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Habemus nuevo régimen hegemónico en México

Juan Carlos Gómez Aranda

A pesar de las acusaciones de guerra sucia y del temor por posibles actos de violencia, denuncias de intervención del crimen organizado, acarreo y compra de votos, el pasado domingo se realizaron elecciones en seis estados de la República sin incidentes mayores, hasta ahora conocidos. Ninguna novedad, así es siempre el clima político y mediático previo a las jornadas electorales.

Mientras que por aire y tierra tirios y troyanos cruzaban descalificaciones con aspaviento, la mayoría de las encuestas coincidían en que Morena y sus aliados ganarían cómodamente las gubernaturas de Hidalgo, Oaxaca y Quintana Roo y la Alianza del PAN, PRI y PRD haría lo propio en Aguascalientes. En el caso de Durango, las mediciones auguraban competencia cerrada entre la candidata de Morena y el abanderado del PRI y, en Tamaulipas ventaja de Morena, pero con el PAN pisándole los talones. Se equivocaron en el caso de Durango y acertaron en Tamaulipas.

Transfuguismo, rompimientos internos y resentimientos marcaron también esta contienda. Julio Menchaca Salazar, candidato a la gubernatura de Hidalgo, fue abanderado de Morena después de 35 años en el PRI. Mientras que Carolina Viggiano no fue apoyada por el gobernador de su partido ni por los influyentes grupos priístas de la entidad. También en Hidalgo, José Luis Lima, priísta que abandonó su partido para apoyar a Morena, de última hora fue postulado por el Partido Verde.

En Durango, Marina Vitela Rodríguez pasó de ser dirigente, legisladora y presidenta municipal de Gómez Palacio por el PRI a candidata a la gubernatura por Morena. Mientras que, en Tamaulipas, el reciente ex priísta Américo Villarreal encabezó la contienda representando a Morena y Movimiento Ciudadano postuló a Arturo Díez Navarro, ex presidente del PRI de Ciudad Victoria.

En Oaxaca, Alejandra García Morlán abandonó el PAN para ser postulada por Movimiento Ciudadano y en Quintana Roo, José Luis Pech, senador por Morena renuncia a su militancia y se postuló por MC. La coalición PRD-PAN llevó como candidata a la priísta Laura Fernández Piña que antes militó en el Partido Verde y en el PRI.

La jornada del domingo también puso a prueba la lealtad de los beneficiarios de los programas sociales y de los pensionados, así como el magnetismo y la alta aprobación del presidente López Obrador, quien sin aparecer en la boleta continúa atrayendo electores, a pesar del desgaste y teflón de su gobierno y la decepción de un segmento de votantes.

También como siempre, el cierre de las casillas electorales el domingo fue de confusión y proclamas donde nadie resulta perdedor: Morena declaró cinco triunfos y tres el PAN, dato que confundiría al mismísimo Pitágoras.

Al no estar en juego ninguna gubernatura de Morena, cualquier conclusión le sería favorable. Sin embargo, faltó al compromiso de ganar 6 de las 6 plazas en disputa. Con estos resultados, Morena se posiciona con 20 gubernaturas más dos de sus aliados, predominando en la mayor parte del país y prácticamente elimina al PRI de este circuito político, pues ha pasado de 14 gubernaturas que tenía en 2018 a tres. Mientras que el PAN conservará cinco, dos Movimiento Ciudadano, una el Partido Verde y otra Encuentro Social.

¿Será Morena la restauración del PRI?

Mientras tanto, analistas y actores políticos coinciden en afirmar que la restauración del PRI será por conducto de Morena. Lo afirman porque consideran que el presidente López Obrador tiene nostalgia por el partido en el que militó, por el estilo personal de ejercer el poder, por la disciplina en la política y el gobierno y por el Estado rector. Pero también porque seis de los gobernadores en funciones con que cuenta Morena provienen de aquel partido, porque tres de seis candidatos a gobernador del pasado 5 también son ex priístas, así como sus líderes camerales Ignacio Mier y Ricardo Monreal y, también dos de los tres más fuertes aspirantes a la presidencia de la República: Marcelo Ebrard y Adán Augusto López abrevaron en el PRI.

No es así, porque lo que vemos es un acentuado pragmatismo político y, por otra parte, son tiempos y escenarios históricos distintos. El PNR, abuelo del PRI, surgió como una coalición de fuerzas regionales y nacionales para unificar alrededor del gobierno a todas las corrientes políticas generando una fuerza centrífuga que lograría la pacificación del país después de la Revolución, dando estabilidad social y propiciando el desarrollo nacional. Esta misión la cumplió, así como la de favorecer la pluralidad y un proceso pacífico de transmisión del poder. Hecha esta tarea ¿llegó la hora de su desaparición después de que no pudo erradicar la corrupción y nivelar el piso de las oportunidades sociales? Esto no ocurrirá.

Lo que sí es posible es que los resultados electorales propicien un debilitamiento del sistema de partidos y la restauración de un partido hegemónico bajo el liderazgo presidencial como epicentro de todas las decisiones políticas y administrativas. Como en los viejos tiempos.

Por ahora celebremos que las elecciones se realizaron sin violencia.

jcgomezaranda@hotmail.com

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