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Cuando México se puso de moda en Estados Unidos

(tercera de tres partes)

Edgardo Bermejo Mora

Hay causas profundas y complejas en el nuevo interés de Estados Unidos por México y en general la vida latinoamericana a partir de la tercera década del siglo XX, que Helen Delpar intenta descifrar en el libro: The Enormous Vogue of Things Mexican, Cultural Relations Between The United States and Mexico, 1920-1935.

La expansión internacional de Estados Unidos, acelerada tras su participación victoriosa en la Primera Guerra Mundial; el papel hegemónico que le concedió Europa al descubrirse políticamente postrada y materialmente destruida, son elementos que fomentaron esta nueva atención estadounidense al estudio de sus vecinos del sur.

El nuevo interés cultural de Estados Unidos por México acusa también claros intereses políticos. La desconfianza que la Constitución de 1917 generó en la Casa Blanca y las continuas fricciones sostenidas con los gobiernos postcarrancistas, promovía la posibilidad de un reacercamiento diplomático por la vía cultural. La presencia del embajador estadounidense en México durante la inauguración de la exposición de Nueva York de 1929, “Oro Azteca”, así lo confirma.

Existe además otro factor que en ambas naciones propició el acercamiento. Luego de la Primera Guerra, algunos intelectuales estadounidenses se dieron a la tarea de exaltar lo que entonces llamaron el nacionalismo americano nativo. Desde la Universidad de California, Herbert E. Bolton acuñó el término de la “Gran América”, para defender la postura de que las naciones del hemisferio Oeste compartían una historia común. Por los mismos años, el famoso compositor Aaron Copland, experimentó con su música al combinarla con elementos rítmicos de los pueblos indios norteamericanos y en 1924 el Metropolitan Museum of Art inauguró su “Ala Americana”; de manera que el deseo por rescatar su pasado antiguo, era al mismo tiempo una aspiración a sumarse al antiguo pasado mexicano.

Para México, la relativa paz que por fin se consiguió en el mandato de Álvaro Obregón, abonó el terreno para el incremento de las relaciones culturales con el exterior, así como para la exaltación de su propio nacionalismo cultural, perfectamente representado en las celebraciones del primer centenario de la consumación de la independencia, en 1921. Los programas educativos y culturales que tuvieron como mayor inspirador a José Vasconcelos y las tendencias nacionalistas en la pintura, la música y la literatura, acercaron a México a la misma sintonía de la explosión nacionalista norteamericana. En su libro El perfil del hombre y la cultura en México (1934), Samuel Ramos escribió: “creer que nosotros podemos desarrollar una cultura original sin relacionarnos con el resto del mundo es un absoluto error”. El carácter no xenofóbico de la explosión cultural mexicana de los 20, tiene su mejor ejemplo en la generación de jóvenes escritores que fundaron en 1928 la revista Contemporáneos; e incluso un bolchevique como David Alfaro Siqueiros se fascinaba con la “soberbia ingeniería puesta en práctica en los edificios modernos (de Nueva York)” y anhelaba algo similar para las ciudades mexicanas.

La investigación de Helen Delpar se detiene en 1935. Desde entonces y hasta la fecha las relaciones culturales entre ambos países tomaron caminos muy diversos. En el caso mexicano el anticolonialismo despertado tras la Segunda Guerra Mundial y posteriormente el triunfo de la revolución cubana, sembraron en las conciencias de muchos artistas e intelectuales mexicanos un discurso antiimperialista y antinorteamericano muy difícil de erradicar, aún y después de terminada la guerra fría. Paralelamente, la posibilidad del entendimiento y el análisis reflexivo, se ha mantenido gracias al fluido intercambio académico y la creciente formación de centros especializados en el estudio de las relaciones binacionales, pero sobre todo luego de un siglo de movimientos migratorios masivos, que hoy hace de la presencia de por lo menos 30 millones de mexicanos en Estado Unidos, una piedra angular de esta relación.

En su controversial ensayo “¿Un choque de civilizaciones?”, el profesor de Harvard Samuel P. Huntington, condicionó el éxito del TLC “sólo si Estados Unidos y México logran conciliar sus proyectos civilizatorios”, es decir, para él la verdadera integración dependería: “de la convergencia (…) entre las culturas mexicana, canadiense y estadounidense”. De esta manera Huntington reconocía al mismo tiempo las distancias y la posibilidad de conciliarlas.

El libro de Helen Delpar ofrece una sugerente inspección de un momento significativo de nuestras relaciones culturales, dejando bien establecida la conclusión de que, al aceptarse como interlocutores, ni Estados Unidos ni México cancelaron o pusieron en peligro las flacas fronteras de su identidad nacional.

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