1,284,437 pacientes que tuvieron COVID entre enero de 2020 y abril de 2022 (15 % niños, 67 % adultos menores de 65 años y 18 % mayores de 65 años. El 57% fueron del sexo femenino). El estudio fue posible gracias a una gigantesca base de datos de una compañía proveedora de servicios de salud que maneja cerca de 90 millones de personas en Estados Unidos y varios países más. Otra ventaja del estudio es que de la misma base de datos se identificaron el mismo número de controles similares, pero que tuvieron una enfermedad de vías respiratorias que no fuera COVID.

El estudio mostró que en quienes tuvieron COVID los trastornos en el estado de ánimo y la ansiedad fueron más frecuentes, pero solo los primeros dos meses, mientras que los déficits cognitivos como la neblina cerebral, la demencia, los trastornos psicóticos, la epilepsia y las convulsiones permanecen con mayor riesgo, en algunos casos, hasta los dos años que van de seguimiento. El riesgo de estas manifestaciones aumentó con el advenimiento de la variante delta y ómicron en comparación con la variante alfa.

Como todos los estudios retrospectivos, este trabajo tiene sesgos inherentes al mismo y no puede tomarse como definitivo, sino tomarse en cuenta como base para diseñar estudios prospectivos que permitan ver la realidad con más precisión. El número tan importante de enfermos estudiados es una ventaja del estudio. El otro punto a su favor fue el de haber buscado controles con enfermedades agudas de vías respiratorias en un intento por determinar si las manifestaciones crónicas son consecuencia del COVID o simplemente de haber tenido una infección más o menos

seria. Llama la atención tantas y tan variadas consecuencias originadas en el sistema nervioso. ¿Podría ser que el virus tuviera cierto tropismo por grupos neuronales y afecte directamente su función o simplemente que la naturaleza de la infección precipitó o desenmascaró algo que de cualquier forma iba a ocurrir con el tiempo? Habrá que diseñar también estudios que permitan dilucidar el mecanismo.

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