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El volcán Chichonal a 40 años de distancia

Marco Antonio Orozco Zuarth
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Fue el domingo 28 de marzo del año 1982; es decir, hace 40 años. Yo tenía 18 años cuando sucedió uno de los fenómenos naturales más impresionante y devastador de Chiapas. Se trata de la erupción del Volcán Chichonal, que afectó a miles de familias zoques.
Las cifras oficiales reportaron 124 defunciones y 1775 desaparecidos, sin duda fueron muchos más. Un fuerte impacto para esta cultura, miles emigraron hacia otras ciudades en el estado y en el país.
Un evento que no se esperaba; según los especialistas, desde el año 1375 no había hecho erupción de esa magnitud. Este volcán no aparecía en los textos de geografía, solo el del Tacaná; se le consideraba inactivo y no se pensaba que iba a sorprender con una inigualable furia.
En su momento se dijo que no se le había dado la atención debida. Los habitantes zoques ya habían reportado la presencia de varios sismos desde meses antes. Los trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad también; decían que se sentía el olor a azufre, que las aguas de los ríos habían incrementado su temperatura y que observaban una nube de vapor.
Fueron varios días de erupciones, sismos y sobre todo lluvia de cenizas que se expandieron por todo el sur del país: el volcán también arrojó rocas y gases que junto a la ceniza sepultaron miles de hectáreas. La fuerza de la explosión elevó las cenizas hasta 35 kilómetros de altura, llegando hasta la estratósfera y provocando una disminución de la luz solar de hasta un 10%. Los vientos llevaron las cenizas hasta los Estados Unidos, la India, Hawái y Japón.
Los municipios más afectados fueron Francisco León y Chapultenango, que prácticamente desaparecieron. Pero en todo el estado se sintieron los efectos.
Yo estuve de vacaciones en Villaflores, pues ya era Semana Santa. Todo se obscureció, no se podía transitar por las calles en automóvil, las calles estabas llenas de cenizas hasta medio metro de altura y la visibilidad era casi nula.
La incertidumbre y miedo se apoderó de la población los primeros días y luego muchos nos organizamos para prestar ayuda. Las noticias llegaban por la radio, la señal de televisión se interrumpió al inicio.
El desabasto fue generalizado, las cosechas se perdieron y miles de cabezas de ganado murieron al no poder comer, pues la pastura quedó debajo de las cenizas. El agua potable también se escaseó, llegaba revuelta con ceniza y había que dejarla reposar y filtrarla para poderla usar.
Fue hasta el mes de mayo con las primeras lluvias que la situación empezó a mejorar, al limpiarse las cenizas.
Ahora voy a compartirles un fragmento de la Crónicas del Volcán de Jaime Sabines, que nos da cuenta muy bien de lo que pasó en esa ocasión.
Y quiero destacarla porque generalmente a Jaime Sabines se le conoce como el “poeta mayor de México”. Sin embargo, también fue cronista y de muy buena pluma. Seguramente recurrió al género de la crónica y no a la poesía, porque aquella le permitía describir mejor esos fatídicos acontecimientos.
En Crónicas del Volcán, encontramos una fusión casi perfecta de la crónica y el periodismo con un justo nivel literario. Es importante dejar asentado que es la única crónica que se publicó; primeramente en El Sol de Chiapas y luego en varias ediciones en forma de plaquette o libro.
Presentamos un fragmento:
“El volcán hizo erupción a las diez de la noche. Empezó arrojando piedras y arena, vapores, gases, ruidos tremendos. Los habitantes de Francisco León no estaban durmiendo: les había llegado el espanto desde antes, por los temblores, las fumarolas, el escándalo que había debajo de la tierra. Ha de ser como el fin del mundo. Es, en realidad, el fin del mundo. Uno piensa en ‘la cólera de Dios’, pero ¿por qué se encabrona Dios con esta pobre gente?
Llueven las piedras. En vez de agua caen piedras, grandes y pequeñas, arena gruesa, piedras molidas, la piedra pómez, que es la espuma de la roca hirviendo, un aguacero de piedras, piedras que perforan las láminas de zinc, arenales sobre los techos que caen, granizada mineral y caliente.
‘Yo me metí con mis dos muchachitas debajo de la mesa. Le puse un colchón encima y todos los trapos que encontré. Por eso vivimo’, dice una anciana robusta, despeinada, locuaz”.
El poeta no solo describe los hechos, hace una valoración de ellos y los proyecta de acuerdo a su forma amena de expresarse; combinando la noticia con sus comentarios subjetivos.
Crónicas del Volcán es un documento testimonial de gran valor histórico y literario; recomiendo ampliamente su lectura.

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